40
Aire
MIS RODILLAS CEDIERON. Nolan me atrapó antes de que cayera y me llevó hasta el sofá.
Me dejé caer y observé el documento en la pantalla con más detenimiento.
Lo miré más tiempo del necesario. Parecía legítimo.
Al principio no tenía sentido, pero cuanto más lo pensaba, más recuerdos de cosas extrañas me venían a la mente.
Mi padre bebiendo mucho después de la muerte de mi madre, murmurando cosas como «me la quitaron».
Siempre di por hecho que se refería a mamá, pero ¿y si se refería a Aelin?
Y luego estaba el dinero que siempre parecía tener, incluso después de que lo echaran del trabajo.
Una noche en que no nos quedaba nada en casa y el alquiler estaba pendiente, se marchó y volvió con dinero suficiente para cubrir tres meses.
Había dicho que era dinero que le debían, dinero que le había dado el abuelo.
Pensé que se refería a la herencia de mamá, pero creo que se refería al dinero que le debían por entregar a Aelin a la hermana de mamá.
—¿Tienes más pruebas? Mi madre podría haber tenido gemelas y una haber nacido muerta o algo así.
—Kelly encontró unos análisis que tu hermana se hizo hace tiempo. Debía de tener las mismas sospechas y se hizo una prueba de ADN para salir de dudas.
Nolan me quitó la tableta de las manos temblorosas, abrió otro documento y me la devolvió.
—Aelin encontró una coincidencia del veinticinco por ciento con su supuesta madre.
—No puedo creerlo.
Se me había quedado la voz ronca. Apenas podía articular las palabras. Nolan se dejó caer en el sofá a mi lado y me rodeó con los brazos. No sabía si llorar o reír. Estaba aturdida. Muchas cosas empezaban a cobrar sentido, pero muchas otras no. Cuando pude volver a hablar, dije:
—¿Qué tiene eso que ver con querer matarte?
—Eso es lo que yo quería saber. ¿Qué sabes del intento de asesinato?
—Nada en absoluto. No tenía ni idea de que Aelin lo hubiera planeado. Pensé que había sido un atraco cualquiera o algo así.
—Aelin y tu abuelo. No me fío de ese hombre ni un segundo.
—Le di cien mil.
Lo dije más para mí que para Nolan.
—Dijo que estaba arruinada.
Sonó el timbre. Desde que dispararon a Nolan, habíamos reforzado la seguridad, y poca gente subía sin que el conserje avisara antes. Me quedé helada. Nolan también. El timbre volvió a sonar, como esos sustos repentinos de las películas de terror baratas.
—Puede que sea alguien del servicio —explicó Nolan—. Quédate aquí.
Salió de la habitación y lo seguí de todos modos. Fui tras él mientras comprobaba la cámara de la puerta.
—Es Aelin —dijo, aunque yo la veía perfectamente en el monitor. Parecía algo alterada y no dejaba de mover los ojos inyectados en sangre de un lado a otro.
Nolan hizo ademán de abrir la puerta, pero le sujeté el brazo.
—No lo hagas.
—Está sola. No creo que...
Miró por encima del hombro. Debió de ver la preocupación grabada en mi rostro, porque me cogió la mano y dijo con suavidad:
—No te preocupes. No creo que haga nada. Parece que le dijo al conserje que eras tú.
—Entonces no deberíamos dejarla entrar.
—¿No quieres saber qué hace aquí?
Sentía curiosidad, sobre todo después de lo que acababa de descubrir. Ella lo sabía y nunca me lo había dicho. Todo este tiempo había estado a oscuras, y ella no había dicho nada.
—Está bien.
Nolan abrió la puerta y me quedé detrás de él mientras Aelin entraba. Llevaba lo que parecía un vestido de cóctel, aunque era mediodía. Completaba el conjunto con un bolso enjoyado que le colgaba del hombro.
—Hola, esposo.
Se inclinó para besarlo, pero él retrocedió, esquivándola.
—¿Qué haces aquí?
Su voz sonó áspera y cortante.
Aelin se animó; sus ojos se clavaron en mí y brillaron como si me viera por primera vez.
—Esa no es forma de saludar a la familia. Parece que tu marido ya lo sabe. Interesante.
Mi hermana. Todavía estaba asimilando esa información. Ahora que la miraba, resultaba curioso que no lo hubiera visto antes. Nos parecíamos. No éramos idénticas, pero había estado tan obsesionada buscando las diferencias que rara vez me fijaba en las similitudes.
