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Xena recorría la Cámara del Rey a gatas. La linterna estaba apagada. Al oír los ruidos, la había encendido un momento para comprobar si había algo más en la estancia, pero no vio nada.
Pero había oído algo, de eso estaba segura.
No se estaba volviendo loca. El ángel de las tinieblas aún no se la había llevado.
Algo en aquella cámara había producido un ruido, y quizá el tacto la ayudara a descubrir si había algún cambio, si algo se había movido.
Recordó la última vez que había recorrido la estancia con la luz encendida, media hora antes.
Cada piedra estaba perfectamente encajada con la de al lado.
Entonces, ¿por qué ahora parecía que todas tenían grietas?
¿Se había alterado algo en las piedras de descarga, que soportaban el peso de la pirámide y lo distribuían hacia los lados de la cámara?
¿O estaba pasando otra cosa? ¿Estaba la cámara a punto de derrumbarse?
Si era así, acabaría convertida en una mancha de sangre y huesos destrozados bajo las miles de toneladas de roca de encima.
Se detuvo en una esquina y decidió volver al lugar del suelo donde la piedra había descendido unos centímetros. Encendió la linterna.
Fue entonces cuando supo con certeza que algo le había ocurrido a la cámara.
Era un poco más larga de lo que recordaba.
Caminó hasta el extremo más alejado. El suelo estaba marcado con una línea de unos cinco centímetros de ancho.
Se agachó. Las secciones de losa que habían quedado al descubierto eran más pálidas.
Tocó la nueva franja de piedra expuesta y se llevó los dedos a los labios.
Un sabor a polvo le llenó la boca. Deslizó los dedos hasta la pared del fondo. Era igual a lo largo de toda la línea. Miró el techo. También se había extendido. ¿Habían diseñado esto los constructores? ¿Habría más movimientos?
Se dirigió rápidamente al otro extremo de la estancia.
Allí nada había cambiado. Apagó la linterna y recorrió la habitación con las manos en las paredes.
Sin duda había pequeñas grietas entre algunas de las losas.
Pero no parecían intencionadas, como la sección que se había extendido.
No eran uniformes. Pero ¿había más ahora que antes?
Se quedó de pie en la oscuridad, junto a la sección del suelo que había descendido. De repente, los pies se le movieron ligeramente y se tambaleó hacia los lados y hacia atrás, atenazada por el miedo.
Se puso en cuclillas, extendió la mano hacia la losa del suelo que tenía delante y presionó. La losa se movió, se inclinó hacia abajo, como si tuviera bisagras en el centro.