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Aire
—¿Qué dijo?
Kenneth sonaba más ansioso que nunca. Oía su bastón golpear la grava y sus pies arrastrarse hacia mí.
Esperé a que mi abuelo se plantara delante para responder.
En cuanto el coche de Nolan desapareció de la vista, se le dobló la espalda.
Se tambaleó hacia el apoyo más cercano, el muro del patio.
No hacia mí. Nunca hacia mí. Sus intentos de aparentar vitalidad apenas habían funcionado.
Nolan calaba a mi abuelo, pero él era demasiado terco para darse cuenta.
Apenas podía caminar sin bastón. Lo que de verdad necesitaba era un andador, pero a ver quién se lo decía.
Se aferró al muro, casi se cae, pero logró recuperarse.
—Quería saber si daba mi consentimiento.
El abuelo resopló y le vino un ataque de tos.
—Hombre débil. Obsesionado con trivialidades.
Tosió de nuevo.
—Se nota en cómo lleva su negocio...
Volvió a toser. Todo el cuerpo le temblaba.
El traje negro de raya diplomática se le hinchó al doblarse.
Corrí a ayudarlo, pero me apartó las manos de un manotazo.
Escupió varios gargajos que fueron a parar a la grava.
Se irguió, se volvió hacia la casa, y yo caminé detrás con las manos listas para sujetarlo si volvía a tambalearse.
—Se nota en cómo lleva su negocio —continuó como si nada—. Es un pobre sustituto de su padre.
Teniendo en cuenta que su empresa estaba al borde de la quiebra, resultaba bastante irónico. El rápido crecimiento y los altos beneficios de Hawthorne saltaban a la vista, incluso para alguien tan negada para los negocios como yo. Mientras tanto, las deudas y los despidos hundían a W. Burgess.
Todos los artículos de negocios que había leído cuando lo busqué en Google elogiaban el talento empresarial de Nolan Hawthorne y cómo había convertido un negocio familiar en quiebra en una fuerza dominante.
—Va a ser interesante —el abuelo tosió de nuevo— ver cómo reacciona cuando por fin reciba su merecido. Nunca perdonaré a ese hombre por...
Se calló al darse cuenta de que estaba hablando del otro Nolan, el padre del actual, que había muerto hacía unos años.
—En fin —retomó—, ¿sospechó algo?
—Si lo hizo, no lo demostró.
Nolan me había repasado de arriba abajo con esa mirada escrutadora, desnudándome con aquellos ojos grises.
No me habría resultado tan inquietante si no fuera tan atractivo.
Sabía que era guapo; había visto fotos suyas, pero la masculinidad que desprendía en persona me pilló desprevenida.
Todo mi cuerpo reaccionó a su presencia como si fuera la primera vez que veía a un hombre.
—¡Ja! Idiota. Te dije que funcionaría. Una simple rinoplastia y ahora sois casi idénticas.
Sin darme cuenta, me llevé la mano a la nariz. Llevaba nueve semanas con ella, pero aún me resultaba ajena, a pesar de que solo me habían quitado un poco de cartílago.
—¿Y si vuelve?
Se volvió bruscamente hacia mí. Era la primera vez que lo decía en voz alta.
Hacerme pasar por Aelin, que no tenía ni idea de lo que tramábamos, estaba condenado al fracaso.
Habíamos ido demasiado lejos. Engañar a Nolan no había sido nada agradable.
Tenía el estómago revuelto, me trababa con mis propios pensamientos mientras intentaba fingir ser alguien más interesante que yo.
Si Aelin llegaba a enterarse, me mataba.
El abuelo quitó importancia a mis preocupaciones.
—De eso ya me encargo yo. Además, Aelin estaría encantada de enterarse de que se ha casado con un multimillonario.
Pero no sería ella quien se casara. Sería yo. Su nombre aparecería en el certificado de matrimonio.
—¿Y yo qué?
—¿Qué más quieres? ¡Vas a conseguir más de lo que jamás podrías imaginar!
Jadeó al entrar en la casa. Su guardaespaldas esperaba en la entrada.
Hizo señas a dos enfermeras, que llegaron corriendo con una silla de ruedas.
El abuelo las apartó de un manotazo cuando intentaron sentarlo; sin embargo, al no poder sostenerse, no tuvo más remedio que aceptar la silla a regañadientes.
Las dos enfermeras se lo llevaron al dormitorio, ignorando la retahíla de insultos que les soltó.
El guardaespaldas las siguió a cierta distancia.
Un escalofrío me recorrió la espalda. El hombre de mi abuelo siempre me había dado mala espina.
Su silencio pétreo, combinado con su tamaño, resultaba aterrador, pero supongo que de eso se trataba.
Subí la gran escalinata y me dirigí a mi dormitorio.
Era casi la hora de cenar, pero la comida era lo que menos me importaba.
Estaba jodida. Se me encogió el pecho solo de pensar en el lío en que me había metido.
Cuando el abuelo propuso la idea por primera vez, pensé que bromeaba.
Al enterarme de cuánto me pagarían por hacerme pasar por otra persona, me pareció buena idea.
Ojalá todo se redujera a eso. Cuanto más averiguaba sobre su plan, más me daba cuenta de que su trama iba mucho más allá de suplantar a mi prima en una fiesta.
En una gala. Quería más. Y a esas alturas, ya tenía sobre mí un poder que iba más allá del dinero.
Cuando me pidió que me hiciera pasar por mi prima para casarme con un desconocido, sabía que no iba a negarme.
Estaba jodida. Pero bien jodida.