38
Me aparté de la puerta, extendí el brazo hacia el grifo y cerré el agua. Entonces volví a oír los golpes. Esta vez, una voz aflautada pronunció mi nombre, mal.
—Señorita Ryan. Señorita Ryan.
—¿Quién es? —grité.
—Tiene que venir.
—¿Por qué?
—Tiene que venir.
Estaba claro que no iba a conseguir más explicaciones. Cogí el móvil de la mesa. Si alguien me estaba rastreando —Henry, por ejemplo—, necesitaría que lo llevara encima para poder ayudarme.
Alguien arrastraba los pies al otro lado de la puerta. Me envolví en una de aquellas toallas blancas enormes y mullidas, y abrí de golpe.
Un anciano hizo una reverencia. Probablemente hacía mucho que había perdido el interés en ver a una mujer desnuda. Llevaba un fez rojo y un uniforme blanco impecable. Habló con la cabeza gacha.
—Disculpe la molestia, señorita Ryan, pero todos debemos bajar al refugio de emergencias del sótano. Por favor, dese prisa.
Levantó la cabeza lo justo para mirarme a los ojos. Los tenía inyectados en sangre, como si padeciera alguna enfermedad. Tampoco parpadeaba.
—¿Por qué? ¿Qué demonios pasa?
Me acerqué a las contraventanas negras y miré hacia fuera. La penumbra descendía sobre la ciudad con la llegada de la noche. Frente a nosotros, guirnaldas de luces conectaban los edificios, pero abajo los coches circulaban y no se veían multitudes reuniéndose.
—Terremoto, señorita Ryan.
Miró el reloj y casi dio un respingo.
—Llegamos tarde. Por favor, venga.
Su voz tenía un tono tan lastimero que no quise negarme.
—Espere fuera.
Señalé la puerta.
Hizo una reverencia profunda y fue rápidamente hacia la puerta. Al cerrarla tras de sí, asomó la cabeza de nuevo y dijo:
—No es un simulacro. Por favor, dese prisa.
Me vestí lo más rápido que pude. Habría estado bien pasar un poco más de tiempo en aquella habitación, relajarme, pero parecía que no tenía alternativa.
El sirviente me condujo por el pasillo hasta una puerta ornamentada con ribetes dorados que daba a un hueco de escalera.
Los peldaños eran lo bastante anchos para que pasaran dos personas.
En las paredes había jeroglíficos, como si estuviéramos en un templo del antiguo Egipto.
En cada rellano había una mesita de mármol negro con una estatua de mármol blanco: un hombre con cabeza de chacal, sentado.
Bajamos tres tramos. El sirviente iba delante, a buen paso para alguien de su edad; se giraba de vez en cuando y me instaba a avanzar.
Miré por encima de la barandilla. Había al menos otros tres pisos por debajo de nosotros.
Yacoub tenía un complejo entramado de sótanos.
¿Qué demonios hacía aquí abajo con tantos niveles?
En el piso de abajo, una mujer con un largo uniforme blanco salió por una puerta.
Me apresuré a pasar mientras la puerta blanca se cerraba tras ella.
Alcancé a ver una fina rendija de lo que había al otro lado.
Una rendija intrigante. El corredor del que había salido parecía de hospital: todo blanco, con luces brillantes.
Me detuve y miré hacia atrás, a la mujer que me había adelantado escaleras arriba.
Su uniforme podría haber sido de la época de Florence Nightingale, cuando se esperaba que las buenas damas británicas se cubrieran de pies a cabeza.
Pero sin duda parecía una enfermera. ¿Estaba Yacoub dirigiendo una clínica aquí abajo?
¿Era aquí donde llevaba a cabo su investigación?
—Tiene que venir —dijo una voz a mi lado.
Me giré. El sirviente al que había estado siguiendo tenía la mano extendida, a punto de agarrarme del brazo.
—No me meta prisa.
Levanté la mano como para mantenerlo a raya.
Retrocedió con los ojos llenos de sorpresa.
Quizá las mujeres que conocía no se defendían, pero yo no iba a aguantar gilipolleces.
Tal vez, antes de que Sean desapareciera, habría sido más blanda, me habría reído de lo que estaba haciendo, pero desde aquel día había aflorado una parte más oscura de mí, ya plenamente formada.
Era capaz de ladrar a la gente que se me cruzaba en la calle e incluso me había pillado gritándole al televisor. La vieja «Isabel amable» se desmoronaba un poco más con cada día que pasaba. Y me daba igual. Dormía menos y mi dolor se manifestaba de formas extrañas, transformándome.
—Tenemos que irnos. Están esperando.
—¿Quién está esperando?
No respondió. Se limitó a seguir bajando.
Habíamos llegado a lo que calculé que era el tercer nivel subterráneo cuando apoyó la palma en un panel de seguridad y la puerta del pasillo se abrió. Me la sostuvo abierta.
Este nivel parecía más residencial. Había una alfombra roja en el suelo con un patrón floral persa, consolas doradas con pequeñas estatuas a intervalos. Los apliques tenían forma de escarabajo. Al fondo del pasillo había una estatua de ébano de un faraón con barba larga.
El sirviente llamó a una puerta a la izquierda, a mitad del pasillo. Me la sostuvo abierta. Pero a mí me interesaba la estatua. Pasé de largo, murmuré algo y apreté el paso.
Tenía razón. La estatua tenía el rostro de Yacoub, vestido como un faraón. Sacudí la cabeza. Así que eso era lo que realmente quería.
—El parecido es bueno —dijo una voz a mi espalda.
Me giré y me quedé de piedra, dando un paso atrás. Yacoub estaba detrás de mí, pero no era Yacoub. Este hombre era algo más gordo y se había dejado las canas a los lados de la cabeza.
—Me llamo Mustafa.
Hizo una reverencia.