9
Aire
LA VIDA COMO esposa de Nolan Hawthorne no resultó tan difícil como pensé después de aquel horrible brunch.
Ahora que era la mujer de un hombre rico y no podía volver a mi trabajo habitual en la galería siendo yo misma, no me quedaba más remedio que pasarme el día sentada.
Después de un mes sin hacer nada, le pregunté a Nolan si podía usar la habitación libre como estudio.
Para mi sorpresa, aceptó y me dio carta blanca para remodelar la habitación y añadir mi toque personal a la casa si quería.
No entendía por qué quería que una extraña le cambiara la decoración, pero no parecía molestarle la idea de darle un nuevo aspecto al apartamento.
A mí el lugar me parecía bonito, incluso acogedor, pero después de pasar días sola vagando por él como un fantasma, acepté su oferta.
Así que cogí su tarjeta de crédito y me dediqué a recorrer la ciudad en busca de muebles nuevos para la casa.
Las compras me ayudaron a olvidarme de mi situación.
Había dejado de intentar contactar con Aelin.
Ella entendía mi aprieto. Por fin había leído mis mensajes, pero no había respondido.
O me estaba ignorando o alguien tenía su teléfono.
Preferí creer lo primero. A ella no la secuestra nadie sin su consentimiento.
Y mientras miraba muestras de papel pintado, quedó claro que tenía razón. Me sonó el teléfono y, al contestar, vi un número desconocido.
—Hola, prima.
Reconocería su voz en cualquier parte.
—¿Aelin? —De fondo se oían olas rompiendo y el silbido del viento—. ¿Dónde estás?
—En un retiro. Me mandó el abuelo. Preferiría estar en cualquier otro sitio.
—¿Qué tipo de retiro?
—De los de purificación.
Ah. Todo encajó.
—¿Rehabilitación?
—No se lo digas a los dueños de este sitio. Se creen diferentes. En fin, por fin me dejaron usar el teléfono y vi tus mensajes.
—¿Cuánto tiempo llevas allí?
Silencio.
—¿Cuánto tiempo vas a estar?
Silencio otra vez.
—¡Aelin! ¡Échame una mano! Estoy haciéndome pasar por ti y no sé cuánto tiempo podré seguir con esto. Tienes que volver.
Chasqueó la lengua.
—¿Tan difícil es la vida de casada con un multimillonario? Si quieres que cambiemos de verdad, vente para acá.
—¿Entonces lo sabes?
—¿Lo de tu boda con Nolan Hawthorne? Pues claro. Fue idea del abuelo, y créeme, yo no lo quería así, pero tiene sentido. Si hubiera sido por mí, habría estado allí, pero ya sabes cómo es el abuelo. Teníamos que hacerlo pronto, antes de que el viejo estire la pata.
—Aelin, ¿de qué estás hablando?
—¿Del plan? Te lo contó todo, ¿verdad?
—No.
La risa de Aelin resonó al otro lado del teléfono y me puso los pelos de punta.
—No lo sabes. Vaya, vaya. Y aceptaste. ¿Sin saber por qué?
Volvió a reírse.
Sentí que me temblaban las piernas mientras un sudor frío me recorría la espalda.
—Esperaba que me lo dijeras tú, Aelin.
—No. Si el abuelo no te lo contó, mejor dejarlo así. Podría ser parte del plan.
—¿Qué puñetero plan?
—Se me acaba el tiempo y tengo que llamar a más gente.
Colgó y me dejó en el limbo. Volví a llamarla, pero solo me saltó el buzón de voz.
Después de cinco intentos, me di por vencida e intenté retomar las compras.
Era difícil concentrarse en muestras de papel pintado después de una llamada así.
Si Aelin estaba en rehabilitación, saldría en unas semanas.
Así que, fuera cual fuera el plan, no duraría mucho.
Eso me tranquilizaba, supongo. Al menos significaba que solo tendría que aguantar a los Hawthorne durante poco tiempo.
