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En Whitehall, en el centro de Londres, en un edificio del War Office transferido al MI5, el subjefe de Investigaciones Antiterroristas, Henry Mowlam, ocupaba una oficina acristalada en esquina, con tres monitores de pantalla plana ante él.
Su reciente ascenso no le hacía del todo feliz. Era la primera vez que un subjefe instalaba los monitores de trabajo en su despacho, y varios compañeros de su unidad, que hasta hacía poco ocupaban el mismo rango que él, habían empezado a ponerle motes. Henry el Informático era el más benevolente.
Había doce subjefes de Antiterrorismo. Los doce apóstoles. Pero tres estaban de baja por enfermedad y otros dos, a punto de jubilarse, aún redactaban los informes a mano para que sus asistentes los pasaran a limpio.
Henry observaba con atención la pantalla más grande de su escritorio.
Por la ventana, en lo alto de la pared, las nubes surcaban el cielo de Londres.
En su monitor aparecía la plaza frente a la mezquita de El Morsy, que daba a la carretera del puerto en Alejandría, Egipto.
La multitud que abarrotaba la plaza había crecido hasta bloquear la vía.
Las oraciones del viernes por la tarde habían terminado y los fieles no regresaban a casa.
La inminente llegada del USS Mount Whitney, buque insignia de la Sexta Flota, para una visita oficial de dos días, había encendido la mecha de una situación súbitamente volátil en Alejandría.
A Henry no solo le preocupaban las vidas de los 325 militares a bordo del Mount Whitney; también temía que el ataque a la basílica de Santa Teresa en El Cairo ese mismo día fuera la señal de un levantamiento popular generalizado contra la dictadura militar egipcia.
También se congregaban multitudes en Port Said y Asuán. Ninguna vida británica corría peligro directo, por el momento, pero había que contemplar la posibilidad de un intento de golpe de Estado.
El general al mando en Egipto era aliado de Occidente, pero existían grupos conocidos en el ejército egipcio que preferirían una alianza con Siria.
Si eso ocurría, todo era posible: apoyo abierto a Hamás para demostrar las credenciales antiisraelíes del nuevo líder, rechazo o expropiación de inversiones occidentales en Egipto,
un colapso aún mayor de la economía egipcia que desencadenaría otra gran oleada de inmigrantes musulmanes cruzando el Mediterráneo y alterando el equilibrio de poder en Europa.
En su segunda pantalla aparecía la basílica de Santa Teresa en El Cairo. Los daños del ataque aún eran visibles. Habían empleado un artefacto explosivo improvisado. Tenía el sello de los combatientes que regresaban de Siria.
Mientras observaba, dos policías colocaron más barreras junto a la iglesia ennegrecida por el humo. Entonces se abrió un recuadro rojo de alerta con otro vídeo en la pantalla de Henry. Hizo clic en él y se aferró al borde del escritorio.
La pantalla mostraba la entrada al club de playa de oficiales de la Armada egipcia, a las afueras de Port Said.
La barrera metálica estaba levantada y, más allá, se distinguían dos cuerpos con uniformes blancos.
La cámara apuntaba al callejón que conducía al club.
Un Toyota Landcruiser negro aguardaba con las luces encendidas en el callejón.
Más allá había otro coche, que estaba dando marcha atrás.
En el parabrisas del Landcruiser se reflejaba la entrada al club de playa. Unas chispas cruzaron la pantalla.
Se había desatado un tiroteo.
Hizo clic en la pantalla buscando los controles de la cámara. No había ninguno. ¡Por qué demonios no habían actualizado los egipcios sus cámaras de seguridad!
Cogió los auriculares de la mesa y activó la conexión de audio y vídeo con la embajada británica en El Cairo.
Sus dedos teclearon en la pantalla. En cuestión de segundos podía enviar un correo electrónico cifrado a su homólogo de la CIA, al de inteligencia naval estadounidense y a varios funcionarios militares y civiles británicos del Ministerio de Asuntos Exteriores,
pero primero tenía que asegurarse de que el embajador y el personal en El Cairo se pondrían a resguardo.