El enigma de El Cairo 78
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Xena se sentó. Necesitaba descansar y decidir qué hacer después. Había caminado de nuevo hasta el extremo de la sala. Se apoyó con la espalda contra uno de los pilares. Lo notó frío.

Apagó la linterna. ¿Cuánto durarían las pilas?

Podían agotarse en cualquier momento. Había estado en muchas situaciones difíciles, algunas incluso bajo tierra.

Había tenido que escapar por túneles estrechos en Manhattan y de que la enterraran viva cuando los islamistas tomaron su convento, pero siempre había logrado encontrar una salida.

¿Sería este el momento en que se le acababa la suerte?

Un ruido distante, como una inspiración, la hizo encender la linterna. No había nada a la vista. La apagó de nuevo y apretó los puños.

Que el Himno Caníbal estuviera escrito en el reverso de cada estatua la hacía sentirse fuerte, conectada con aquel lugar.

Si pudiera, iría a decirles a sus antiguas maestras del convento que tenían razón, que el don de Jesús, compartir su cuerpo y su sangre, era más que una simple metáfora. Era su mensaje central.

Para participar del Reino de los Cielos, debes comer la carne y beber la sangre de los dioses.

Fue entonces cuando lo oyó de nuevo. Esta vez la respiración sonaba más cerca. Encendió la linterna.