3
Aire
SIEMPRE HE SOÑADO con mi boda desde que era niña.
Los detalles eran siempre los mismos: una gran boda, muchos invitados, todo el mundo invitado.
Una boda en el bosque con una alfombra de pétalos de rosa blancos.
Mi futuro esposo esperándome. A lo largo de los años, ese rostro ha cambiado muchas veces, pero la boda siempre ha seguido igual. Hermosa. Etérea. Atemporal.
Me casé en un juzgado. El novio llegó tarde, y tuve que esperarlo con mi vestido de novia de encaje bordado mientras todas las demás parejas me dirigían miradas, probablemente preguntándose por qué estaba sola.
Lo fijó un miércoles. Muy típico de él. Contando nuestro primer encuentro, hoy sería la tercera vez que lo vería en persona.
—¿Qué es eso?
Me di la vuelta, ramo en mano, y vi a Nolan acercándose a grandes zancadas. Llevaba un traje azul, camisa azul claro y corbata gris. Si tuviera que adivinar, diría que venía de una reunión y probablemente volvería a ella en cuanto terminara esto.
—¿Qué? —parpadeé, como si tuviera un moco en la nariz.
—No tenías que arreglarte tanto —dijo mientras se colocaba a mi lado. Un hombre y una mujer lo seguían, también vestidos de traje. Cuando vio que los miraba, aclaró—: Mis asistentes. Serán los testigos.
Miré mi vestido, sonrojándome. No era para tanto. Era un vestido de corte sirena con una cola corta. Nada exagerado, pero sin duda un vestido de novia. Alcé la barbilla y le sostuve la mirada.
—Es el día de mi boda. Creía que las novias llevaban vestido de novia en su día especial.
—Vamos, Aelin. Esto no es precisamente una ocasión especial.
Aparté la cabeza bruscamente mientras las lágrimas amenazaban con desbordarme.
No tenía ni idea de cuánto deseaba que lo fuera.
¿Qué sabía él de mí aparte de las pocas mentiras que le había contado?
Parpadeé para contener las lágrimas. Aelin jamás lloraría delante de un hombre.
Aelin replica, planta cara y no deja que nadie la avasalle.
Enderecé la espalda y puse mi mejor cara de «me importa un bledo».
—Quiero salir bien en las fotos de los paparazzi —dije mientras jugueteaba con el ramo con fingida indiferencia—. Nunca se sabe quién puede estar mirando.
Nolan entrecerró los ojos.
—Por favor, no me digas que has llamado tú a los paparazzi.
—¿Por qué me lo preguntas a mí? —señalé con la cabeza a sus asistentes—. No soy la única que sabe que nos casamos hoy. Me gusta estar preparada, eso es todo.
Resopló.
Antes de que pudiera soltar otra réplica, un hombre negro con la cabeza rapada y unos papeles en la mano se acercó para decirnos que el juez estaba listo.
—Gracias, Kelly —dijo Nolan.
Me recogí las faldas y seguí a Nolan, que iba detrás de Kelly, mientras los dos asistentes cerraban la marcha. Pasamos junto a una fila de parejas esperando y me pregunté si Nolan habría movido hilos para conseguirnos una cita preferente. Si se parecía en algo a mi abuelo, no me extrañaría nada.
—¿Ya nos casamos? —pregunté mientras trotaba para seguirle el ritmo a sus zancadas. Doblamos una esquina y entramos en una sala pequeña con un estrado, paredes de madera sencillas y una mujer menuda y sonriente.
—Para eso estamos aquí —dijo Nolan, cogiéndome de la mano y haciéndome avanzar.
—Por supuesto.
No estaba tan segura como aparentaba. Se me encogió el pecho. Me faltaba el aire. «Esto está mal. Debería decir que no. Abandonar este estúpido plan y acabar con esta farsa». El abuelo me cortaría la cabeza. Aunque no, no lo haría. Haría algo mucho peor. Me preparé para lo inevitable.
Unos minutos después, estábamos casados y salíamos del juzgado.
Se había acabado. Lo que llevaba semanas temiendo había terminado en cuestión de minutos.
