El enigma de El Cairo 2. Una semana antes
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2. Una semana antes

Era el 30 de abril, un mes desde que mi marido Sean Ryan cayó en aquel pozo lleno de agua en Núremberg.

Aún no habían encontrado su cuerpo. Me habían dicho que la corriente podría haberlo arrastrado río abajo por el Pegnitz, y que quizá algún pescador lo encontraría dentro de unos meses, enredado en los juncos que crecían a lo largo de la orilla.

Había vuelto a Londres en avión tres días después de salir del hospital en Núremberg. Alek, mi hijo, me necesitaba. La posibilidad de encontrar a Sean con vida se había esfumado, según la amable policía alemana. El agujero negro en mi interior, no.

No tenía ni idea de cómo había sobrevivido las últimas cuatro semanas.

Mi médico me había recetado Xanax, pero después de tomar media pastilla tiré el resto.

Sobre todo, Alek me había mantenido cuerda.

Preguntaba por su padre todos los días, y yo casi me echaba a llorar cada vez que lo hacía, pero no está bien abrumar a un niño de siete años con la desesperación.

Podía ver en su cara que sabía que algo pasaba. Algo malo.

Jenny, mi hermana, también me había mantenido cuerda. Pero pronto tendría que admitirle la verdad a Alek, y a mí misma. Era hora de organizar un funeral para Sean. Hora de ocuparme de los preparativos.

Pero no lo haría. No podía. Estaba furiosa. Furiosa con la policía alemana. Furiosa con todo su maldito país. Y furiosa conmigo misma, sobre todo. Y ahora me agarraba a cualquier clavo ardiendo. Era mi momento de aferrarme a un clavo ardiendo.

Miré el edificio de ladrillo rojo. El este de Londres había cambiado desde la última vez que estuve allí —los Juegos Olímpicos lo habían obligado—, pero a Charnal Street, cerca de Hoxton Square, no había llegado ni siquiera una farola nueva y reluciente.

Me subí el cuello de la chaqueta para protegerme de la lluvia fría y pulsé el timbre de plástico sucio junto a la tarjeta del Dr. Candio.

Algunos de los otros timbres tenían nombres garabateados al lado.

Uno tenía una tarjeta con la cara sonriente de una mujer.

A dos les faltaban los timbres por completo.

Me estaba arrepintiendo de haber venido.

Podría estar en casa, en Fulham. Jenny iba a cocinar esa noche.

Se había quedado a dormir casi un día sí y otro no durante la última semana, mientras yo me hundía cada vez más.

Me mordí el labio y agucé el oído mientras la brasa de esperanza se apagaba lentamente.

Solo oía el zumbido animal del tráfico de Old Street, la arteria que salía de la City de Londres.

Pulsé el timbre de nuevo, con fuerza. Luego saqué el móvil para consultar la página web del Dr. Candio. Otra vez.

Astrología india, lectura de cartas mantra y consultas psíquicas, de 14:00 a 20:00, decía la página abarrotada de símbolos. Me acerqué más.

Un fuerte golpe sonó desde arriba, como si alguien hubiera cerrado una ventana de golpe. Alcé la vista. La lluvia caía con fuerza.

—¿Quién? —dijo una voz enfadada desde un pequeño altavoz junto a los timbres.

—Isabel Ryan. Llamé antes.

No pasó nada.

Pateé el suelo. Quería aporrear la puerta. En vez de eso, me mordí el labio de nuevo.

La puerta negra descolorida, muy rayada, se abrió con un chirrido.

Alcancé a ver una mueca de desprecio en la cara del hombre que estaba detrás.

Medía al menos un metro noventa, era delgado, de pelo hirsuto y tez pálida.

Tenía la cara alargada, como de rata. Llevaba un caftán sucio que le llegaba justo por encima de los tobillos.

—¿Doctor Candio?

Asintió.

Un joven apareció detrás del doctor Candio.

Pasó rozándolo y se dirigió hacia la salida.

Estaba desaliñado, con los ojos hundidos y la mandíbula floja.

Tropezó conmigo y sonrió, como un yonqui en busca de alguien que le pagara la comida.

Un olor a orina me inundó las fosas nasales.

Di un paso atrás. Sacudió la cabeza y se alejó tambaleándose.

Las escaleras por las que me guio el Dr. Candio estaban a oscuras. La alfombra que las cubría rezumaba mugre. Ya no se distinguía qué color había tenido en su día ni si las manchas formaban parte del estampado.

Su habitación estaba en el último piso. Tenía el techo bajo y las paredes cubiertas de grandes símbolos garabateados en negro y rojo sobre el papel pintado amarillento.

Los observé mientras el malestar crecía en mi interior.

