El enigma de El Cairo 26
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El técnico de bata blanca alzó la jeringuilla. Cerró los ojos y recitó la plegaria caníbal en voz alta, despacio, para que cada palabra rebotara en las cuatro paredes de ladrillo de la habitación.

—El cielo se nubla. Las estrellas se ocultan.

Nos alimentamos de sus órganos, de su cuerpo rebosante de magia de la Isla de Fuego.

El Señor Asesino corta.

Comemos personas. Vivimos de ellas.

Comemos su magia por la mañana, al mediodía y por la noche.

Recorremos los dos cielos en su totalidad.

Perduramos entre aquellos que se han elevado.

Hizo una pausa, mostró la jeringuilla a cada pared e hizo una reverencia en cada dirección. Caminó despacio hasta el cuerpo que yacía desnudo sobre la camilla en el centro de la habitación. Era el cuerpo de un hombre. Tenía la cabeza rapada, moratones en el brazo y una marca amoratada en la frente.

El técnico cogió el brazo del hombre. Le dio palmadas en el pliegue del codo hasta que aparecieron las venas moradas. Luego insertó la jeringuilla. Extrajo sangre, caminó hasta una mesa de acero cercana, vació la jeringuilla en un vial de cristal y después la arrojó a un contenedor azul de residuos.

Al salir con el vial en la mano, apagó las luces y bajó un poco el termostato.

La habitación quedó en silencio. Lo único que se oía era el zumbido lejano del aire acondicionado.