24
Aire
LA CENA TRANSCURRIÓ en silencio, salvo por el tintineo de los cubiertos contra los platos.
Nolan y yo estábamos sentados uno frente al otro mientras su madre ocupaba la silla central del lado izquierdo de la mesa.
Había intentado entablar conversación para hacer la situación menos incómoda, pero mis intentos cayeron en saco roto.
Nolan actuaba como si todo estuviera bien, mientras su madre me observaba con recelo.
Estaba segura de que no le caía bien. Su respuesta a mi saludo había sido cortante.
Nolan me había avisado de que su madre se quedaría con nosotros y de que sacara toda mi ropa de mi habitación y la pusiera en la suya.
Jacqueline había venido con tanto equipaje que me pregunté si pensaba quedarse para siempre.
Ahora se comportaba como si yo fuera una intrusa en su propia casa.
Ya había hecho que el lugar pareciera suyo.
Nada más llegar, puso a Magnus a trabajar en un menú diferente al que él había preparado para la semana.
El que Nolan había ordenado específicamente que se siguiera al pie de la letra. Cuando Magnus protestó, ella dijo:
—Así es como le gusta a Nolan.
Magnus me lanzó una mirada de impotencia. Preferí no meterme en aquello y me retiré a mi estudio hasta la hora de comer.
Cuando llegué al comedor, Jacqueline había reorganizado los muebles y reducido la mesa a un tamaño más pequeño, algo que no sabía que fuera posible.
Seguramente había encargado a Magnus que redecorara.
El pobre parecía exhausto cuando se despidió de mí.
A Nolan le tembló un párpado cuando vio el cambio de menú, pero no dijo nada y comió en silencio.
¿No era este el mismo hombre que había montado un numerito por su sándwich del martes?
Magnus también había emplatado la comida, algo que rara vez hacía y que supuse que a Nolan no le gustaba.
Magnus me sirvió la mitad de lo habitual, pero no protesté.
Sospeché que seguía las instrucciones de Jacqueline.
Terminé de comer en tiempo récord, pero aún tenía hambre.
Me levanté con la intención de ir a la cocina a repetir cuando Jacqueline carraspeó.
La ignoré al principio, pero cuando llegué al umbral entre la cocina y el comedor, volvió a carraspear.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
Se encogió de hombros mientras cortaba la carne.
—Son malos modales, eso es todo. No deberías levantarte antes de que los demás hayan terminado.
Nunca había oído semejante regla, pero no quería discutir con ella.
—Voy a repetir.
Frunció el ceño, miró a Nolan, que parecía fingir que no escuchaba, y dijo:
—¿Segura de que todavía tienes hambre?
—No he comido en todo el día, así que...
Volvió a mirar a Nolan, como si quisiera que dijera algo. Nolan estaba ausente. Fui a llenarme el plato. No me quitó los ojos de encima mientras comía, y si no hubiera tenido tanta hambre, me habría costado tragar bajo aquella mirada inquisidora.
—¿Qué le pasa a tu madre? —le pregunté a Nolan cuando estuvimos a solas en su dormitorio.
Intentaba no mirar la enorme cama que ocupaba mucho espacio, no solo en la habitación sino en mi cabeza.
La última vez que estuve aquí me había comportado como una ninfómana, y no podía dejar de pensar en aquella noche.
Comprar un colchón inflable y dormir en el estudio habría sido buena idea, pero no había pensado en dónde dormir hasta ahora.
—Puede ser un poco rara, pero no te preocupes, no estará aquí mucho tiempo. Su amiga la echó del apartamento porque cree que estaba compinchada con quien las estafó.
—Vaya. —Jacqueline parecía demasiado astuta como para caer en una estafa, pero los estafadores suelen dirigirse a mujeres de su edad para los timos más lucrativos—. Cuánto lo siento por ella.
—No lo sientas. Intenté advertirle, pero no me hizo caso. El dinero que perdió no era suyo, pero se está haciendo la víctima para ganarse la compasión de sus amigas.
—Bueno, al fin y al cabo fue víctima de una estafa. —Podía ser una pesada, pero nadie merecía que lo timaran.
—¿Ah, sí? Podría haberse quedado en un hotel, pero insistió en quedarse conmigo. ¿Por qué?
—¿Quizá busca el consuelo de un ser querido después de algo tan traumático?
Nolan resopló.
—Ya te dije que mis padres son de otro planeta. Mi madre especialmente. No soporta equivocarse, y esta vez metió la pata hasta el fondo, así que quiere atención, compasión, lo que sea. De todos modos, con el tiempo he aprendido que si ignoras sus numeritos, acaba rindiéndose y te deja en paz.
Nolan fue a ducharse y me quedé pensando en lo que había dicho mientras colocaba la barrera de almohadas entre nosotros.
No había funcionado la vez anterior, así que no sé por qué pensé que esta vez sería diferente.
Cuando Nolan volvió, yo estaba en la cama leyendo un libro que había encontrado en su estudio.
Tenía una colección fascinante. Había entrado buscando un bolígrafo para mi obra cuando me llamó la atención la estantería perfectamente organizada.