Pero si mentía y no estaba en rehabilitación, sino escondida de su escándalo mientras yo cargaba con las consecuencias... No quería ni pensarlo.
—¿Has encontrado lo que buscas?
Di un respingo al oír aquella voz familiar.
Tyler estaba a mi lado, con las manos entrelazadas a la espalda, mirando las muestras de papel pintado.
El polo blanco y los chinos azules que llevaba le realzaban el físico impresionante.
Como para que cualquier mujer se derritiera, pero su aparición repentina me pilló tan desprevenida que ni me fijé.
—¡Hola! —dije con un tono demasiado alegre. ¿Cuánto tiempo llevaría ahí? ¿Habría oído mi conversación con Aelin? Si era así, no lo aparentaba.
—Si vas a elegir ese, te aseguro que a mi hermano no le va a gustar. No le van los diseños victorianos.
Dejé la muestra.
—Solo estaba mirando.
—O puedes elegir lo que quieras, porque dudo que le importe. Tendrías que haber visto su cara cuando le redecoré el piso. Ni las gracias me dio por quitarle el gris millennial y darle algo de color.
—Hiciste un gran trabajo —dije—. Me gusta cómo ha quedado. No sé por qué quiere que lo cambie.
—Seguramente es su forma de darte algo que hacer. Mi hermano es así. Le gusta darle proyectos a la gente para que no lo molesten. Y seguro que también es su manera de tenerte entretenida y que no te metas en líos.
—¿Que no me meta en líos? Déjame adivinar. ¿Te ha enviado para asegurarse de que no me pase de la raya?
Tyler soltó una carcajada tan estruendosa que varias personas en la tienda se giraron a mirarnos.
—Si nos conocieras a mi hermano y a mí, sabrías que soy la última persona a la que enviaría para eso.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Nolan y yo somos más como primos que hermanos.
Nada de lo que había visto entre ellos indicaba que Nolan y Tyler no estuvieran unidos. Y además, Tyler debería odiarme por lo que yo, o más bien Aelin, había hecho, pero no parecía molesto. Si acaso, parecía vagamente intrigado.
—¿Quieres que te ayude? —Echó un vistazo a las muestras de papel pintado—. Me dedico a esto. Puedo echarte una mano.
Fruncí el ceño. —Nunca llegué a enterarme de a qué te dedicas.
—Nolan no te lo dijo, ¿verdad? —sonrió con suficiencia—. ¿Ves? Te dije que somos como primos. Soy arquitecto. Pero hice una especialización secundaria en diseño de interiores.
—¿Por qué ayudarme? Podrías dejarme hundirme sola y reírte de mis horribles decisiones de decoración a mis espaldas.
Me dedicó una sonrisa enigmática. —Siento curiosidad por ti. ¿Te apetece un café?
Mirar muebles, colores de pintura y suelos no era tan divertido como había pensado en un principio, y tenía el cerebro agotado de ver quince variaciones de lo mismo, así que asentí.
Además, el interés de Tyler en mí me inquietaba y quería saber por qué.
Eligió una cafetería que vendía las bebidas al doble del precio de mercado.
Se suponía que el café debía saber el doble de bien.
No era el caso. Pero quizá mi paladar no era tan sofisticado.
—Entonces, ¿por qué te casaste con mi hermano? —preguntó Tyler en cuanto nos sentamos. Estaba dando un sorbo a mi café y casi me atraganto. La pregunta era tan abrupta, lo último que esperaba que dijera.
—¿Tu hermano no te lo contó?
—Nolan es un robot que solo piensa en La Empresa. Se casó contigo porque siempre ha querido la empresa de tu familia y hará lo que sea por conseguirla. Te lo pregunto a ti.
Me encogí de hombros e intenté dar otro sorbo al café sin quemarme la lengua. —Lo mismo.
—¿Tú? —se recostó en la silla y soltó una risa incrédula—. Esa no es la Aelin que conozco.
