23
Nolan
KELLY YA ESTABA sentado frente a mi escritorio cuando entré en el despacho. Lo que fuera que hubiera descubierto tenía que ser grave para presentarse tan temprano. Kelly era de los que ignoraban todo protocolo cuando creían que había una emergencia.
—Debería decirles a mis asistentes que no te dejen entrar tan temprano. Me vas a dar un infarto —dije mientras me dirigía a mi silla, me sentaba y encendía el ordenador.
Kelly gruñó.
—Dijiste que viniera a ti primero si tenía información urgente.
—¿Qué has encontrado?
—Investigué a Burgess, como me pediste.
—Sí. La intriga me está matando.
—Es un bicho raro.
Kelly se inclinó a un lado de la silla para sacar una carpeta de su maletín de cuero y la arrojó sobre mi escritorio.
—Mientras tú disfrutabas en el club náutico el fin de semana, yo te preparé esto —se levantó y agarró su maletín.
—¿Qué? ¿Eso es todo?
—Es mucho, créeme. Estaría aquí todo el día si esperara a que leyeras el expediente entero. Eso sí, me costó conseguir información sobre tu esposa.
Abrí la carpeta e inmediatamente me arrepentí de haber mandado investigar a Burgess.
Había tanta información que parecía tener en las manos la Wikipedia impresa sobre Kenneth, su negocio y toda su familia.
Si lo leía ahora, me llevaría la mayor parte de la mañana, lo que significaba posponer reuniones.
Pero tenía demasiada curiosidad para dejarlo para después.
—¿Qué quieres decir?
—Mis hombres encontraron información contradictoria. No tenía sentido. Un tipo estaba convencido de que tu esposa está ahora mismo en rehabilitación en los Alpes.
—Estuvo conmigo todo el fin de semana, así que puedes descartar lo que te dijo ese tipo.
A menos que hubiera ido a Suiza y vuelto mientras yo dormía, Aire y yo estuvimos juntos casi todo el fin de semana.
Después del ajetreado sábado, apenas hicimos otra cosa que pasar el domingo cada uno en su habitación.
Yo en el estudio poniéndome al día con el trabajo y ella en su taller pintando.
Yo quería que tuviéramos un fin de semana mucho más picante, pero ella estaba empeñada en huir del deseo que sentíamos el uno por el otro.
No lo entendía. Lo que sentíamos no tenía nada de malo.
Estábamos casados. ¿Qué más permiso necesitaba?
—Eso me imaginé —dijo Kelly, levantándose y cerrando su maletín de cuero—. Bueno, me voy ya. La seguridad aquí ha dejado mucho que desear desde que estuve fuera.
Me puse con la carpeta en cuanto se fue.
Aunque el informe tenía varias páginas, estaba bien organizado en secciones de colores.
La primera trataba sobre la empresa W. Burgess, la segunda sobre el propio Kenneth, y la última sobre su familia.
Conocía la empresa como la palma de mi mano, pero revisé la sección de todos modos para asegurarme de no pasarme nada por alto.
Luego pasé al exhaustivo expediente sobre Kenneth Burgess.
Tenía una obsesión con Hawthorne Inc, cosa que no me sorprendió.
Su rivalidad con mi padre era legendaria.
Habían ido a por las mismas empresas, los mismos clientes, los mismos proveedores, pero al final el carácter despiadado de mi padre había desequilibrado la competencia a medida que Hawthorne crecía.
Eso ya lo sabía, pero lo que no sabía era lo de la mujer que mi padre le había quitado a Kenneth.
No mi madre ni ninguna de las madres de mis hermanos, sino otra mujer de cuya existencia no tenía ni idea.
Luego estaba el espionaje que mi padre había llevado a cabo contra las empresas de Kenneth.
Había enviado espías, algunos de los cuales habían causado un daño considerable a los resultados de W.
Burgess. No era de extrañar que odiara a mi padre a muerte.
Pero ¿por qué estaba tan empeñado en unir nuestras familias con un hijo?
¿Para que el niño se hiciera cargo de Hawthorne?
Si ese fuera el caso, Aelin parecía no querer formar parte de ello.
No estaba intentando quedarse embarazada.
Todo lo contrario, de hecho. Algo no cuadraba.
O estaba yendo en contra de los deseos de su abuelo, o había un plan mayor que se me escapaba.
Aquel día no iba a descubrirlo, porque antes de que pudiera llegar a la sección sobre la familia, la puerta de mi despacho se abrió de golpe y mi madre entró como Pedro por su casa, con mi pobre asistente corriendo tras ella. Mi asistente me miró con cara de disculpa.
—Le dije que no se le podía molestar.
—No pasa nada —dije, y cerré la carpeta.
Mi madre se posó en la misma silla que había ocupado Kelly, solo que se sentó en el borde, ocupando el menor espacio posible, como si el asiento tuviera pinchos.
Estaba más delgada que la última vez que la había visto.
Tenía las manos frágiles y los pómulos más marcados que antes.
Su tirante moño francés solo la hacía parecer aún más esquelética.
Si fuera cualquier otra persona, me habría preocupado, pero mi madre seguía su dieta a rajatabla y se enorgullecía de estar más delgada que un palillo.
—¿Ya de vuelta? —intenté ocultar mi fastidio. Estaba convencido de que estaría fuera al menos tres meses, pero ya había vuelto. O echaba de menos Nueva York, o la habían estafado.
Hizo un puchero.
