10
Nolan
—Tienes que divorciarte de ella —dijo, apoyándose ligeramente en mi escritorio, vestida impecablemente como siempre con un traje negro de Chanel que la hacía parecer aún más delgada de lo que ya era.
Suspiré y cerré la puerta.
—Hola, mamá.
Tendría que haberle dicho a mi asistente que no la dejara pasar, pero estamos hablando de Jacqueline Hawthorne. Seguramente había entrado en la oficina sin dignarse a hablar con mis asistentes.
—Es una de las peores personas que conozco, y destruirá tu reputación —negó con la cabeza enérgicamente—. No. No puedes hacerlo. Está claro que has cometido un error.
—¿Entonces nada de cortesías?
Canturreó algo, se acercó flotando hacia mí y me dio dos besos al aire a ambos lados del cuello.
—¿Cómo estás, cariño?
—Bien. ¿Qué tal Grecia?
—Bueno, ¡tuve que acortar mi viaje por culpa de las noticias!
—su acento griego se acentuó en la última palabra.
Normalmente era apenas perceptible, sobre todo después de tantos años en Estados Unidos.
Ahora era una mezcla de acento transatlántico y yanqui; sin embargo, de vez en cuando, especialmente cuando se enfadaba, le afloraba el griego.
—Al principio pensé que era mentira, algo que se habían inventado los tabloides. Luego me enteré de que tú y Burgess habíais llegado a un acuerdo, y supe que tenía que hablar contigo. Ese viejo arrugado te obligó a casarte con su escandalosa zorra de hija, ¿verdad?
—Fue una decisión mutuamente beneficiosa, madre —dije—. Entré en esto con los ojos bien abiertos, pero gracias por preocuparte.
Frunció el ceño.
—Esto no está bien, Nolan. No creo que entiendas lo que está pasando aquí. Ese hombre tiene un as en la manga y te está utilizando.
A mi madre le encantaban las teorías conspirativas.
No las demenciales sobre alienígenas secuestrando gente y haciéndoles experimentos en mitad de la noche, sino las que giraban en torno a lo que les estaba pasando a los Hawthorne y a la empresa familiar.
No sé cuántas veces me había enviado artículos sugiriendo que Damien estaba intentando quitarnos la empresa.
—Ese viejo arrugado está tan cerca de la tumba que no creo que le queden fuerzas para tramar una jugada de ajedrez en tres dimensiones.
Resopló, me miró como si fuera idiota y se puso a pasear por el despacho.
—¿Sabías que intentó matar a su novio? Podría intentar lo mismo contigo.
Ah, sí, el infame escándalo de la sobredosis. Era curioso que ese incidente se le hubiera quedado pegado a Aelin y no la infinidad de otros escándalos que tenía.
—No lo envenenó. Tuvo una sobredosis.
—Con drogas que ella le dio.
—Eso es lo que él dice. Yo no me fiaría de un ex despechado.
Se detuvo en seco y se volvió para mirarme.
—Pero ¿a alguna de tus ex la han acusado de algo así? Esa es la cuestión, Nolan. Es una fuerza destructiva, y no pienso permitir que alguien como ella esté cerca de ti.
—Qué curioso. Eso mismo dijiste de Poppy Gardner.
—Porque ella iba detrás de tu dinero. Detecto a una cazafortunas a kilómetros. Su finca familiar es un pozo sin fondo, y su familia te habría desplumado. Pero incluso Poppy habría sido mejor opción que Aelin Burgess. Al menos es hija de un lord.
Podría haber mencionado a muchas otras mujeres con las que había salido y que ella odió nada más verlas, pero lo dejé correr.
—Es temporal, si eso es lo que te preocupa.
—Ah. Vale. Entonces, ¿por qué aceptaste? Si es por la empresa, podrías haberla conseguido cuando muriera.
—Tiene que ser este año. Y sí, aunque esté a las puertas de la muerte, no soy adivino. No sé cuándo va a morir. Tiene acceso a los mejores tratamientos del mundo.
—Este año.
Vi cómo caía en la cuenta de la importancia de la fecha. Era posiblemente la única persona que entendía por qué tenía tanta prisa por adquirir W. Burgess.
—Oh, cariño. Tu padre estaría orgulloso si pudiera verte ahora.
