70
Xena tanteó a su alrededor con lentitud.
No quería pasar nada por alto. Sabía que en la Gran Pirámide había túneles perdidos desde hacía miles de años.
Sin duda podía existir una salida a la superficie, o a alguna cámara cercana, donde a la mañana siguiente pudiera oír a los turistas y los guías y hacerles saber que estaba allí.
De joven le habían contado que en la Gran Pirámide había cámaras secretas que aguardaban ser redescubiertas.
La prueba se encontraba en un libro del historiador griego Heródoto, el padre de la historia, que visitó Egipto en el siglo V antes de Cristo.
Escribió sobre bóvedas bajo la Gran Pirámide y una isla en sus profundidades donde yace el cuerpo de un faraón.
La única entrada actual a la pirámide, abierta a principios del siglo IX por los obreros del califa al-Mamún, fue la única ocasión en que se excavó un túnel hasta el corazón de la pirámide.
Al parecer, un egiptólogo victoriano había intentado abrirse paso hacia el interior de la Gran Pirámide y después despejar la entrada con pólvora, pero sus obreros lo detuvieron, pues no estaban dispuestos a ver la pirámide destruida.
Solo consiguió dañar algunas de las piedras exteriores.
Si se excavaran más túneles en las otras caras de la pirámide, encontrarían pasadizos y cámaras ocultas, pero hacía mucho que ese tipo de trabajos estaban prohibidos.
Contuvo la respiración, aguzando el oído.
El lugar donde había caído podía ser una cámara perdida hacía siglos con el tesoro de un faraón a su alrededor, o quizá la Sala de los Registros que mencionaban los autores antiguos, como Plutarco.
Este afirmaba que la Sala de los Registros bajo la Gran Pirámide contenía rollos de papiro que describían a los fundadores de Egipto, así como rollos de oro con la historia de la ciudad perdida de la Atlántida. ¿Sería cierto?
Notó arena en el suelo de piedra a su alrededor.
En algunos puntos se acumulaba en montículos, como si se hubiera desplazado.
En otros apenas había. Le palpitaban la rodilla derecha y el hombro, donde se había golpeado al caer.
Poco a poco fue ampliando la búsqueda, avanzando un paso y retrocediendo otro en cada dirección.
Y entonces lo tocó. Era su linterna. Tenía que serlo.
La palpó deprisa por todas partes. La tapa del compartimento de las pilas estaba abierta.
Se le cayó el alma a los pies. Las pilas se habían salido.
Estaban en algún lugar del suelo, a su alrededor.
Debía proceder con método. Aunque encontrara las pilas, la parte superior de la linterna tenía una grieta profunda.
Eso podía significar que la bombilla estaba rota e inservible.
Recitó su oración a la gran madre una y otra vez mientras tanteaba a su alrededor. La madre la había ayudado muchas veces en el pasado. Volvería a ayudarla. Xena estaba segura de ello.
Tardó quizá media hora en encontrar las dos pilas. Una rodó lejos de ella al tocarla. La otra estaba mucho más lejos de su punto de partida de lo que esperaba. La perseverancia dio sus frutos.
Cuando estaba a punto de colocar la última pila, vaciló. ¿Qué descubriría? ¿Había caído en la Sala de los Registros o solo en un hueco vacío de los cimientos?
¿La rodearían muros de oro, paredes de granito imposibles de escalar o esqueletos?
Introdujo la última pila.
No pasó nada.
Buscó el interruptor y lo pulsó.