33
Nolan
AIRE ESTABA EN la cocina, apoyada en la encimera, mientras Magnus preparaba la comida.
Le hablaba en un tono suave, casi seductor.
Llevaba su mono de pintar y parecía relajada y feliz.
Su sonrisa me habría calentado el corazón un día antes.
Pero ahora... Entorné los ojos. Se me había caído la venda de los ojos y por fin veía quién era realmente.
Por supuesto, esa no era Aelin. Aunque nunca la había conocido en persona, ella no era de las que se quedaban en casa como Aire.
Jamás habría pasado la mayor parte del tiempo encerrada o en la fundación como una buena esposa hogareña.
Tampoco tenía formación artística, a diferencia de su prima.
—Buenas tardes, Magnus —dije.
Ambos se volvieron hacia mí, sobresaltados. A Aire se le ensanchó la sonrisa, y Magnus pareció sorprendido al principio, pero se relajó al reconocerme.
Aire se apartó de la encimera y vino hacia mí con los brazos abiertos.
—¿Ya de vuelta?
Me hice a un lado, esquivando su abrazo.
—Magnus, ¿puedes dejarnos, por favor? Te pagaré el día completo.
Magnus nos miró alternativamente a Aire y a mí, no dijo nada y empezó a recoger sus cosas. Permanecí inmóvil y callado hasta que Aire frunció el ceño y preguntó:
—¿Qué pasa?
Esperé a que Magnus se fuera. Solo entonces dije:
—Tú y yo tenemos que hablar.
—Nolan...
—¿Quién coño eres?
Se quedó lívida.
—Solo lo preguntaré una vez.
Le tembló la boca. Parecía tan vulnerable, como una niña pillada robando caramelos. Ojalá sus crímenes fueran tan insignificantes.
—Aire Taylor. La prima de Aelin Burgess.
La confesión le salió con tanta facilidad, pero a mí me costó asimilarla. Esta mujer me había mentido una y otra vez, me había hecho creer que era otra persona, y ahora se hacía la herida, como si fuera la víctima. Se le hundieron los hombros y se dejó caer en el taburete que tenía al lado.
—Mi madre es hija de Kenneth Burgess, igual que la madre de Aelin.
Respiró hondo.
—Siempre nos han confundido, incluso de niñas.
Cuando mi padre murió, yo estaba en la universidad.
Descubrí que no me había dejado nada, y mi madre estaba apartada de la familia.
No tenía dinero. Quería terminar la carrera, así que acudí a mi abuelo en busca de ayuda.
Descubrí que mi madre le había pedido que pagara mi matrícula, y cuando ella murió, él accedió a seguir pagando mis estudios solo si le prometía devolverle el dinero.
Así que cuando el abuelo me pidió que me hiciera pasar por Aelin para saldar mi deuda, lo hice.
Resoplé.
—Tú...
Su voz era tan baja que apenas la oí.
—Tienes que entenderlo: la imagen que él pintó de ti era la del mismísimo diablo. Pensaba que querías destruir el negocio y venderlo por partes. El acuerdo matrimonial era la garantía de que no lo harías, y a cambio de ayudarle a salvar su empresa, yo quedaría libre de deudas.
Su historia lacrimógena era bastante convincente, pero si pensaba que eso me haría perdonarla por su papel en este engaño retorcido, se engañaba a sí misma.
No podía creer que hubiera llegado a pensar que estaba empezando a compartir algo con ella.
Algo más que sexo. Mi estúpido corazón quería creer que no era como la pintaban los tabloides. Pero era peor. Era otra persona.
—¿C-cómo lo d-descubriste? —preguntó.
—Con una investigación de antecedentes exhaustiva que debería haber hecho antes de casarme contigo.
Asintió como si fuera la respuesta que esperaba.
—¿L-lo sabe mi abuelo?
—¿Por qué iba a decírselo? Pero puedes contarle lo que ha pasado aquí si quieres. No te lo echaré en cara.
—Se suponía que no debías descubrirlo. Me dijeron que este matrimonio sería temporal. Casarme contigo un par de años, nada más. Solo lo hice porque no encontraban a Aelin, y me dijeron que el trato se iría al traste si no lo hacía.
—Así que supongo que ya no importas porque tu abuelo está saboteando el trato deliberadamente.
Arqueó las cejas de golpe.
—¡¿Qué?!
—Ya no quiere firmar los papeles. Así que quiero saber: ¿por qué lo está haciendo?
Sus ojos anegados en lágrimas se abrieron como platos.
—Te prometo que no sé qué está pensando. Apenas hablo con él. Apenas lo veía antes de que pasara todo esto.
—Y Aelin, ¿o debería decir mi esposa? ¿Dónde está ahora?
—No lo sé. Estuvo desaparecida un tiempo, y luego me enteré de que estaba en rehabilitación. Vino a la gala benéfica el fin de semana pasado.
La miré fijamente, sin saber qué hacer con esa información.
Aire añadió a toda prisa:
—Quería dinero para mantener la boca cerrada y no contarte nada. Pero supongo que eso ya da igual.
—¿Tú crees?
Se levantó de la silla y se acercó a mí.
—Lo siento.
Sus manos se aferraron a mi brazo. Debería haberme sentido repelido, pero la sangre me hirvió en las venas al recordar la última vez que nos tocamos. Asqueado, aparté el brazo de un tirón. Ella se estremeció y retrocedió.
—Lo siento —repitió—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—El divorcio no es una opción. Tu abuelo está tramando algo, y tenerte conmigo es la mejor garantía contra lo que sea que esté planeando.
Salí de la habitación, sin querer mirarla más. Su vulnerabilidad me tocaba la fibra sensible y me hacía sentir lástima por ella. Me entraban ganas de estrecharla entre mis brazos y decirle que todo estaba bien, como si ella fuera la víctima en esta situación y no al revés.
El bar del salón estaba de camino al despacho.
Pasé por allí y me serví un brandy antes de encerrarme.
Trabajar fue difícil, pero me obligué a apartar los pensamientos sobre Aelin, no, Aire, y después de una hora de lucha, conseguí relegarla a un rincón de mi mente lo suficiente como para trabajar cuatro horas más.
Aire estaba en su habitación cuando salí.
Había recogido la cocina después de que Magnus preparara la comida y lo había guardado todo en el frigorífico.
El olor a comida, combinado con el alcohol que tenía en el estómago, me quitó el apetito, y cerré el frigorífico.
Había una mancha de pintura en el tirador que me hizo pensar en ella.
¿En qué habría pasado el día?, me pregunté.
Mis pies me llevaron a su estudio. Encendí la luz, que iluminó una habitación ordenada con un escritorio en un extremo y un caballete con un lienzo cubierto por una sábana blanca en el centro.
Había visto algunas de sus obras en el dossier y las pocas que mostró en Milán.
Tenía que admitir a regañadientes que eran buenas.
Su especialidad eran los retratos abstractos.
Me moría de ganas de ver qué había debajo.
No sabía por qué me resistía. Tal vez era el recuerdo de lo reservada que se había mostrado cuando entré aquí por primera vez.
Desde entonces, me había mantenido alejado de su estudio para respetar su privacidad.
Pero ¿se lo merecía? Desde luego que no, después de haberme mentido.
Quité la tela de un tirón y la dejé caer al suelo.
Era un cuadro a medio terminar. Aún no podía distinguir qué representaba, pero sentí que algo se hundía en mi interior.
Una decepción parecida a la que recordaba haber sentido de niño, cuando mi padre no vino a uno de mis recitales.
No sabía qué esperaba ver. ¿Un retrato mío? ¿Y por qué iba a pintar algo así?