No estaba tan seguro. Mi padre quería comprar W.
Burgess antes del centenario de Hawthorne Inc.
Este año se cumplía el noventa y nueve aniversario.
Si lo conseguía este año, habría cumplido su sueño.
Pero mi padre era un hombre difícil de complacer, y dudaba que incluso un logro así lo hubiera impresionado.
Habría encontrado algún defecto, algún error que cometí en el acuerdo, aunque adquirí la empresa a la mitad de su valoración.
Y además, esa no era la única razón por la que estaba adquiriendo la empresa.
Los accionistas llevaban tiempo presionándome por la caída de beneficios, y la noticia de que Hawthorne se hacía con una marca conocida de moda masculina había disparado las acciones.
Los rumores de echarme del puesto de CEO se habían acallado.
Y todo gracias a un certificado de matrimonio.
—Entonces, ¿has venido solo por eso, o querías algo más?
Esperaba que mi matrimonio fuera lo único que la había hecho venir corriendo, pero entonces puso su mejor cara de súplica: ojos muy abiertos, una ligera inclinación de cabeza y un pequeño puchero.
—Hay algo que quería pedirte.
Ya salió. Si no conociera a mi madre, me habría decepcionado.
—Franco ha tenido esta idea brillante de minar moneda criptográfica.
—Querrás decir criptomoneda.
Me apartó con un gesto de la mano.
—Bueno, tú sabes de todas estas cosas mejor que yo.
En fin, es una mente brillante, igual que tú, y quiere crear esta criptomoneda que se mina de forma diferente, y estaba buscando gente que lo ayudara a poner en marcha su negocio.
Ya se han apuntado varias personas, y no quedaría bien que su pareja fuera la única que no lo ha hecho.
Tenía gracia que viniera a advertirme sobre los peligros de mi cónyuge cuando ella se estaba acostando con uno de los mayores estafadores del mundo, posiblemente.
—Franco tendrá que conformarse con los inversores que ya tiene. No pienso invertir en una estafa.
—Sabía que dirías eso. No quieres que tu madre se labre su propio colchón. Igual que tu padre, quieres que dependa de ti.
—Eso es un golpe bajo. Solo intento protegerte —dije. Odiaba cómo sabía soltar esa bomba cuando le convenía.
—Esa era su frase favorita —respondió.
—Mamá. Ese tal Franco no me da buena espina, y no querría que se aprovechara de ti.
—No sé si lo sabes, cariño, pero ya soy mayorcita.
Quizá alguien tan mayorcita debería saber cuidarse sola y no caer en estafas tan obvias. No tenía ni idea de lo mimada que estaba. Había vivido entre algodones toda su vida. Tal vez eso era lo que necesitaba: probar cómo era el mundo real.
—Está bien. Te transferiré el dinero.
Saltó y aplaudió como una niña.
—Pero solo después de que Franco me envíe un plan de negocio.
—Ya lo hizo. Deberías revisar tu correo.
Llegué a mi escritorio y abrí el portátil.
Tenía razón. Había un correo de él de hacía unos días.
Revisé el plan: una señal de alarma tras otra me saltaba a la vista, pero dudaba que ella lo entendiera aunque le explicara mis recelos.
La suma que exigía habría sido exorbitante para cualquiera que ganara varios cientos de miles al año; sin embargo, yo podía dársela sin problemas.
—Te enviaré el dinero —dije—. Pero a tu cuenta bancaria. Tú decides qué haces con él.
Mamá vino hacia mí bailando y me dio un abrazo enorme. Rara vez los daba, y odiaba darme cuenta de que solo me abrazaba después de que yo le hubiera dado algo. Normalmente algo de valor monetario.
—No te arrepentirás —dijo.
Estaba seguro de que sí.
Se apartó y me miró desde arriba mientras yo seguía sentado. Desde esa perspectiva parecía más alta de lo normal, y tuve la sensación de volver a ser un niño.
—¿Debo esperar compartir nietos con Kenneth Burgess?
Negué con la cabeza.
—Dormimos en habitaciones separadas.
Se le iluminó la cara.
—¡Genial! Por supuesto que no. Ahora que lo pienso, quizá casarte con esa zorra tenga alguna ventaja.