Salí de detrás de Nolan y él me rodeó la cintura con el brazo bueno. Aelin reparó en mi vientre abultado.
—¿Cómo has pasado al conserje?
Se encogió de hombros.
—Ya me conoces. Tengo don de gentes.
Su mirada se desvió hacia Nolan.
—¿No vas a dejarme pasar?
Nolan y yo nos apartamos y Aelin entró. Su mirada recorrió la casa mientras caminaba delante de nosotros.
—Qué lugar tan encantador tenéis.
Entramos en el salón. Nolan y yo nos sentamos en el sofá de dos plazas y Aelin eligió el sillón.
—¿Puedo hablar contigo a solas? —me dijo.
—Lo que tengas que decirle a Aire, puedes decírmelo a mí.
Una sonrisa que no le llegaba a los ojos le cruzó los labios.
—Quizá sea mejor que hable contigo, ya que al fin y al cabo eres mi marido.
—Pues habla.
La voz de Nolan sonó firme y amenazadora, pero su mano en mi rodilla resultaba reconfortante.
Se recostó en el sillón y cruzó las piernas.
—La policía me busca. Por lo visto, me están implicando en un plan para asesinarte.
—¡A mí es a quien están implicando! ¡Le dijiste a tu sicario que eras yo!
—Sí, sí. Pero por desgracia, ese capullo también les dijo dónde vivo, y vinieron a mi piso. Si no los hubiera visto en la puerta al salir del ascensor, quién sabe dónde estaría ahora. Pero no tienes que preocuparte por mí, querido esposo.
—Intentaste matarme.
—Ese fue el plan de mi abuelito. Yo solo convencí al tipo.
—¿Qué quieres? —pregunté.
Con toda tranquilidad, levantó el bolso, lo abrió y sacó una pistola que me apuntó directamente. Nolan intentó cubrirme instintivamente con su cuerpo: me empujó hacia atrás contra el sofá mientras se inclinaba hacia delante para protegerme en parte.
—Aelin...
—Quiero lo que me deben, o ella muere.
Bajó la pistola hasta apuntar a mi vientre.
—Los dos mueren.
—Creo que podemos hablar con calma, sin recurrir a la violencia —dijo Nolan.
—Puede ser, pero necesito una garantía.
Nolan levantó la mano, rindiéndose.
—Vale, de acuerdo.
—Bien. Me están persiguiendo. Tengo que salir del país ya, y quiero pasta para mandaros a la mierda. Dame, digamos, lo que me correspondería del divorcio, y desapareceré de vuestras vidas.
Rebuscó en el bolso con la mano libre y sacó el móvil. Lo lanzó sobre la mesa del salón.
—Ahí están mis datos bancarios. Cien millones de dólares sería una buena compensación, ¿no te parece?
—No tengo...
—Sí que tienes. No me vengas con la mierda de «no tengo liquidez». Un hombre rico como tú puede conseguirlo fácilmente.
Amartilló la pistola.
—Está bien.
Nolan sacó el móvil del bolsillo.
—Aire, coge el teléfono.
Me incliné para coger su teléfono, y cuando volví a sentarme, Aelin se levantó con la pistola apuntándonos directamente.
—¿Y el dinero que te di? —le pregunté a Aelin, y me miró como si fuera la persona más estúpida del mundo.
—Cien mil no dan para vivir toda la vida —dijo con tono condescendiente—. Ni siquiera dan para un mes.
—Lo que digo es: ¿por qué lo pediste si tenías dinero de sobra para contratar a un sicario?
—¿Ah, lo sabes? Vaya. Qué rápido corren las noticias. Pero tu cerebro parece que va más lento. Era una prueba, idiota. Quería ponerte nerviosa. Y averiguar lo generoso que es.
Señaló a Nolan.
Nerviosa, se me cayó el teléfono. Aelin lo recogió, lo revisó y se inclinó sobre nosotros:
—No quiero que llames a emergencias mientras no miro.
—No iba a hacerlo —dije.
—Hazlo rápido —dijo Aelin.
Nolan sonrió con suficiencia.
—¿Tienes algún sitio al que ir?
—Sí, de hecho —dijo Aelin—. ¿Tienes algún jet que me puedas prestar?
—Ni lo sueñes.