Pasamos junto a varias parejas felices haciéndose fotos en las escaleras del juzgado.
No había paparazzi esperándonos fuera, o al menos ninguno que yo pudiera ver, gracias a Dios.
Ni tampoco la persona a la que más temía: Aelin.
Estaba tan convencida de que aparecería de repente en cualquier esquina que me ponía de los nervios.
El abuelo me había dicho que no me preocupara por ella; que sabía dónde estaba y que se estaba encargando del asunto.
Pero sus respuestas vagas a mis preguntas no me tranquilizaban.
Yo la conocía mejor que él, y a Aelin le encantaba jugar con la gente.
El móvil me vibró en el bolso blanco con pedrería y lo saqué para mirar: un mensaje entrante.
Abuelo: ¿Está hecho?
Yo: Sí.
—¿Dónde está tu coche? —Nolan se metió las manos en los bolsillos mientras esperábamos al pie de las escaleras.
—Vine en Uber.
Frunció el ceño como si hubiera dado la respuesta equivocada. Me entró el pánico. Las palabras me habían salido sin pensar. ¿Usaría Aelin Uber? ¿Tendría coche? Probablemente. Pero ¿lo usaría siquiera en Nueva York?
—Mi coche está en el taller. Lo choqué hace unos días —me encogí de hombros para darle más efecto.
Nolan frunció el ceño.
—Espero que no hubiera heridos.
—Oh, no fue culpa mía. El otro debería haber visto que estaba escribiendo un mensaje.
Su mirada de asco me confirmó que lo había conseguido.
—Ven conmigo entonces —dijo. Ya estaba protestando, pero me ignoró mientras les decía a sus asistentes y a Kelly que pidieran un coche. Luego me llevó al asiento trasero de un Jaguar XJ .
—A casa, Jones —dijo Nolan al hombre del asiento del conductor mientras yo me hundía en el asiento de cuero color crema. El hombre calvo me miró por el retrovisor, y cuando Nolan se dio cuenta, volvió la vista a la carretera.
—Jones, te presento a mi nueva esposa.
—Lo siento, señor. Quiero decir, felicidades.
—Gracias. Se llama Aelin. Aelin, este es Bradley Jones, mi chófer.
—Hola, Bradley —me volví hacia Nolan—. ¿Has dicho «a casa»?
—Mi casa. La tuya también ahora, supongo —estaba con el móvil tecleando un mensaje interminable. Su postura despreocupada me dieron ganas de estirar el brazo por encima del reposabrazos y arrancárselo de las manos.
—Podrías haberme avisado, querido esposo, de que vendría a tu casa después de esto.
—Te lo estoy diciendo ahora —respondió sin levantar la vista del móvil.
Idiota. Fuimos en silencio hasta llegar a la «casa adosada».
Esperaba un triste apartamento gris típico de ricos sin gusto, pero la casa adosada, bien decorada y colorida, me sorprendió gratamente.
Era bonita y lujosa sin resultar demasiado ostentosa.
El tipo de lugar en el que me veía viviendo, de hecho.
Una mezcla de estilo clásico neoyorquino y de mediados de siglo que la hacía parecer atemporal.
—Bonito lugar —le dije—. ¿Vas a decirme por qué estoy aquí?
Nolan entró, dejándome en el recibidor. Volvió unos minutos después con un montón de papeles y me agarró la mano. El corazón me dio un vuelco cuando su mano tocó la mía. Un simple contacto no debería hacerme sentir así. Contrólate, Aire.
Me condujo al comedor y arrojó los papeles sobre la mesa.
—¿Qué significa esto?
Miré fijamente los papeles. Me resultaban familiares. Mierda. Me han pillado.
Recogí los papeles de la mesa de cristal con manos temblorosas y los leí. Nunca había sentido tanto alivio. No eran lo que pensé en un principio. ¿El contrato que firmé con mi abuelo? No. Esto era otra cosa. Algo relacionado con negocios.
—¿Te importaría decirme qué estoy mirando, querido esposo?
Nolan estaba de pie al otro lado de la mesa del comedor, mirándome con ojos encendidos de furia.