Había esvásticas, espadas, copas, cuadrados, círculos, rombos, cruces, lunas, naves espaciales, espirales celtas y jeroglíficos de aspecto egipcio.

En estantes que ocupaban la mitad de las paredes a izquierda y derecha, en cuatro mesas bajas en las esquinas de la habitación y en un viejo armario grande entre las ventanas altas que daban a los árboles raquíticos de la plaza, había estatuas de dioses con múltiples brazos, ollas de latón,

incensarios, botellas de cristal polvorientas, cuentas ensartadas en cordeles, elefantes de marfil, estatuas de Jesús y María de varios tamaños.

El conjunto relucía bajo la luz de una bombilla amarilla y desnuda sobre nuestras cabezas.

Era como si hubiera entrado en un santuario. Pero ¿a qué?

—¿Qué quiere? —preguntó el doctor Candio.

Me dedicó una amplia sonrisa, como si estuviera practicando algo que le habían dicho que hiciera pero en lo que no creía. Los huecos entre sus dientes, a ambos lados de la fila superior, hacían que los que quedaban destacaran como lápidas.

—¿Su marido la ha dejado por otra?

Una baraja de cartas negras apareció en sus manos. Las barajó. Sus manos se movían tan rápido que casi no se veían, mientras las cortaba una y otra vez. Tras unos segundos más, las colocó sobre la mesa de cocina de fórmica roja en el centro de la habitación y me indicó con un gesto que me sentara.

Quería irme.

Me senté.

Ocupó la silla de enfrente, barajó las cartas de nuevo y las dispuso en un semicírculo frente a mí. Sonrió. Casi esperaba que se abalanzara sobre mí saltando la mesa.

—Le pagaré por una lectura, pero también tengo una pregunta para usted.

Hice una pausa, desconcertada un momento por la mirada desorbitada del doctor Candio.

Ahora movía los músculos de la cara, como si los estuviera ejercitando. Destellos de ira y paz, fealdad y miedo aparecían y desaparecían en un segundo.

—La lectura cuesta cien libras.

Le pagué sacando el dinero del monedero que llevaba en el bolso.

—¿Cuál es su pregunta?

—¿Por qué usa este símbolo?

Señalé una de sus tarjetas de visita. Estaba tirada sobre la mesa mugrienta, con las esquinas dobladas.

El símbolo tenía la forma de una llama solitaria dentro de un cuadrado, pero era idéntico al que habían encontrado en aquella habitación bajo Núremberg.

El símbolo sobre el que nadie en Alemania había sabido decirme nada.

—¿Por qué lo pregunta?

Candio se inclinó hacia mí hasta que su cara quedó a menos de treinta centímetros de la mía. Olía a orina. Su expresión era de curiosidad, los ojos muy abiertos, la boca entreabierta. Se le estaba acumulando baba en el labio inferior.

—Estaba en una habitación donde desapareció mi marido.

—¿Dónde fue eso?

Su sonrisa se había vuelto lasciva.

—Núremberg, en Alemania.

—¿Por qué crees que esto guarda relación con la desaparición de tu marido? —Señaló el símbolo en su tarjeta.

Tomé aire despacio. ¿Debería revelar más? ¿Qué daño podría hacer?

—Mi marido estaba investigando este símbolo.

Candio se echó hacia atrás, escogió una carta del conjunto sobre la mesa con un floreo y la giró para que yo la viera.

En ella había un caballo negro con un jinete verde pálido.

Encima del jinete aparecía la palabra Plaga en una tipografía de aspecto germánico antiguo.

Debajo del caballo había una secuencia de símbolos egipcios: una pirámide, un escarabajo, Isis con el sol sobre su cabeza.

El último símbolo era un cuadrado con una flecha dentro.

Alargué la mano para tocar la carta. Me temblaba.

El temblor subió por el brazo y me recorrió el cuerpo.

¿Había escogido esa carta porque sabía lo que había sucedido en Alemania el mes anterior, cómo miles de refugiados habían muerto por una enfermedad que se propagaba rápidamente y que las autoridades médicas aún se esforzaban por contener?

¿O la había escogido por alguna otra razón? Rocé el borde con los dedos.

Él dejó caer la suya sobre la mía. La sentí caliente, húmeda, como si algo le ardiera en la piel. Retiré la mano de un tirón.

Me sentí infectada.

—Márchate de inmediato. No vuelvas. Has visto tu carta —gritó. Dio un golpe en la mesa con la otra mano, como si quisiera asustarme. Las cartas de tarot negras y su descolorida tarjeta de visita saltaron varios centímetros en el aire. Me quedé quieta. Se puso de pie y me amenazó con el puño.

—Tú y tu marido estáis malditos. ¡Fuera! ¡Fuera!

