36
Aire
DESPERTÉ EN UNA cama desconocida. Una habitación desconocida, me di cuenta cuando mi visión se estabilizó.
La cama donde estaba tumbada era suave y cómoda, pero el colchón elástico me hacía sentir como si me hundiera en un pozo de arena.
Los recuerdos de cómo había llegado allí fueron volviendo poco a poco.
Recordé estar en una fiesta, el baby shower de Ivy, y después desplomarme en los brazos de Nolan.
Esta habitación debía de ser una de las de invitados de Ivy.
El mareo seguía ahí, pero ya no sentía ese dolor sordo en la cabeza.
Nolan estaba sentado en una silla junto a la cama, y cuando me giré para mirarlo, se levantó y me puso una mano en el hombro para empujarme suavemente de vuelta a la cama.
—Necesitas descansar. Ivy está llamando a la doctora. Llegará pronto.
—Estoy bien. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Unos treinta minutos.
—Estoy bien —repetí, y me incorporé a pesar de las protestas de Nolan. La habitación me dio vueltas al sentarme.
—La doctora estará aquí en cualquier momento. —¿Era preocupación lo que veía en el rostro de Nolan? Parecía haber envejecido años en un solo día.
—Y te estoy diciendo que no la necesito.
Nolan arqueó las cejas.
—¿Te desmayas a menudo? ¿Es algo habitual en ti?
Me recoloqué cuando sentí otra oleada de mareo y apoyé la cabeza en el cabecero.
—No. No debo de haber comido lo suficiente hoy, o algo así.
Frunció el ceño.
—Vomitaste esta mañana —dijo, recordando lo ocurrido.
Antes de que pudiera protestar de nuevo, sonó un golpe suave en la puerta y Nolan fue a abrir. Entró una mujer con bata de médico, un estetoscopio al cuello y un maletín Gladstone blanco.
—Hola, soy la Dra. Miller —dijo, estrechando la mano de Nolan—. ¿Es ella la paciente? —Señaló hacia mí con la cabeza.
—Sí —dijo Nolan—. Pase.
Se acercó a la cama. Su sonrisa tranquilizadora me hizo relajarme, pero no lo suficiente como para bajar la guardia.
—Me han dicho que te desmayaste —dijo.
—No es nada, de verdad.
—Creo que es mejor asegurarnos —intervino Nolan.
De mala gana, acepté. Se sentó a mi lado y me hizo varias pruebas: me tomó la presión arterial y me midió los niveles de glucosa. La glucosa estaba normal para lo que había comido, pero la presión arterial la tenía alta. Probablemente por el embarazo, pero no se lo dije. No delante de Nolan.
—No veo nada fuera de lo normal —dijo la doctora cuando terminó de examinarme.
Nolan se metió las manos en los bolsillos.
—Vomitó por la mañana.
La Dra. Miller arqueó las cejas.
—¿Fue algo que comiste?
—No lo sé, probablemente.
—Podría ser la leche —aventuró Nolan—. Una intoxicación alimentaria, quizá.
Me aferré a la sugerencia de Nolan.
—Sí, puede que sea eso.
Pero la doctora no parecía tragárselo.
—¿Ustedes dos mantienen relaciones sexuales?
Nolan asintió. Yo estaba demasiado asustada para responder.
—Tal vez estés embarazada —dijo—. Podríamos hacerte una prueba de embarazo...
La Dra. Miller dejó de hablar cuando vio que probablemente me había quedado pálida. Miré a Nolan. Su expresión cambió al asimilar lo que la doctora estaba sugiriendo.
—O —sacó una caja de su bolso— puedes hacértela cuando quieras —me la dio—. Por lo demás, descansa, bebe mucha agua y deja de estresarte.
Asentí y la observé mientras escribía una receta, que me entregó en cuanto terminó. Después cerró el bolso y se levantó.
Nolan le estrechó la mano.
—Gracias, doctora.
—Probablemente no sea nada, pero si pasa algo, ya sabes cómo localizarme.
Cuando la doctora se marchó, Nolan se pasó la mano por el pelo con gesto tembloroso.
—Me has dado un susto de muerte.
Me levanté de la cama, confiando en que las piernas no me fallarían, y como no tropecé, me puse los zapatos. Nolan me miró sorprendido.
—¿Adónde vas?
—Ya has oído lo que ha dicho la doctora. Estoy bien.
—Todavía tenemos mucho de qué hablar.
—No lo creo.
La puerta estaba a unos metros de la cama y me moría por salir de la habitación. Quería evitar pasar más tiempo con Nolan porque sabía lo que quería preguntarme. Justo cuando iba a dirigirme hacia la puerta, Nolan se interpuso, bloqueándome la salida.
—He dicho que tenemos que hablar.
Resoplé y traté de esquivarlo. Pero debí de hacerlo tan deprisa que me di con el dedo del pie y tropecé. Los finos tacones altos que llevaba no ayudaban precisamente a mantener el equilibrio, pero Nolan reaccionó rápido y me sujetó.
—No estás bien.
Suspiré. Me miraba como si fuera una niña victoriana enferma.
Su lástima no era bienvenida y me hacía sentir como si no pudiera valerme por mí misma.
Incluso cuando intenté soltarme, me sujetó con firmeza; sus manos me apretaban los brazos con fuerza, no la suficiente para hacerme daño, pero sí para que no pudiera moverme.
—La doctora —recalqué— ha dicho que estoy bien.
—Estoy hablando de lo otro que ha insinuado. —El corazón me dio un vuelco. Señaló la prueba de embarazo que aún tenía en la mano—. Nos acostamos sin protección varias veces.
—Y te dije que estaba tomando la píldora, ¿recuerdas?
—No es cien por cien efectiva.
Volví a soltarme de su agarre, y esta vez me dejó.
—¿Me estás obligando a hacerme la prueba?
Palideció.
—No. Pero es mejor saberlo, ¿no crees? Esto es importante.
Joder, no iba a librarme de esta, ¿verdad? Nolan iba a insistir hasta que me hiciera esa prueba o esperaría hasta que se me notara. De un modo u otro, iba a asegurarse de averiguarlo. —Vale. ¿Quieres saber la verdad? Estoy embarazada.