El engaño de la esposa (Multimillonarios Hawthorne) 37
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Nolan

EMBARAZADA. ESTABA embarazada. El trayecto de vuelta había transcurrido en silencio mientras reflexionaba sobre la noticia.

Ella quería quedárselo. Yo también. Iba a ser padre.

Esa parte me hacía feliz. Tener hijos era algo en lo que nunca había pensado a fondo hasta esta noche.

Esta noche, cuando me lo dijo, fue cuando me di cuenta de cuánto deseaba ser padre.

Un padre diferente al que tuvimos mis hermanos y yo.

Un hijo a quien darle el amor que nunca recibí.

Por primera vez en mi vida, comprendí lo que Ivy y Damien habían pasado con Lake.

Pero luego estaba la madre. Una mujer manipuladora que me había engañado para casarme con ella en lugar de con su prima.

Su prima desaparecida, debo añadir. No solo era una persona horrible, sino que además traía consigo muchos problemas.

Iba a ser una complicación. Los trámites de divorcio tendrían que posponerse.

Tendríamos que seguir casados un tiempo, al menos hasta que el niño fuera mayor y pudiera encontrar una mujer mejor como madre de mis hijos.

Pero ¿era tan difícil vivir con ella? Había crecido con una madre difícil y egoísta, y mientras estuviera presente, tendría que asegurarme de que ella no fuera egoísta con mi hijo. En general, no era tan mala.

—Vamos a tener este hijo juntos —dije al entrar en la casa adosada, verbalizando mis pensamientos sin querer.

Aire se quedó paralizada. Había caminado unos pasos por delante y tuvo que girarse para mirarme.

—Creí que querías el divorcio.

Incluso de noche, después de desmayarse y del susto que se había llevado, estaba preciosa.

Tenía un brillo que me atraía como una polilla a la llama.

Así había descrito mi padre a mi madre. No podía resistirse a sus encantos, me dijo.

Por eso, incluso después de divorciarse y tener hijos con otras dos mujeres, volvió con ella y tuvo a Ivy y a Raine.

¿Era yo igual que él? ¿Quería estar con alguien que nunca me amaría?

No iba a cometer el mismo error. Entraba en esto con los ojos bien abiertos.

—No si eso significa que nuestro hijo tendrá que vivir en dos casas diferentes.

—Muchos niños lo hacen y les va bien.

—El mío no.

Irguió la cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Y qué? Tú no decides lo que pasa con mi hijo.

—También es mi hijo.

—Eso no lo sabes.

No me tragué el farol.

—Eres muchas cosas, Aire, pero no eres infiel. El único hombre con el que te has acostado en los últimos cuatro meses soy yo.

Cambió el peso de un pie a otro, un gesto simple que resultaba adorable en ella. Incluso cuando la odiaba, seguía teniendo la capacidad de acelerarme el pulso.

—¿Cómo lo sabes? ¿Pusiste a tu gente a seguirme?

—¿Me equivoco?

—Aun así. No quiero estar contigo, y punto. De todos modos, conseguiste tu trato. ¿Qué más quieres de mí?

—A ti no. Solo quiero a mi hijo. No puedes negarle un padre a un niño, y si lo intentas, usaré todo el poder de los Hawthorne para quedarme con ese niño.

Olvídate del matrimonio. Olvídate de la custodia compartida.

Conseguiré la custodia total y me aseguraré de que no vuelvas a ver al niño en tu vida.

Se le dilataron las fosas nasales. Le tembló la voz al hablar.

—No te atreverías.

—¿Apostamos?

Dio una patada en el suelo.

—¡Mierda!

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Que te jodan, Nolan Hawthorne!

Y salió corriendo hacia su dormitorio. La seguí.

—¡No hemos terminado de hablar!

Me ignoró mientras desaparecía en el vestidor. Unos momentos después, volvió a salir arrastrando lo que parecía una maleta ya hecha.

—¿Qué es esto?

—Quería irme de forma cordial, pero ya que insistes en complicarlo, me voy ahora.

—¿Estabas planeando huir con mi hijo?