Me dirigí a la puerta sin quitarle ojo a Candio. Daba saltitos, señalándome con el dedo. Quería salir de allí. Ya había visto suficiente.

—¡El mal se aferra a ti! —gritó Candio, apuntándome con el dedo, como si yo hubiera confesado matar bebés.

—Eres un estafador enfermo —le solté.

Cerré de un portazo y bajé las escaleras. —¡Bicho raro! —grité mientras descendía. Al llegar al primer rellano, un cochecito de bebé azul marino se estrelló contra el suelo delante de mí.

Me detuve y miré hacia arriba justo a tiempo de ver una escultura de madera negra, una serpiente de unos treinta centímetros, volando hacia mí. Di un paso atrás. Se estrelló en el lugar donde había estado un segundo antes. Un violento escalofrío me recorrió. Podría haberme matado.

—¡Vete! Tu destino está sellado. Eres polvo.

Sus gritos de despedida resonaron en mis oídos mientras cerraba la puerta principal. Al alejarme a toda prisa, temblaba. No solo un poco, sino por dentro, como si me hubieran revuelto el cerebro.

También sentía la mano caliente, donde él me había tocado.

Había un pub en la esquina, cerca de la estación de metro. Entré, fui al baño de señoras y me lavé las manos una y otra vez.

Todavía me temblaban, pero ahora de rabia.

Me sentía furiosa, pero también estúpida por haberme molestado en ir a verlo solo por ese estúpido símbolo.

¿Me estaba volviendo loca de pena? Había visto a Sean en sueños.

Estoy segura de que eso es normal. Pero había símbolos a su alrededor.

Y un fuego frente a él, que toqué. Las llamas parecían de hielo.

Y había oído su voz. A mi alrededor. Llamándome. A veces incluso estando despierta.

***

Su voz regresó cuando entré en el baño a lavarme las lágrimas saladas. La luz jugueteaba en los bordes del espejo, los ruidos de la calle resonaban.

Y ahora me sentía arder, como si estuviera enferma. Volví al dormitorio, encendí la luz y abrí de nuevo el portátil de Sean.

Había revisado cada archivo, cada programa del portátil durante el último mes. En el navegador había una entrada de blog guardada sobre Egipto. La encontré y la abrí.

Trataba de un descubrimiento reciente en la nueva cámara que habían encontrado en la Gran Pirámide, a las afueras de El Cairo. Una imagen de una de las paredes de la cámara ocupaba la parte superior del artículo.

Pasé las dos horas siguientes investigando El Cairo y sus monumentos antiguos, hasta que el amanecer iluminó la habitación.

Empecé con Wikipedia y pasé a YouTube. La Gran Pirámide, la mayor de las tres pirámides principales cerca de El Cairo, era, según a quién creyeras: el botón de reinicio del juego de nuestro mundo de realidad virtual,

un proyecto de construcción alienígena de los seres que trajeron el ADN humano a la Tierra y al que los humanos aún no habían logrado acceder, o un centro de almacenamiento de semillas y conocimiento de antes del diluvio. O quizá las tres cosas a la vez.

La Esfinge, frente a la Gran Pirámide, se construyó en el 2500 a.

C. o en el 10 500 a. C. si querías que todas las estrellas relacionadas se alinearan en el equinoccio de primavera.

Acabé en un sitio de noticias egipcio en inglés llamado The Daily News Egypt.

Fui pasando artículos en busca de cualquier cosa relacionada con los nuevos pasadizos que habían descubierto en la Gran Pirámide mediante imágenes térmicas.

Fue entonces cuando lo vi.

Un artículo sobre un nuevo hospital saudí en Giza, en las afueras de El Cairo, llamado Dar al'amal, mostraba la imagen de un jet privado blanco con las letras árabes del nombre del hospital en el fuselaje.

El artículo explicaba que la mejor medicina del mundo se practicaba ahora en El Cairo.

Como prueba, pacientes de todo el mundo estaban siendo trasladados allí para recibir tratamiento.

El primer ejemplo eran los vuelos desde Alemania, que habían comenzado un mes antes para ayudar a las autoridades médicas alemanas con la emergencia que atravesaban.

Tampoco eran solo egipcios los que trasladaban a El Cairo, afirmaba el artículo.

Lo leí entero tres veces. Luego busqué otros casos de vuelos médicos que sacaran gente de Alemania.

No había ninguno. Otros países habían ofrecido personal y equipamiento, pero nadie más había sacado pacientes de Alemania.

Me agarraba a un clavo ardiendo, pero era el primer clavo que encontraba en todo el mes.

Busqué vuelos a Egipto.

Mientras reservaba un hotel cerca de la plaza Tahrir, en el centro de El Cairo, el temblor de la mano volvió. Tenía que ser una locura. Pulsé el botón RESERVAR AHORA.