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Bajé las escaleras a toda prisa. Varios gritos resonaron desde arriba. No miré atrás. Probé el pomo de la siguiente puerta. Se abrió. Delante había un pasillo. Estaba a oscuras. Me lancé hacia él.
A lo lejos distinguí otro cartel de Ausfahrt, esta vez sin árabe. Proyectaba un resplandor tenue que iluminaba el pasillo, dejando ver puertas a ambos lados y las puertas del ascensor al fondo. Me ardían los pulmones. Las piernas me flaqueaban. ¿Llegaría al ascensor antes de que me alcanzaran?
Un grito a mi espalda, luego otro, me indicaron que iba a ser por los pelos. Seguí corriendo sin mirar atrás. La angustia me empujaba a cada paso.
Solo Dios sabía qué me harían si me atrapaban. Divisé el botón metálico del ascensor a la derecha de las puertas. Apreté el paso con los brazos oscilando y la chaqueta golpeándome el pecho. Tenía que llegar al botón.
Quedaban quince metros. Luego seis. Extendí la mano.
Pero antes de alcanzarlo, como si mi voluntad lo hubiera invocado, el ascensor emitió un pitido y las puertas empezaron a abrirse.