Como todo en él, el desorden era un concepto que le resultaba ajeno.
El libro que me llamó la atención fue un clásico: Sherlock Holmes. Siempre había querido leer el original, así que ¿por qué no? Pero el lenguaje y el estilo de Arthur Conan Doyle resultaban algo difíciles para mi gusto moderno. Supuse que serviría como somnífero.
Nolan frunció el ceño al verme leyéndolo. Ay, no. Esperaba no haber estropeado su precioso libro. Con gesto deliberado, seguí leyendo y pasé una página con dramatismo. Se metió en la cama, cogió una tableta de la mesita de noche y dijo:
—¿Sabes que es una primera edición?
Me temblaron las manos y el libro casi se me cae.
—¿Qué? —Pasé a la primera página para comprobarlo, como si supiera qué aspecto tenía una primera edición—. ¡Lo siento! No era mi intención.
Con razón estaba detrás de una vitrina. Pensé que lo había puesto allí por estética.
Se encogió de hombros.
—Da igual. Los libros están para leerlos.
—¿Seguro?
—Créeme, puedes saquear toda la colección si te apetece. Era de mi padre. Heredé su colección cuando murió. Ese debe de valer al menos veinte mil dólares. El manuscrito de Italia del siglo XV que estaba a su lado vale veinte veces más. Ese no lo leas.
Cerré el libro y lo dejé en la mesita de noche con el cuidado de quien maneja un libro de veinte mil dólares.
—No creo que a tu padre le hiciera gracia que toqueteara su colección y la devaluara con mis manos mugrientas.
—Razón de más para hacerlo. —El veneno en su voz era inconfundible. A veces olvidaba que odiaba a su padre, y entonces reaccionaba así.
—¿Cómo era vuestra relación?
—¿Eh?
—La tuya con tu padre.
Nolan suspiró y pareció que iba a responder, pero entonces su rostro se ensombreció y dijo:
—No es asunto tuyo.
Vaaaale. —Perdona por preguntar. Pero es bastante triste que tengas una relación horrible con tus dos padres. Eso tiene que afectarte, ¿sabes?
—Mi psicólogo dice que estoy bien —respondió secamente.
Dudaba que el psicólogo hubiera dicho eso, o que siquiera hablara con uno.
Era una advertencia de que no debía insistir.
Si algo sabía de mi marido, era que daba esas pequeñas señales de «no vayas por ahí».
Pero por alguna razón, quizá por su madre, quizá por otra cosa, quería indagar. Quería saber por qué era como era.
—Tu psicólogo debería devolverte el dinero. Hizo un trabajo pésimo.
—¿Y eso qué significa?
—Tienes traumas evidentes con tu familia. Actúas como un padre con tus hermanos. Odias a tu madre y a tu padre. No quieres hijos.
—¿Cómo sabes que no quiero hijos?
—Tu cara de pánico cuando pensaste que te habían cazado con un embarazo lo dijo todo.
—Quiero hijos, solo que no con la peste de los Burgess encima.
—Qué gracioso.
La pulla no debería haberme dolido tanto, pero la sentí en lo más hondo. Me recordó que podía ser cruel cuando quería. Era otra advertencia, pero seguí adelante de todos modos. Nuestra conversación en el yate volvió a mi mente.
—Crees que el amor no existe y, en el fondo, te odias a ti mismo.
—Ay...
—¿Mentí?
Me fulminó con la mirada, con la mandíbula tensa.
Pasaron los segundos mientras le sostenía la mirada, desafiándolo a ceder.
«Di algo». Pero no lo hizo. En cambio, dejó la tableta en la mesita de noche, apartó las almohadas y me agarró por la cintura.
Solté un grito cuando me tumbó en la cama y se deslizó sobre mí.
Llevaba pijama esa noche, pero eso no lo hacía menos sexy.
Mi propio pijama parecía una barrera endeble contra su cuerpo.
Su presencia irradiaba una energía masculina que me aceleraba el pulso y agudizaba todos mis sentidos.
Me inmovilizó las manos por encima de la cabeza.
Luché por liberarme, pero el roce de nuestros cuerpos solo intensificó el calor entre nosotros. El fuego en sus ojos me hizo detenerme.
—¿Cuál es tu problema? —Su voz carecía de la ira que esperaba dada la agresividad de su cuerpo.
En cambio, había un deje de hambre. De esa misma pasión de la que había hablado en el barco.
Recordé su lección. Lujuria. Había dicho que quería enseñarme lo que era la lujuria. ¿Por qué pensaba en eso ahora?
—Quizá debería preguntarte eso a ti. Eres tú quien ha actuado como un animal y me ha aplastado contra la cama.
—No tienes ni idea de lo animal que puedo llegar a ser.
—¿Qué significa eso?
—Lujuria.
Así que no era el único que pensaba en ello.
—¿Qué pasa con ella?
—Nunca te enseñé cómo es. Creo que ha llegado la hora de una lección.
Arqueé las cejas justo cuando su boca se estampó en la mía.
Dura y urgente. Mis labios se rindieron a los suyos y se abrieron para dejar que su lengua bailara con la mía.