—¿Ni un hola, ni un «te he echado de menos, madre», como haría un buen hijo?
—Hola, madre —dije con sequedad.
Me miró fijamente y suspiró al darse cuenta de que no iba a conseguir más.
—El viaje fue genial. Gracias por preguntar.
—No lo parece. No tienes tu bronceado habitual de las vacaciones.
—¡Porque me pasé todo el tiempo encerrada! —exclamó.
—¿En serio?
Mi madre era muy dada al dramatismo. Me pregunté qué significaría «encerrada». Seguro que no había podido salir de un hotel de cinco estrellas durante un par de horas por una alerta meteorológica.
—¡Sí! ¡Y ni siquiera pude llamarte porque nos quitaron los teléfonos!
—Vaya. Eso suena fatal —dije, con la mirada volviendo a la carpeta.
—¡Hablo en serio! ¡Craig nos robó todo! ¡Todo! ¡Y luego nos encerró en el único hotel de la isla!
Aquello captó mi atención, pero hablaba tan rápido que no conseguía entender lo que decía.
—¿Qué pasó exactamente?
—Craig, ese cabrón, se quedó con todo nuestro dinero, nos quitó los teléfonos, se subió a un barco de madrugada y se largó.
Su acento griego era más marcado ahora, y la angustia en su voz resultaba inconfundible.
—Mamá. Mamá. Tranquila, cuéntamelo todo desde el principio.
Respiró hondo y empezó a contarme. Su novio, Craig, no había sido un novio de verdad, sino un estafador que había convencido no solo a mi madre, sino a varias de sus amigas adineradas, de invertir en un chiringuito de minería de criptomonedas.
Habían ido a una isla remota para asistir a una especie de conferencia vacacional sobre el funcionamiento de la minería de criptomonedas.
Pero después de que metieran su dinero en la empresa de Craig, este desapareció antes de que la minería pudiera siquiera empezar.
Quería decirle que nadie «mina» físicamente criptomonedas, pero sabía que no aceptaría bien la corrección.
Craig también había convencido a los inversores mayores de que él les guardaría las tarjetas de crédito.
Luego desapareció con todo su dinero y sus tarjetas.
Debió de robarles los teléfonos en algún momento de la noche, porque por la mañana habían desaparecido.
Fue entonces cuando supieron que los habían estafado.
—¿Cuántos fuisteis?
—Mis amigas y yo. Solo nosotras cuatro. Cinco si incluyes al ladrón .
Alargó la palabra «ladrón» y la pronunció con desprecio.
—¿Por qué no me llamaste?
Suspiró exasperada.
—¿No oíste cuando dije que nos quitó los teléfonos ?
—¿No te sabes mi número de memoria?
Se sonrojó.
—Bueno, cambias de número constantemente. ¿Cómo voy a estar al día?
La última vez que cambié de número fue en la universidad.
—Pero eso no es estar «encarcelada», ¿verdad? Solo estabais varadas.
—¡El hotel no nos dejaba irnos hasta que pagáramos!
Sacó un pañuelo de la chaqueta y se sonó la nariz.
—¡Me trataron como a una criminal durante veinticuatro horas enteras!
—Entonces, ¿cómo regresasteis?
—Sally llamó a su hija, que contrató un avión para traernos de vuelta.
Quiero que ese hombre pague por hacerme pasar semejante infierno.
Y ahora nadie me habla porque creen que yo estaba detrás de todo.
¡Yo! ¡Una Hawthorne! ¡Qué descaro! En todo caso, yo soy la mayor víctima.
Invertí más dinero, y Craig fingió ser mi novio.
Técnicamente, su otra amiga Trudy estaba peor, ya que por lo que contaba mi madre, Trudy había invertido la mitad de sus ahorros para la jubilación.
—Y además, Sally me ha echado. Ya no quiere que me quede en el apartamento de Park Avenue. ¡Estoy sin hogar! Puso como pretexto una infestación de moho, pero sé que son tonterías.
—Qué mal. ¿Y la casa de papá?
Mi madre dobló el pañuelo y se lo guardó en el bolsillo. Resopló.
—Lo vendiste, ¿recuerdas?
Su tono era acusatorio. Había hecho todo lo posible por conservar la casa, pero al final tuvo que venderse.
Llamé a Kelly y le pregunté si la venta del apartamento ya se había cerrado. Dijo que sí. Colgué y me volví hacia mi madre, intentando parecer lo más arrepentido posible.
—Lo siento. Pero sabes que yo no lo hice. Era parte del fideicomiso. Si tienes que culpar a alguien...
Su mirada gélida me detuvo en seco.
—Tu madre está sin hogar. ¿No vas a hacer nada al respecto?
—Puedes ir a mi casa en Martha's Vineyard.
—¡Otro estado! Sabes que mi vida está aquí. ¡Mis amigas!
Sus amigas, que no querían hablar con ella porque había contribuido a que las estafaran.
—Bien. Te reservaré un hotel.
—Puedo tolerar la comida.
Me pregunté si en realidad sería la madre de Levi y no la nuestra, de Ivy, Raine y yo. Los dos eran igual de exigentes, incluso con lo mejor de lo mejor que el dinero podía comprar.
—Siempre puedes comer fuera.
Intentaba encontrar la manera de evitar lo que veía venir de lejos.
—No puedo. Estoy demasiado angustiada para vivir sola.
Volvió a resoplar.
—¿Puedo quedarme contigo?