Palideció, con la culpa reflejada en el rostro.

—Te habría dicho que me iba.

—Pero no que estás embarazada. Ibas a irte con mi hijo sin que yo lo supiera.

No sé por qué me sorprendía. Alguien como ella haría algo así.

Habló en voz baja, con la cabeza gacha.

—No pensé que te importara.

Luego alzó la cabeza y la voz.

—¡Y si te importaba, tenía miedo de que reaccionaras así!

—¿Te refieres a como una persona normal?

—¡Como un obseso del control!

Me quedé sin palabras. Aprovechó para seguir atacando.

—¡Lo único que quieres es control! ¡No te importa el niño!

Qué va a ser o quién va a ser. ¡Lo único que quieres es estar ahí!

¡Estar cerca para que no se equivoque! ¡Y cuando lo haga!

Dios sabe qué harás. ¡Transmitirle la misma obsesión por el control que te transmitió tu padre!

¿Y quieres que yo aguante todo eso? ¡No te importo!

¡La madre de tus hijos! La mujer que va a dar a luz a tu hijo.

Me ves como un recipiente. Una herramienta para engendrar al heredero Hawthorne.

¡Pues que le den! No quiero que mi hijo sea parte de eso. Con una familia disfuncional ya basta.

Había dado en el clavo. Su observación era increíblemente perspicaz.

No podía negar lo cierta que era y, sin embargo, quería resistirme.

Me había dicho algo que nadie me había dicho nunca.

Había revelado un miedo que llevaba años ocultando.

Que era igual que mi padre. No tenía derecho a ser tan perspicaz siendo una de las peores personas con las que me había acostado.

Y que aquel encuentro hubiera dado fruto era castigo suficiente.

—¿Eso es todo? ¿Has terminado?

—Sí. Ahora, ¿puedes apartarte para que me vaya?

—Con mi hijo no te vas.

Puso los ojos en blanco como diciendo: «¿Lo ves? Tenía razón».

—Si te fueras en mitad de la noche, ¿adónde irías? Vivías de alquiler en tu piso anterior, deduzco. Tu abuelo ya no vive en la ciudad, y tu prima no aparece por ningún lado.

—Tengo algo de dinero. Me quedaré en un hotel.

—La asignación que te di, querrás decir. Las tarjetas que puedo bloquear con una simple llamada al banco.

Sus ojos se abrieron como platos. —No te atreverías.

—¿Quieres comprobarlo?

Me tocaba a mí cruzarme de brazos. Ella negó con la cabeza, sonriendo. —Por supuesto que harías algo así.

No me gustaba la persona en la que me estaba convirtiendo, pero si esta era la única forma de conservar a mi hijo, haría lo que fuera necesario. —Exacto. ¿Y sabes qué? Si intentas irte, cumpliré mi promesa.

—Imbécil.

◆◆◆

—¿Hemos terminado? —Miré el reloj. Tenía cita con la ginecóloga y no quería perder más tiempo en una reunión absurda. Aire estaba de cinco meses y tocaba hacerle una ecografía. Apenas podía contener la emoción. Llevaba esperándolo desde que me lo contó.

Nuestra relación había alcanzado lo que me gustaba llamar desdén cordial.

Nos odiábamos en igual medida, pero habíamos llegado a un acuerdo.

A partir de ese momento, todo lo que hiciéramos sería por el bien del bebé.

Nada más importaba. Podíamos tener al bebé y criarlo juntos, pero cuando el niño cumpliera cinco años, volveríamos a hablar del divorcio.

Era un buen acuerdo. Significaba que no teníamos que fingir que nos caíamos bien, y ninguno se metía en la vida del otro.

Yo hacía lo mío y ella hacía lo suyo. No habíamos hablado de salir con otras personas, pero tarde o temprano uno de los dos encontraría a alguien que le gustara, y quizás entonces tendríamos esa conversación.

Me volví hacia los ejecutivos junior reunidos en mi oficina. Todos asintieron con la cabeza, confirmando que la reunión había terminado.

