El enigma de El Cairo 1
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El enigma de El Cairo

El enigma de El Cairo

Por Laurence O’Bryan

© inepub.com

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Los cánticos eran más fuertes ahora. Se filtraban a través de las ventanillas cerradas del taxi, compitiendo con la música pop árabe con la que el conductor llevaba meneándose desde que salimos del aeropuerto.

Cuando dimos otro trompicón hacia adelante, se volvió hacia mí y se encogió de hombros.

El sudor me picaba en la frente. Sonrió.

Sus dientes destacaban, de un blanco marfil, contra la barba incipiente de su rostro huesudo y curtido por el sol.

Miré por la ventanilla la fila de policías que bloqueaban el tráfico hacia la plaza Tahrir.

Iban vestidos completamente de negro y llevaban las viseras de los cascos bajadas.

Sostenían largas porras metálicas frente a ellos.

La ansiedad me retorció las entrañas. Las palabras de Henry me volvieron a la mente, como si estuviera detrás de mí, susurrándome al oído.

Lo había llamado justo antes de que despegara el vuelo de British Airways a El Cairo.

—Si vas a El Cairo, puede que te maten, Isabel.

El taxi dio una sacudida hacia adelante.

Las bocinas resonaban a nuestro alrededor.

Hombres con camisetas negras pasaban junto a nosotros.

Algunos llevaban banderas negras. Uno de ellos se fijó en mí.

Me amenazó con el puño. Se me tensó la mandíbula.

Aparté la mirada. Había leído las historias sobre los ataques a mujeres extranjeras durante las violentas manifestaciones en las que el actual gobernante militar tomó el poder.

Tanteé el bolígrafo de acero inoxidable en mi bolso.

Seguía allí. Si algún cabrón caliente por una mujer occidental reventaba la ventanilla del taxi para intentar sacarme a rastras, descubriría que no todas las mujeres éramos presas fáciles.

—Llegaremos al hotel pronto, señora. No se preocupe.

La sonrisa del conductor duró más de lo debido, como si estuviera disfrutando de nuestra situación.

Un estruendo sacudió el taxi. Los cánticos vacilaron, pero solo por un segundo.

Luego volvieron, acompañados de rugidos desafiantes.

Alguien golpeó el techo justo encima de mi cabeza.

Clavé la mirada en el parabrisas, con el bolígrafo de acero apretado contra el muslo.

Era poco probable que el conductor me ayudara si intentaban entrar a la fuerza.

¿Estaba loca por haber venido? A lo lejos, la postcombustión de un caza brillaba como un cometa en el cielo del atardecer, que se teñía de púrpura.

El cañón de una pistola negra y reluciente apareció en la ventanilla a mi izquierda.

Apuntaba directamente a mi cara. Abrí la boca, pero no me salió ningún sonido.

«No te muevas si te apuntan con un arma» era el consejo memorable, aunque obvio, que había recibido en un curso de prevención de secuestros hacía ya demasiado tiempo.

Se me secó la boca mientras esperaba, como si me la hubiera rellenado con papel secante.

¿Encontraría alguna vez a Sean? ¿Volvería a ver su rostro? Clavé la mirada en el cañón del arma. Sabía que nunca vería el fogonazo que me mataría, pero estaba tranquila mientras mi mano se deslizaba hacia la manija de la puerta.