El engaño de la esposa (Multimillonarios Hawthorne) 34
83%

34

Aire

EMBARAZADA. La prueba de embarazo mostraba la palabra «EMBARAZADA» en letras rojas gigantes.

No era un error. Cuando por fin me di cuenta de que se me había retrasado el periodo, me armé de valor, compré un montón de pruebas de embarazo, esperé a que Nolan se fuera y me encerré en el baño.

Me hice seis pruebas para asegurarme. Todas positivas.

Era real. Con el corazón acelerado, recogí las pruebas, las tiré a la basura y llamé a mi médico para pedir cita.

Era el mismo médico al que me había derivado mi abuelo, y como conocía mi historial, decidí ir a él en lugar de buscar otro.

El médico lo confirmó: cuatro semanas de embarazo.

Habían pasado cuatro semanas desde la última vez que Nolan y yo estuvimos juntos, así que la concepción debió de ser el día del partido de polo.

Aquel día y aquella noche él no había usado protección.

Yo pensaba que la píldora anticonceptiva funcionaba, pero por lo visto no. ¿Cómo iba a decírselo?

Nolan se había vuelto más solitario: se encerraba en su despacho todos los días y cenaba después de que yo lo hiciera.

Aún no me había echado de casa, pero eso no significaba que no anduviera con pies de plomo.

Su frialdad era absoluta. Me sentía como una intrusa en su casa, como una enfermedad maligna que debía evitarse a toda costa.

Me preguntaba si había algo que pudiera hacer para cambiar las cosas, pero parecía que nuestra relación estaba condenada.

Quizá debería decírselo sin más, pensé al salir de la consulta.

Sería lo mejor. Soltarlo todo y dejar que las cosas cayeran por su propio peso.

Pero ¿sería buena idea? Podría no querer saber nada del bebé, y tendría que criar al niño sola después de nuestro inevitable divorcio.

Sabía que quería quedármelo. Cuando el médico lo confirmó, no me sentí triste ni asustada, sino que una cálida alegría se extendió lentamente por todo mi cuerpo.

Qué maravilloso sería dar mi amor a alguien que no lo rechazara.

Ver crecer a alguien que saliera de mí y se convirtiera en su propia persona.

Que Nolan no lo quisiera era posiblemente el mejor resultado.

Podría querer quedarse con el bebé y formar parte de la vida del niño.

¿Y entonces qué? ¿Sería capaz de sobrevivir con Nolan en mi vida para siempre?

Podría intentar reclamar al niño, obtener la custodia completa.

Eso me dejó helada. Tenía el dinero y el poder para hacerlo.

Y yo le había mentido haciéndome pasar por otra persona.

Podría pintarme como una loca en la que no se podía confiar para criar a un niño.

Demonios, mi nombre ni siquiera estaba en el certificado de matrimonio.

También podría usar eso en mi contra. Nolan Hawthorne no podía saberlo.

Antes de que pudiera seguir pensando en ello, sonó el teléfono. Era mi abuelo.

—Hola —dije con voz demasiado alegre.

—Ven a la oficina. Tenemos que hablar.

Su voz sonaba más firme y menos temblorosa que en otras ocasiones.

—¿Ahora mismo?

No estaba de humor para hablar con él después de la noticia que acababa de recibir, una que me cambiaba la vida. Además, si llegaba a enterarse, podría complicar las cosas aún más. No había olvidado cuánto deseaba que Nolan y yo tuviéramos un hijo.

—Es importante.

Colgó sin darme oportunidad de responder. Era evidente que se trataba de una orden.

Las oficinas de W. Burgess en Nueva York estaban en el centro de Manhattan.

El rascacielos no era tan imponente como el edificio Hawthorne, pero conservaba cierta gloria del pasado, la de un imperio moribundo.

Las fachadas de cristal dejaban ver la escasa ocupación.

Parecía que todo el personal estuviera de mudanza.

Las oficinas vacías estaban llenas de cajas.

Las pocas que seguían ocupadas tenían una o dos personas.

La última vez que estuve allí, había al menos cinco en cada una.

El despacho del abuelo estaba al final del pasillo. La situación era menos grave en la zona ejecutiva, pero no muy diferente. Ahora el abuelo tenía una sola asistente en lugar de dos, que enseguida avisó a su jefe de mi llegada y me abrió la puerta del despacho.

Kenneth Burgess tenía mucho mejor aspecto que la última vez que lo vi.

Era como si le hubieran inyectado sangre joven en sus venas moribundas.

Estaba de pie frente a la ventana del despacho, con la ciudad como telón de fondo imponente que lo hacía parecer más siniestro de lo que era.

Quizá fuera el bastón, o quizá simplemente verlo tan recuperado.

—Tienes buen aspecto —dije tras saludarnos.

Se limitó a gruñir y me indicó con un gesto que me sentara.

—¿Cómo estás?

La pregunta no sonaba a cortesía, sino más bien a interrogatorio.

—Bien. Te veo mejor.

Me quitó importancia con un gesto de la mano.

—Tu marido no ha dejado de darme la lata con el acuerdo.

—Nolan me dijo que no habías firmado.

—Porque quería garantías. Ahora las tengo.

Avanzó arrastrando los pies, se sentó en su silla, sacó un montón de papeles del cajón y los deslizó hacia mí. Su sonrisa era inquietante, pero ¿cuándo no lo era? Los papeles tenían aspecto oficial.

El abuelo los señaló con un gesto.

—Dáselos. He firmado su maldito acuerdo.

—Eso es estupendo, ¿no?

—Para él sí, pero supongo que para nosotros también. Pronto.

—No entiendo.

Sonrió, lo que me inquietó aún más.

—Pronto lo entenderás.