9
Me quedé junto al paciente, inclinada sobre su rostro envuelto en vendajes, con el corazón latiéndome con fuerza. Unos pasos retumbaban a mi espalda.
—¡Señora Ryan! —gritó alguien.
Miré el cuello del hombre y en un segundo supe dos cosas.
No era Sean; yo conocía cada centímetro de su cuerpo.
Los bultos en el cuello de aquel hombre no coincidían, y lo habían torturado.
El vendaje del pecho se había levantado en la zona del cuello, y en el borde pude ver un verdugón supurante que se extendía bajo la venda.
Se me revolvió el estómago. Una mano me agarró del brazo.
—Señora Ryan, venga.
Miré al hombre que me sujetaba. Llevaba un uniforme negro con una gorra de plato con un emblema de pájaro.
No me resistí. Recorrí la habitación con la mirada mientras me giraba.
Sean no estaba allí. Era como si se abriera un agujero dentro de mí.
Se acabó. Toda posibilidad de encontrarlo se había esfumado.
Miré a mi alrededor mientras me alejaba.
A los pies de la cama del paciente había una bata blanca.
Una etiqueta de Macy's en el cuello me llamó la atención.
No dije ni una palabra, solo caminé deprisa hacia la salida de la sala, casi arrastrando al guardia de seguridad que me sujetaba del brazo. Cuando llegamos a la salida principal, el guardia me soltó.
—Tiene que irse —dijo, señalando la puerta de salida.
Levanté ambas manos con las palmas hacia él.
—Ya me voy.
Miré hacia atrás mientras atravesaba la puerta. El guardia me observaba.
El taxista estaba fumando, apoyado contra una pared del aparcamiento, cerca de un cartel de prohibido fumar. Me acerqué a él y sonreí.
—¿Encontró a su marido? —Dejó caer el cigarrillo y lo pisó.
—Todavía no.
Rebusqué en el bolso.
—¿Puede buscar a algún conductor de ambulancia y preguntarle si vio a mi marido?
Me miró y negó con la cabeza.
—No soy detective, señora.
Sonreí.
—¿Le ayudarían cien libras egipcias de más?
—Doscientas.
Asentí. Cogió la foto de Sean.
—¿Me da un cigarrillo? —dije. No había fumado en diez años, pero me habían entrado ganas de fumar. Necesitaba algo que aliviara el entumecimiento que se apoderaba de mí.
Me pasó uno y me lo encendió. Su sonrisa se prolongó mientras me miraba fijamente. Aparté la vista, di una calada suave y solté el humo hacia el suelo.
—Le pagaré cuando volvamos al hotel. Pregunte a todos los conductores que encuentre.
Estuvo fuera al menos treinta minutos. Me paseé de un lado a otro del aparcamiento, cerca de donde había aparcado el taxi.
Levantó la foto al volver.
—Lo siento, señora. Encontré a dos conductores y ninguno vio a su marido. Hay otros dos. Estarán de servicio más tarde, si quiere que vuelva.
Se encogió de hombros.
—Otras cien por eso.
Hizo una pausa y sonrió.
—Puedo pasarme por su hotel más tarde.
—Sí, hágalo.
Pensé en darle mi número, pero quería verle la cara cuando me contara lo que había averiguado. No quería oír historias por teléfono.
Llegamos al hotel veinte minutos después. Un minibús negro estaba aparcado en la entrada. Un hombre mayor, con una espesa cabellera gris y una barba tupida con vetas blancas, salió de él cuando nos detuvimos. Llevaba una caja de plástico blanca bajo el brazo.
—Asegúrese de volver al hospital —dije mientras pagaba al conductor.
Me sonrió.
—Por usted, señora, haré lo que quiera.
Su sonrisa era demasiado amistosa. Me sentí incómoda. Tenía que andarme con mucho cuidado con lo que hiciera a continuación.
Miré a mi alrededor con rapidez.
—Estaré con mi amigo, así que llame a mi habitación o deje un mensaje en recepción —dije, señalando al estadounidense barbudo.
—¿Lo conoce? —preguntó el conductor.
—Sí —mentí. De pronto me asaltó la idea de que había elegido a la persona equivocada sobre la que mentir.
—¿Por qué?
—Nos cubrirá de vergüenza a todos.