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—Funciona, puedo asegurárselo, excelencia.
El anciano se inclinó hacia delante y se ajustó las gafas de montura dorada. Sonreía de oreja a oreja. Le brillaban los ojos mientras colocaba el vaso de precipitados sobre la mesa de caoba pulida.
El hombre mayor, enfundado en un traje de rayas ceñido, miró fijamente el vaso. Con una mano delgada y manchada por la edad, se echó hacia atrás el cabello inverosímilmente negro.
—Si ha tenido éxito, doctor, este será el avance que hará que todas las farmacéuticas del mundo le supliquen que trabaje para ellas.
Clavó la mirada en el rostro del doctor.
—No tema, excelencia. Jamás abandonaría su servicio. Ha sido más que generoso conmigo y con mi familia.
El doctor bajó la vista hacia el vaso de precipitados.
—El nombre de Ahmed Yacoub está inscrito en nuestros corazones.
Se llevó la mano derecha al pecho izquierdo, apretándolo sobre la camisa blanca de algodón, e inclinó la cabeza.
Ahmed Yacoub se puso de pie. Cogió el vaso y caminó hacia las altas ventanas que daban al Nilo.
Las contraventanas de celosía oscura bloqueaban la luz del sol, pero acercándose lo suficiente se podía ver, por encima del revoltijo de tejados y minaretes, desde El Cairo antiguo hasta la Gran Pirámide.
Esta destacaba contra un horizonte iluminado por un sol rojo que descendía hacia un banco de nubes amarillas.
—Se acerca una tormenta de arena.
Dio un sorbo al vaso.
—Lleva tres días esperando ahí fuera —dijo el doctor—. Hemos atrancado las contraventanas de nuestra villa en Guiza.
Yacoub dio otro sorbo.
—Sabe a té de manzana.
El doctor sonrió.
—Funciona mucho mejor que el té de manzana.
Se relamió los labios.
—¿Y ha entregado la fórmula al equipo de producción?
—Sí. Todas las pruebas de seguridad están hechas. Ayudaremos a millones de personas. Los costes de fabricación son bajos. Ricos y pobres se beneficiarán por igual.
Yacoub olisqueó el líquido.
—Nuestros socios suizos decidirán la estrategia de distribución, doctor.
El doctor cerró los ojos un instante y luego hizo una reverencia.
—¿Está su esposa en la ciudad?
Yacoub apartó la mirada.
—Está en París, de compras. Nuestra fiesta de verano es dentro de dos semanas.
El doctor esbozó una amplia sonrisa.
—Quizá quiera pedirle que vuelva cuanto antes.
Yacoub apuró el resto del líquido y colocó el vaso frente a él.
—¿Todos los donantes han sido compensados?
—Todos y cada uno.
El doctor se puso de pie.
—Volveré mañana. Los efectos durarán mucho más, pero quiero ser el primero en felicitarle por su buen aspecto.
—Puedo asegurarle que recibirá más que palabras si ha logrado lo que prometió.
El doctor se aferró al alto respaldo de la silla de ébano. Los dedos le recorrieron la talla de la cabeza de pájaro, como acariciándola.
—La fórmula no falla, excelencia. La salud de su invitado lo demuestra. Ha visto su recuperación, ¿no es así?
Yacoub se encogió de hombros.
—No lo he visto, pero me han dicho que ve Netflix como usted persigue a sus secretarias, doctor.
Se echó el pelo hacia atrás.
—Me retiro, excelencia. Disfrute de su velada.
Mientras bajaba las amplias escaleras hacia la puerta principal de la mansión, vio a dos mujeres jóvenes sentadas con las piernas cruzadas sobre la alfombra persa, bajo la araña de luces resplandeciente que dominaba el vestíbulo de entrada.
Llevaban el rostro cubierto hasta los ojos por pañuelos rojos echados hacia atrás.
Hablaban entre ellas en susurros. Se volvieron y miraron al doctor.
Entonces las risas de ambas llenaron el vestíbulo.
Al dejar atrás el edificio, se apresuró hacia el aparcamiento de varias plantas situado al final de la calle.
Había aparcado el Toyota en el nivel superior, como siempre le habían indicado, para evitar que lo vieran.
Mientras subía en el ascensor, pensó en su propia esposa.
Quizá ella también podría beneficiarse, como él lo había hecho, de una dosis diaria del elixir.
Sonrió mientras cruzaba la explanada de hormigón y serpenteaba entre los coches aparcados en busca del suyo.
Pulsó el mando y las luces del coche parpadearon. Sería agradable encender el aire acondicionado y escuchar a Mozart de camino a su casa en el exclusivo barrio de Zamalek, el vecindario más rico de El Cairo, en la isla de Gazirah.
Cerró la puerta tras él y alargó la mano hacia los controles del sistema estéreo.
Un suave clic le hizo girar la cabeza. Algo cruzó como un destello ante sus ojos. Solo fue consciente del fino alambre que le habían dejado caer sobre la cabeza cuando este se le clavó en la carne del cuello.
Alargó la mano hacia él, pero ya era demasiado tarde.
Le había seccionado la tráquea y avanzaba rápidamente hacia la columna vertebral.
La sangre brotó como una cascada sobre la camisa blanca y se acumuló en los pantalones.
El único sonido era el del aire escapando de la tráquea, como un neumático de bicicleta reventado.
Entonces una risa cristalina llenó el coche y los dos pares de manos que habían sostenido el alambre soltaron las empuñaduras de marfil que les habían permitido tensarlo, dejando el alambre colgando por la espalda del doctor.
Se ajustaron los niqabs mientras bajaban por las escaleras de hormigón. La ranura para los ojos apenas medía dos centímetros de ancho cuando salieron a la calle. Siguieron a otras dos mujeres con niqab y se mezclaron junto al semáforo con una docena más.