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Henry Mowlam repasó el correo electrónico que estaba a punto de enviar.
Iba dirigido al oficial de guardia de la base aérea egipcia de Almaza, al noreste de El Cairo.
La Brigada de helicópteros 533 de la Fuerza Aérea Egipcia contaba con al menos dos de sus flamantes KA-52 rusos equipados con los últimos sistemas de radar en alerta permanente, además de al menos seis helicópteros Apache más antiguos.
Un KA-52 sería ideal para una misión de búsqueda y rescate en caso de que el dron que buscaba a Isabel Ryan diera con su objetivo.
El dron militar egipcio no tripulado, un Scheibel Camcopter, desviado de una misión rutinaria de rastreo de infiltrados islamistas en la frontera con Libia, ya sobrevolaba la última ubicación conocida del teléfono de Isabel.
Seguía las carreteras más probables que habría tomado al salir del pueblo donde se había detectado la señal.
Después sobrevolaría en círculos cada posible ubicación a una altura suficiente para pasar inadvertido.
La desaparición de Isabel complicaba las cosas.
La reacción mundial ante las muertes de civiles en El Cairo había superado todas las expectativas.
Las Naciones Unidas habían convocado una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad, aunque Estados Unidos aún no se había pronunciado sobre la resolución francesa que instaba al gobierno egipcio a convocar elecciones libres a la mayor brevedad.
Los franceses, como siempre, se llenaban la boca hablando de democracia, cuando sabían perfectamente que aquello solo desembocaría en un Estado islámico con la sharía como ley para todos.
Eso dejaría a un país de ochenta y cinco millones de habitantes en una situación precaria.
Y su población crecía a razón de un millón al año, el doble que la de Alemania.
Los enfrentamientos entre facciones islamistas, seguidos de un declive de la economía egipcia, podrían provocar que millones de personas volvieran a cruzar el Mediterráneo rumbo a Europa.
Y Europa había dejado de aceptar migraciones musulmanas masivas.
El objetivo ahora era garantizar que Egipto contara con un gobierno estable, capaz de ofrecer esperanza, empleo y entretenimiento a sus ciudadanos.
Y no solo a corto plazo.
Y si eso significaba que unos cientos de personas tenían que morir, que así fuera. O incluso unos miles. El fin justificaba los medios. Decenas de miles morirían intentando entrar en Europa, o en luchas entre facciones, si Egipto se sumía en el caos.
Piensa siempre en el bien mayor. Finch se lo había grabado a fuego.
Pero de momento, tenía que asegurarse de que todos sus agentes en Egipto estuvieran protegidos. Cada uno tenía una misión que cumplir. Sin ellos, el país entero podría venirse abajo.