Nolan desbloqueó el móvil y me pidió que le leyera los datos bancarios de ella. Los introdujo y, al terminar, dijo:
—El dinero estará en tu cuenta en unos minutos.
—Bien.
Retrocedió un paso.
—Deja el teléfono en la mesa.
Obedecí con las manos temblorosas; ella lo recogió sin quitarnos los ojos de encima.
—¿Por qué intentaste matarlo? —pregunté.
Aelin frunció el ceño.
—¿Ah, no lo sabes? ¿El abuelo nunca te lo contó?
Se encogió de hombros.
—Da igual.
Aelin volvió a sentarse, y cuando se distrajo un momento, puse el móvil a grabar disimuladamente.
—Tú y yo somos hermanas —comenzó Aelin—.
Gemelas. Mi madre, o mi tía, debería decir, se ofreció a adoptarme después de que tu madre, nuestra madre, le dijera que no podía hacerse cargo de dos niñas.
Salir adelante sola en esta jungla de asfalto es difícil cuando estás acostumbrada a ciertos lujos.
Supongo que verse apartada de la fortuna familiar fue tan duro para ella que decidió renunciar a una de nosotras.
Y como mi madre era quien iba a heredar todo el tinglado, cuando murió, me convertí en la heredera. Supongo que fui la afortunada.
Me examinó con una mirada envidiosa.
—Parece que la suerte ha cambiado. En fin —suspiró.
—El abuelito tenía su estúpido rencor con los —agitó la pistola hacia Nolan— Hawthorne, y quería venganza.
Casarme con su familia, quedarme embarazada, y cuando ese bebé creciera, bueno, él muere —señaló a Nolan de nuevo— y el bebé se convierte en heredero de todo el imperio Hawthorne, completando su plan tan elaborado.
Mi bebé, ¿entiendes? Por desgracia, había un pequeño problema en su plan: yo no puedo quedarme embarazada.
Francamente, tampoco quiero, pero eso da igual.
Como yo no puedo quedarme embarazada y tú sí, tenías que ocupar mi lugar.
Por eso inventó esa historia de mierda de que yo había desaparecido, para que pudieras sustituirme.
Es tan gracioso que te lo creyeras. Eres tan jodidamente ingenua que resulta increíble.
—¿Y yo qué? —dije con voz débil—. ¿Qué ibais a hacer conmigo?
—Bueno —me miró como si fuera estúpida—, tú también tendrías que morir. Después de dar a luz, claro. A mi bebé. Pero todo se fue al traste por culpa de un idiota que no sabía apuntar.
—¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿Con tu propia hermana?
—Venga ya. Tampoco es que te haya importado nunca.
La interrumpió el móvil. Sonó una notificación. Lo miró y sonrió.
—Vaya. No pensé que fueras a hacerlo de verdad. Gracias.
Se levantó, y Nolan y yo hicimos lo mismo.
—Prométeme que no volverás nunca —dijo Nolan.
—¿Con cien millones en una cuenta de las Caimán?
Se acercó a él y le dio unas palmaditas en la mejilla.
—Nunca me volverás a ver. A menos que necesite un yate o algo así.
Nolan frunció el ceño.
—¡Es broma!
Aelin puso los ojos en blanco.
—Qué estirado. ¿Cómo te las arreglaste para vivir con él, hermanita?
Sonó el intercomunicador de conserjería y todos nos quedamos inmóviles. Nolan me cogió la mano y la apretó.
—¿Qué es eso?
El miedo que había estado ocultando todo ese tiempo le asomó a la voz.
—Quién sabe. Amigos. La policía, quizá —dije. Ya no estaba tan asustada ahora que veía que ella era quien más tenía que temer.
—Mierda.
Sonó de nuevo.
Aelin paseó la mirada a su alrededor como buscando una salida, y pareció decidirse por donde había entrado. Salió corriendo del salón. En cuanto oímos el portazo, Nolan llamó a conserjería. Era la policía. La estaban buscando. Momentos después, oímos jaleo fuera.
—Quédate aquí —dijo Nolan. Asentí y lo vi salir corriendo. Pero no pude obedecerle. Lo seguí y observé cómo se asomaba por la puerta principal. Una voz gritó:
—¡Policía! ¡Quieta!
Eso me asustó tanto que agarré a Nolan, temiendo que le pasara algo. Pero estaba bien. La puerta se abrió de par en par y grité horrorizada. Tirada en el suelo, boca abajo, con la pistola en la mano, estaba mi hermana, Aelin.