—Bien —dije, levantándome y poniéndome la chaqueta—. Ahora fuera de mi oficina. Tengo que estar en otro sitio. —Todos salieron a toda prisa, y para cuando terminé de apagar el monitor y coger las llaves y el móvil, ya se habían ido.

El trayecto al apartamento fue corto, y Aire me esperaba fuera del edificio. El vestido premamá azul y blanco que llevaba le daba un aire maternal que me golpeó en las entrañas. La barriguita aún era pequeña, pero se le notaba más cada día. No tenía derecho a estar tan guapa embarazada.

En cuanto aparqué delante, se subió y se sentó en el asiento del copiloto, con el bolso sobre la barriga.

—Me sorprende que llegues tan pronto. ¿No dijiste que hoy tenías una reunión importante?

Sí, pero la acorté porque esto era más importante. —Trabajo con eficiencia.

Asintió como si ya se lo esperara. Me pregunté qué otras cosas veía en mí que consideraba simples nolanismos. Para ella era un libro abierto, más que para nadie. Había algo reconfortante en eso, supongo.

Llegamos a la consulta justo a tiempo. Tuve que esperar mientras ella se ponía la bata del hospital y luego limitarme a observar mientras la doctora hacía la ecografía.

Cuando empezó a extender el gel por el vientre de Aire, le cogí la mano sin darme cuenta.

Puede que no me cayera bien, pero ella quería a este hijo tanto como yo.

—Veamos qué tenemos aquí —dijo la mujer mientras movía el escáner por el vientre de Aire—. Bien. Bien. Todo tiene buena pinta. El bebé parece sano.

Aire y yo teníamos los ojos clavados en la pantalla. Sentí cómo me apretaba la mano.

—¿Queréis saber el sexo?

Los dos asentimos, incapaces de articular palabra.

—Bien, bien. —Movió el escáner de nuevo y señaló la pantalla—. Mirad ahí. ¡Vais a tener un niño!

A Aire se le llenaron los ojos de lágrimas. Me apretó la mano aún más fuerte. —Vaya —dijo—. Un niño.

No pude contener la alegría lo suficiente como para hablar sin llorar. Por alguna razón, no me pareció real hasta que vi el corazón latiendo. El bebé dando pataditas y moviéndose dentro de Aire. No podía creerlo. Iba a ser padre.

Cuando terminó la ecografía, Aire fue a cambiarse mientras yo esperaba a que se imprimieran las imágenes.

Estaba deseando compartirlas con el resto de la familia.

Ivy y Damien llevaban tiempo tomándome el pelo con lo de tener un hijo, y desde que habían tenido el suyo hacía un par de meses, eran los más impacientes por saber del mío.

Un hijo. Un niño.

Aire salió del vestidor justo cuando terminaban de imprimirse las imágenes.

Se reunió conmigo para hablar con la obstetra, que nos dio algunos consejos para los próximos cuatro meses.

Como no parecía haber ningún problema y el bebé estaba sano, no teníamos de qué preocuparnos.

Le sostuve la mano todo el rato, pero no me di cuenta hasta que ella la apartó cuando salíamos de la consulta.

—No tienes que hacerlo constantemente, ¿sabes? —dijo mientras esperábamos en la acera.

—¿Hacer qué? —No sabía a qué se refería.

—Cogerme de la mano como si fuéramos amantes.

—Ah. No creo que...

—¡Nolan! —Los ojos de Aire se abrieron de par en par, horrorizados.

Miraba a alguien o algo detrás de mí. Dijo algo como «corre», «coche» o «pistola», pero antes de que pudiera procesar sus palabras, oí el sonido.

Era un petardo. ¿O un disparo? Todo sucedió rápido y lento a la vez.

Me di la vuelta y vi a un hombre encapuchado y enmascarado apuntándome con una pistola.

Apuntándonos. Tenía el dedo en el gatillo mientras Aire gritaba.

La pistola se disparó. Algo me empujó a un lado.

¿Aire? Aire. Intenté protegerla, pero era ella quien me protegía a mí.

Otro disparo y caí al suelo. Lo último que oí fue a Aire. ¿Estaba bien?