Era insistente y decidido. Sus labios se movían lentamente un momento, y al siguiente, frenéticos y ávidos.
Mis manos se retorcieron en su agarre, deseando tocarlo.
Gemí, queriendo decirle lo que quería hacerle, pero las palabras carecían de sentido bajo su hechizo.
Nolan tenía el don de convertir mis pensamientos en papilla cada vez que me besaba, y esta vez no fue diferente.
Sus labios bajaron hacia mi cuello y alcanzaron mi pecho, donde usó la otra mano para desabotonar la parte de arriba de mi pijama de seda. Se le ensancharon las fosas nasales al dejar mis pechos al descubierto.
—No creo que me canse nunca de verlos —dijo mientras ahuecaba uno con la mano. Se me encogieron los dedos de los pies y me retorcí debajo de él mientras sus dedos frotaban y pellizcaban mi pezón—. ¿Siempre eres tan receptiva con otros hombres, o solo conmigo?
—¿Quieres hablar de otros hombres ahora mismo?
—Tienes razón.
Su dedo rodó sobre mi pezón, lentamente. Tortuosamente.
—Es una tontería preocuparse.
—Eres el único que me ha hecho sentir así.
Gruñó y cerró la boca sobre mi otro pezón.
Sentí chispas que se extendían desde mis pechos a cada parte de mi cuerpo, volviéndome loca, indefensa mientras él lamía y chupaba, frotaba y pellizcaba hasta que gemía sin aliento y me mordía los labios, temerosa de que se me oyera.
Se me arqueó la espalda y mi centro se frotó contra el suyo.
Retorcí las manos en su agarre.
—Quiero tocarte.
—No —murmuró mientras sus manos se deslizaban hacia mis pantalones de pijama.
Fue una lucha quitarlos con una sola mano, pero perseveró.
Suspiró victorioso cuando los pantalones cedieron, y luego rasgó mi ropa interior, ignorando mi grito mientras la arrojaba sobre la pila de almohadas.
Su mirada hambrienta, que acariciaba mi cuerpo, me derritió por dentro y me hizo sentir como la mujer más sexy del mundo.
Finalmente, me soltó las manos, me agarró los muslos y me abrió las piernas de par en par.
Mi sexo reluciente era una ofrenda para él.
Observé cómo hundía la cabeza entre mis piernas y me devoraba como si no quisiera nada más.
La sensación era eufórica. Se me cortó la respiración.
Pensé que iba a morir cuando alcancé ese pico, pero de repente, apartó los labios.
Estaba al borde. Un ligero empujón y llegaría al orgasmo, pero parecía que aún no.
—Sabes increíble —dijo mientras subía hasta mi cara y me daba un pequeño beso en los labios.
Fue un beso embriagador, y me saboreé en él.
Cuando nos separamos para tomar aire, había algo en su mirada que no pude entender del todo, y antes de que pudiera pensar demasiado en ello, volví a gritar cuando me dio la vuelta y me puso boca abajo.
Me levantó las piernas para que quedara de rodillas con todo el pecho pegado a las sábanas.
Me acarició las nalgas mientras su mano vagaba hacia mi clítoris, jugando con él hasta convertir el botón, ya extremadamente sensible, en algo casi entumecido.
Me soltó, y unos momentos después, oí el sonido del papel de aluminio al rasgarse y un condón desenrollándose sobre su polla.
Luego sus manos volvieron a los lados de mi trasero.
Empujó la polla dentro de mí con una embestida suave que me hundió contra las sábanas, con mis pezones duros rozando la tela.
Fue lento con las primeras embestidas, como si saboreara la sensación de estar dentro de mí, pero luego aumentó el ritmo.
Me follaba sin descanso. Sus manos recorrieron mi espalda, me agarraron el trasero, me acariciaron la columna, me agarraron el cuello y me atrajeron para un beso, se deslizaron hacia mis pechos y los manosearon, solo para soltarme y aumentar el ritmo aún más.
Controlaba cada parte del acto, pero parecía que su control se le escapaba.
Como si se estuviera volviendo loco de lujuria e intentara provocar la misma emoción explosiva en mí.
Pero yo estaba tan enloquecida como él. Solo quería más de esto, más de estar bajo su control hasta olvidar quién era o cómo había llegado hasta aquí.
Estaba a punto de correrme. Tan cerca.
Entonces salió de mí y se tumbó a mi lado. Cuando lo oí quitarse el preservativo, me giré para mirarlo.
—¿Qué pasa? —pregunté, cada vez más frustrada mientras seguíamos allí tumbados.
—A eso me refería.
Se levantó de la cama y mi mirada lo siguió mientras iba hacia el baño. A pesar de llevar el pijama algo revuelto, no se lo había quitado, a diferencia de mí. Aunque en ese momento no reparé en ello.
—¿Qué? —Sacudí la cabeza, confundida.
—Lujuria —dijo antes de desaparecer en el baño.
Entonces caí en la cuenta. Estaba hablando de la lección.
Le lancé una almohada.
—¡Que te jodan, Nolan!