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Xena respiró lentamente. No había salida. Los dos conductos estelares que llevaban al exterior de la pirámide eran lo bastante grandes para una rata, quizá para un lince del desierto, pero para ella resultaban imposibles.
Encendió la linterna de nuevo.
Pero esta vez parpadeó antes de que hubiera contado hasta diez. La apagó para que las pilas se recuperaran un poco más. La oscuridad se abalanzó sobre ella, como un animal que la envolviera. Estaba acostumbrada a la oscuridad, pero ahora la sentía como la muerte misma, asfixiándola.
Reprimió el impulso de gritar, de confiar en que alguien pudiera venir a rescatarla. Solo tenía una oportunidad. Tenía que encontrar los otros túneles y salas legendarios que conectaban con aquella cámara.
Ahora tenía sed, y la boca le estaba tan seca como la arena.
Desenroscó la parte trasera de la linterna, se bajó los pantalones holgados y orinó en el receptáculo de plástico con forma de copa que hacía las veces de tapa para las pilas.
La orina era bebible. Sabría amarga, pero evitaría que el pánico se apoderara de ella por la sequedad de la garganta.
Pero ¿cuánto tiempo pasaría antes de que se le agotaran las opciones? ¿Cuarenta y ocho horas? Después de eso estaría acurrucada en el suelo, suplicando por un poco de agua.
¿Y cuánto tardarían en abrirse paso hasta la cámara?
Aunque se movieran rápido, el proceso de aprobar y organizar un proyecto así en Egipto no era tarea fácil.
Ahmed Yacoub podría presionar para acelerarlo, pero no querría que lo vincularan demasiado con lo sucedido, por si lo acusaban de haber dañado la pirámide, una de las mayores atracciones turísticas de Egipto.
Sabía qué tipo de hombre era desde hacía mucho tiempo.
Para él, lo único importante era lo que él quería.
Siempre había sido así, durante todos los años que había trabajado a sus órdenes.
Cuando degolló a aquel imán en El Cairo, años atrás, siguiendo sus instrucciones, le pagaron bien y le explicaron por qué era necesario hacerlo, pero el beneficiado había sido Yacoub Holdings, y Yacoub también se había mantenido a distancia después.
Encendió la linterna un instante y luego caminó hasta la pared del fondo de la cámara.
Recorrió con los dedos los bordes de los bloques en la oscuridad.
Los bloques de allí eran grandes, pero estaban tan ajustados entre sí como todos los demás.
Todo aquello era sin duda obra de una técnica secreta que los humanos habían olvidado hacía mucho tiempo.
Recorrió el contorno de más bloques, buscando cualquier cosa que le diera esperanza.
Estiró los brazos todo lo que pudo a lo largo de la pared, luego encendió la linterna y miró hacia el techo.
Estaba al doble de su altura, y los bloques del techo aparecían ennegrecidos en algunos puntos, quizá por antorchas de hacía miles de años.
El labio le temblaba. No quería admitir que la esperanza se estaba apagando, pero sabía que tendría que tomar una decisión pronto. Podía descansar, conservar energías, o trabajar en la piedra que bloqueaba el conducto de salida con la esperanza de que cediera después de horas de rascar.
¿Qué haría? Esperó, dejó que la respiración se le calmara, y luego encendió la linterna, fue hasta el bloque del suelo que habían logrado mover, aunque solo unos centímetros, y empezó a saltar sobre él, empujando con todas sus fuerzas.
Nada. Estaba perdiendo el tiempo.
Se sentó en la oscuridad y se abrazó las rodillas con fuerza.
La oscuridad era como una presencia que la rodeaba.
Y fue entonces cuando lo oyó. Un susurro suave, como si algo estuviera en la cámara con ella.