El enigma de El Cairo 54
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Mantuve la mirada al frente. ¿Me estaba diciendo la verdad o solo quería inquietarme y darme más motivos para no causar problemas cuando llegáramos a la villa de Yacoub?

—Yacoub es un peligro real para el mundo, no solo para los egipcios —Asim hablaba como si estuviera revelando un secreto.

—¿Cómo sabes que Yacoub Pharmaceuticals se llevó a mi marido?

—Vigilamos a todos los que mueven los hilos en Egipto, a cualquiera que aspire al poder en nuestro amado país.

Vigilamos a Yacoub porque es uno de ellos.

Bien podría acabar como presidente de Egipto.

Si nadie lo detiene. Por eso tenemos espías dentro de su villa —me miró y se encogió de hombros—.

Me da igual si me crees o no. Quiero que entiendas con qué clase de hombre te las estás viendo —escupió con desprecio—. Te enfrentas a un demonio.

—¿De qué tipo de pruebas hablas? —el pavor me invadía. ¿Podía ser cierto todo aquello? ¿Le había pasado algo terrible a Sean, algo irreversible? Acudieron a mi mente recuerdos de él sonriendo. Una ráfaga de imágenes me atravesó. Una opresión, como una mano, me atenazó el pecho, la garganta.

El ácido me subió por la garganta. Se me revolvió el estómago. Quería vomitar.

—Solo sé que vieron a alguien que encaja con la descripción de tu marido en una de las salas de pruebas de la villa de Yacoub.

—¿Ahí es donde experimenta con personas?

—Sí, en los sótanos.

Recordé los sótanos que había visto en la villa de Yacoub.

Era posible que estuviera realizando experimentos allí.

A un hombre en su posición difícilmente le cuestionarían tales pruebas.

A cualquiera que preguntara sobre experimentos con humanos lo tacharían de querer frenar el progreso de una parte clave de la industria farmacéutica egipcia.

¿Había estado Sean allí cuando yo estuve? ¿Había pasado a escasos metros de él? Sacudí la cabeza. No iba a dejar que ese pensamiento me afectara. El tal Asim también podía estar mintiendo.

Permanecimos en silencio mientras volvíamos a El Cairo por la autopista.

El reloj del salpicadero marcaba las doce menos cuarto.

El tráfico era escaso, sobre todo camiones, algunos iluminados como árboles de Navidad; había importaciones japonesas nuevas, pero la mayoría de los coches eran viejos Mercedes y Renaults cubiertos de polvo.

Pasó otra hora hasta que aparcamos en la calle, cerca de la villa de Yacoub.

Asim señaló la entrada y luego me apuntó con el dedo a la cara.

No me inmuté. —Harás que abran la puerta principal, y este chico se encargará de los dos guardias de seguridad.

En cuanto estén camino de su tierra prometida, abrirás la puerta lateral y esperarás.

Encontraremos a tu marido, Sra. Ryan. Confía en mí.

Lo miré fijamente a los ojos. No me fiaría de él ni para que me dijera qué día era, pero ¿qué otra opción tenía?

—Y anímate, Sra. Ryan. Estás a punto de rescatar a tu marido.

Asim sonrió, se inclinó hacia mí y abrió la puerta del coche. Luego volvió a cerrarla. Un vehículo había aparecido a toda velocidad doblando la esquina, más allá de la villa. Era un coche patrulla.

Lo observé fijamente mientras se abalanzaba hacia nosotros.