El corazón se me aceleró. Conocía a Aelin.
Joder. Joder, joder, joder. Mi primer impulso fue saltar de la silla y salir corriendo, pero me quedé clavada en el asiento e intenté pensar en la manera más natural de sondear sin delatarme.
—Mucha gente cree que me conoce, pero no podrían estar más equivocados.
Levantó las manos en señal de rendición. —Tienes razón. Todo lo que sé de ti es lo que sale en la prensa, y todos sabemos cómo se tergiversa eso. Pero pensé que habíamos conectado en el yate de Tocci. ¿O le estabas mintiendo a mi pobre alma herida?
«Pisa con cuidado», pensé. «Con mucho cuidado». —Tienes que disculpar mi laguna mental. Iba colocada con un cóctel de sustancias. No creo que recuerde la conversación. «Por favor, Aelin. Espero que no te acostaras con Tyler».
Se rio. —Lo entiendo. Fue un fin de semana salvaje. Me dijiste que nunca te casarías e hicimos un pacto de no hacerlo. Al menos eso es lo que recuerdo.
—Lo siento. No me acuerdo de nada. Pero no te tomarías en serio una promesa que hice puesta de coca, ¿verdad?
—No lo sé. No eran solo las drogas. Estabas muy convencida.
—Las cosas cambian. La gente cambia. —Di un sorbo al café para rematar mi pose de indiferencia y recé para que se lo tragara.
—Tienes razón. Has cambiado. Hay algo diferente en ti —entrecerró los ojos—. No sé qué es.
Me quedé callada, demasiado paralizada para decir nada por miedo a delatarme.
Pero Tyler no parecía darse cuenta de que estaba hablando con otra persona, y cuando pasó a otro tema sobre decoración de interiores, me relajé un poco.
Y antes de darme cuenta, me había terminado el café cuando Tyler mencionó que tenía que volver al trabajo.
—No creo que a Sebastian le haga gracia que me pase la hora del almuerzo contigo.
—Oh. Lo siento, por cierto. No estaba bien de la cabeza cuando hice aquello.
Estuvo muy mal. —Seguía pensando en Lynn y en lo que tuvo que pasar por culpa de Aelin.
No solo llevaba su ropa y fingía ser ella, también cargaba con los pecados de Aelin, lo que me dejaba con una sensación de responsabilidad parcial.
—Ja. Nolan ya está moviendo hilos para arreglar ese error.
Esa es una ventaja de casarte con él. Le encanta lanzarse a hacer de héroe.
Seguro que ya ha llamado al juez que lleva el caso de Lynn.
¡Oh! —se le iluminaron los ojos—. ¿Te gustaría pasarte por mi oficina?
Puedo enseñarte algunas ideas alternativas que tenía para la casa de Nolan.
Puedes usarlas, descartarlas, lo que quieras.
Solo tenemos que asegurarnos de que Sebastian no te vea.
—¿Trabajas con él?
—Seb y yo unimos fuerzas y montamos un estudio de arquitectura.
—Fascinante. Parece que todos los Hawthorne sois unos triunfadores.
Se rio. —Por supuesto que dirías eso.
Me felicité mentalmente por decir algo propio de Aelin. Ya estaba más tranquila y me planteé preguntar lo único que me había estado rondando la cabeza. —Oye, por cierto. Tú y yo. El yate de Tocci. No nos acostamos, ¿verdad?
Resopló. —Tranquila, Aelin. Desde luego que no. Estabas entretenida con un macizo italiano.
Solté un suspiro de alivio. —Bien. No lo del macizo italiano, pero ya sabes.
Tyler me miró como si me viera de otra manera. Entrecerró los ojos. —Hay algo diferente en ti. No sé qué es, pero resulta fascinante.
Había pasado demasiado tiempo con Tyler. Me encogí ligeramente de hombros. —No ha cambiado nada. Solo soy yo.