—¿Por qué demonios cambiaste el acuerdo prenupcial?
Hojeé los papeles, preguntándome qué podría estar mal.
Parecía a punto de retorcerme el cuello, y yo no entendía qué había hecho mal.
Apenas había leído el maldito documento.
¿Para qué, si sabía que este matrimonio era una farsa?
Demonios, el hombre con el que me casaba claramente me odiaba.
Mi abogado ni siquiera era mío, y desde luego no velaba por mis intereses.
Así que lo que estuviera mal en esto seguro que no me favorecía.
—¿Qué tiene de malo?
Me arrebató los papeles y pasó a una página del medio, señalando una sola línea.
—En caso de progenie resultante del matrimonio, y ambos progenitores fallezcan, Kenneth Burgess tiene derecho a reclamar la custodia de dicha progenie.
Dio un golpe sobre la línea antes de arrojar el documento sobre la mesa.
Lo recogí y releí la línea. ¿Qué demonios estaba tramando mi abuelo? ¿Quería la custodia de mi hijo?
—¿Cómo puede reclamar la custodia cuando el hombre tiene un pie en la tumba? —Nolan puso voz a mis pensamientos.
—Mi abuelo tiene delirios de inmortalidad —murmuré.
Nolan resopló.
—Me da igual. Eso se quita. No hay manera de que ese hombre...
—Disculpa. ¿Por qué estás tan enfadado? ¿Crees que van a salir niños de este matrimonio?
Se puso rojo. Era satisfactorio verlo tan pillado.
—No. Pero...
—Entonces esto no debería molestarte tanto. Quiero decir, ¿a quién le importa quién obtenga la custodia de un niño que nunca va a nacer?
—¿Por qué lo añadió?
—Es un hombre de familia. Le gustan los niños. Joder, no lo sé. En lugar de enfadarte conmigo, quizá deberías haber investigado mejor antes de arrastrarme al juzgado. ¡Y quizá deberías leer un maldito contrato antes de firmarlo!
Le tiré los papeles.
—Tienes razón.
Rompió el contrato. Pequeños trozos de papel blanco volaron hacia la mesa, la silla y el suelo a su alrededor mientras hablaba.
—Mis abogados están redactando uno nuevo. Un acuerdo postnupcial, por así decirlo.
Crucé los brazos.
—Me parece bien.
Mis ojos recorrieron la habitación, asimilando por fin lo que me rodeaba.
Era una habitación preciosa. Los ventanales del suelo al techo ofrecían una vista del horizonte de Nueva York, las lámparas de araña asimétricas colgaban sobre la mesa, las sillas de terciopelo rojo.
No me había fijado en nada de eso. Se suponía que este era mi día de boda, y ya había tenido una discusión con mi marido en nuestro supuesto hogar.
—¿Hemos terminado? —dije. Las lágrimas me escocían en los ojos. Quería estar en cualquier otro sitio que no fuera este. Quería estar sola. Quería estar en mi pequeño apartamento y llorar hasta quedarme dormida.
—Pensé que las cosas irían bien si cada uno se quedaba en su casa, pero quién sabe qué tejemanejes vais a tramar tú y tu abuelo.
—¡No puedes hacer eso!
—Puedo y lo haré, esposa. Te quedarás bajo mi techo donde pueda vigilarte.
—¿Y si digo que no?
—Entonces tendrás que lidiar con que la historia de tu borrachera al volante con el coro de Navidad se filtre a la prensa.
Se me cayó el alma a los pies. ¿Borrachera al volante con el coro de Navidad? ¿Qué demonios hiciste, Aelin? Intenté pensar a qué podría referirse, pero no se me ocurrió nada. Fuera lo que fuera, debía ser grave.
—¿Sorprendida de que conozca los trapos sucios de tu armario?
—chasqueó la lengua—. Ahora vas a portarte como una buena chica, quedarte aquí, y cuando Kelly te llame, te llevará a tu apartamento a recoger todas tus cosas.
Esta es tu nueva casa hasta nuevo aviso, pero no te pongas demasiado cómoda, porque en cuanto termine con tu familia, te echo de patitas a la calle.