El enigma de El Cairo 76
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Xena esperó. Fuera lo que fuera aquello que había correteado por el suelo, no volvió a aparecer a la luz de la antorcha.

¿Quién sabía cuántas criaturas diferentes vivían y morían aquí abajo, en la oscuridad? Siguió caminando. La estatua de Osiris se alzaba frente a ella. Sostenía un cayado y un mayal con los brazos cruzados, y sobre la cabeza llevaba una corona alta que le recordó a las de los patriarcas o los papas.

La estatua, tallada en arenisca roja como la de Isis, se elevaba imponente sobre ella.

También tenía una base donde sentarse. Caminó a su alrededor.

En la parte posterior aparecían los mismos jeroglíficos que en la de Isis.

El himno caníbal había sido claramente importante para quienquiera que participase en las ceremonias de aquí abajo.

Tuvo una visión fugaz de sacerdotes y sacerdotisas alineados detrás de las estatuas, entonando el himno lentamente, con resonancia, usando los jeroglíficos del dorso como recordatorio de las palabras.

¡Qué sonido habría creado aquello!

Caminó más allá de la estatua. Al igual que en el otro extremo, el muro estaba formado por losas de piedra caliza de tres y cuatro pies de altura, todas oscurecidas por el paso del tiempo.

Observó los espacios entre ellas. Como en la Cámara del Rey de arriba, los bloques encajaban a la perfección, sin dejar pasar ni siquiera el aire por las juntas.

Pero ¿por qué el aire no estaba viciado, rancio? Tenía que haber túneles hacia el exterior. Xena siguió el muro bordeando la sala hasta llegar a la piscina. En el muro del fondo distinguió una zona más oscura en la piedra.

Se apresuró hacia allí. ¿Sería aquello una salida?

Al llegar ya iba corriendo, con la piel erizada. Aquella zona coincidía con el lugar donde la forma se había movido por el suelo.

Se detuvo en seco, con la mirada fija, al alcanzar la zona más oscura del muro de piedra.

Si era una salida, no se parecía a ninguna que hubiera visto.

Era una gran superficie cuadrada de piedra oscura, con una grieta en el centro.

No había manera evidente de atravesarla.

Se acercó a la grieta, intentó atisbar a través de ella, pero no vio nada.

Frustrada, golpeó la piedra con el puño. Un eco reverberó en la roca.