17
Miré el reloj. Avanzábamos a paso de tortuga. El conductor había encendido el aire acondicionado porque fuera el calor iba en aumento. El sol ya estaba sobre el horizonte. Los cláxones sonaban sin parar.
El conductor se giró hacia mí.
—Estaremos aquí veinte minutos más, señora.
Saqué el móvil y marqué el número del taxista. Contestó enseguida.
—Voy de camino. Por favor, dile al enfermero que espere. Estoy atascada en un control militar.
—Esto es malo, muy malo —se calló un momento. Se oía música de fondo. Pop egipcio. Estaba en su taxi, probablemente a las puertas del hospital, esperándome.
—¿Cuánto efectivo voy a necesitar?
Era la pregunta que tendría que haber hecho antes.
—Diez mil libras egipcias, pero prefiere quinientos dólares americanos. Viene a ser lo mismo para usted, ¿no?
Solté un gemido. En el bolso llevaba mil libras egipcias, lo que había cambiado en el aeropuerto.
—Llévelo al hotel cuando acabe su turno. Debería estar allí en media hora.
Había visto un cartelito en recepción que ofrecía cambio de divisas con tarjeta de crédito. La mayoría de las mías aún tenían margen.
Además, sería más seguro quedar con ellos en el hotel.
—Esperaremos fuera.
Parecía enfadado. ¿Era una mala señal? ¿Me iban a timar?
Colgué. Si querían el dinero, vendrían.
El conductor me miró por el retrovisor.
—¿Quiere ir al hotel?
—Sí.
Me clavó la mirada en el espejo. Aparté la vista.
¿Por qué demonios los hombres de aquí miraban así?
Pero ya sabía la respuesta. Aquí consideraban fáciles a las mujeres occidentales.
Algunos daban por hecho que, como tenía libertad para elegir pareja, bastaría una sonrisa para convencerme de acostarme con ellos.
Miré por la ventanilla. ¿En qué demonios me estaba metiendo?
La furgoneta dio un tirón hacia delante. Un helicóptero apareció por la derecha, sobrevolando las casas bajas de dos y tres plantas cubiertas de polvo, emergiendo entre un bosque de antenas parabólicas, antenas de televisión y tendederos que abarrotaban casi todos los tejados.
En cuestión de segundos, el tableteo del helicóptero resonaba justo encima de nosotros. Si nos tenían en el punto de mira, éramos blancos fáciles, patos en fila atados al suelo. Quien pilotara aquel Apache artillado podría mandarnos al otro barrio con solo mover un dedo.
El batir de las aspas me recorrió el cuerpo con un escalofrío. El miedo me atenazaba el corazón cada día desde que Sean había desaparecido. Y desde que llegué a El Cairo, también había empezado a apoderarse de mi mente.