18
Ahmed Yacoub señaló al profesor Bayford y dio un paso hacia él para dar más peso a sus palabras.
La sala de conferencias del centro de investigación, cerca de la Gran Pirámide, estaba vacía salvo por ellos dos.
Abajo, a través de la ventana, se veían cuatro Toyota Land Cruiser J200 blindados de color negro.
—Puedes traer a quien quieras a la ceremonia —clavó el dedo en la camisa blanca de Mike—. Pero cuando la vea, le diré lo que pienso de que los servicios de seguridad británicos envíen a una espía para vigilarnos. Deberían mantenerse al margen de nuestros asuntos.
Le salpicó saliva de la boca.
—Isabel Ryan está buscando a su marido. Cree que está en El Cairo. Sea cual sea su trabajo, eso es verdad.
Yacoub negó con la cabeza.
—Eres muy ingenuo. Esa es la coartada más obvia que he oído en mi vida —volvió a clavarle el dedo en la camisa a Mike—.
—Es un anzuelo con miel. Y tú has picado.
Mike miró hacia los Land Cruiser. Dos hombres cargaban cajas de plástico blancas en el último vehículo. Cerca había otras tres cajas a la espera.
—¿Pero te reunirás con ella?
Yacoub se encogió de hombros.
—Sí. Me gustaría conocer a esa dulzura —se relamió los dedos—. Me gusta lo dulce.
Mike lo fulminó con la mirada.
—¿La ayudarás a buscar a su marido?
—Pongámonos en marcha. Llegaremos tarde —Yacoub señaló a los hombres que llevaban la última caja—. ¿Está todo como acordamos?
—Sí.
—Y tu equipo no sabe nada.
Mike asintió.
Yacoub cerró el puño derecho y lo apoyó en el cristal.
—No me fío de nadie, profesor —levantó el puño y lo estampó de nuevo contra la ventana. El cristal vibró.
—Cualquier error tendrá consecuencias.
Mike retrocedió. Bajo el bronceado, se le veía algo pálido.
—No habrá errores. Yo no cometo errores —alzó la barbilla—. Ni siquiera sé cómo se escribe esa palabra.