El engaño de la esposa (Multimillonarios Hawthorne)
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Nolan
SU NIETA Y su negocio iban de la mano. Un paquete cerrado. Yo quería el negocio y me traía sin cuidado su nieta mimada. Pero tras horas de tensas negociaciones, el viejo no cedía. Estaba imponiendo condiciones muy duras y, lo que era peor, sabía que yo estaba a punto de claudicar.
—Entonces, ¿qué decides, hijo?
Estuve a punto de burlarme al oír la palabra «hijo», pero me contuve.
Kenneth Burgess era orgulloso, y cualquier desaire percibido podría echar a perder el trato.
Tenía que salir de allí con un acuerdo, o al menos con la garantía firme de que la empresa W.
Burgess sería mía. El brandy, que llevaba demasiado rato en mi mano, me calentaba los dedos.
Cuando di un sorbo, la bebida no me infundió el valor que buscaba.
Ni loco iba a casarme con su horrible nieta.
La propuesta era completamente arcaica. Solo considerarla me ponía nervioso.
Por lo poco que sabía de ella, era una socialité escandalosa, habitual de las discotecas, cuyas acciones habían contribuido en parte a la caída de la familia.
Casarme con ella sería un quebradero de cabeza.
Quizás por eso había hecho aquella propuesta ridícula: para quitársela de encima.
Recorrí con la mirada el gran salón en el que estábamos.
Olía a producto de limpieza. Las sillas ornamentadas parecían nuevas, como si las hubieran retapizado hace poco.
La mesa de cristal entre Kenneth y yo desentonaba con la decoración de principios de siglo, como si fuera una compra reciente.
Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
El declive de los Burgess se reflejaba en el deterioro de la casa.
Su arquitectura de la Belle Époque la hacía parecer grandiosa e imponente, pero las grietas en las paredes y la pintura descascarada revelaban lo costoso que resultaba para la familia mantener su última residencia.
No les quedaba nada salvo esta casa de Newport y un negocio prestigioso pero en quiebra.
Incluso su casa de Nueva York era de alquiler.
Y aun así, Kenneth pretendía tener la sartén por el mango.
En una esquina de la habitación, un hombre trajeado de negro permanecía inmóvil, ajeno a nuestra conversación. ¿Un guardaespaldas? Reprimí una mueca de burla. ¿Acaso Kenneth pensaba que había venido a matarlo?
Volví a centrarme en Kenneth.
—¿Su nieta sabe que la está vendiendo al mejor postor?
—¡Ja! ¡A ella no le importa!
Resollaba al hablar. Se le oía el pecho cargado.
No le quedaba mucho en este mundo. Un cenicero descansaba junto a su brandy en una mesita de cristal al lado de su silla.
¿Cáncer? ¿O bronquitis? La enfermedad lo había dejado esquelético y frágil, en marcado contraste con el hombre robusto que había sido.
Fuera cual fuese su dolencia, tenía que ser la razón por la que estaba vendiendo.
—Mientras le llegue una buena suma de dinero, estará contenta. Espera una mensualidad acorde a su estilo de vida, algo insignificante para alguien de su posición.
Se me revolvió el estómago, dejándome un sabor amargo en la boca. Su frialdad me dio ganas de mandar el trato al cuerno.
Kenneth Burgess soltó una risita.
—Debería aprender a disimular mejor su disgusto, hijo. Este acuerdo no fue idea mía. Fue cosa de su padre.
Tosió y se golpeó el pecho con el puño.
—Quería unir a las familias, ¿sabe? Crear una dinastía y todo eso. Me pareció una idea ridícula, pero acepté de todos modos. Supuse que si usted salía medianamente decente como su padre, que mi nieta se casara con usted no sería tan mala idea.
Era la primera vez que oía algo así. Mi padre y Kenneth Burgess se odiaban tanto que mi padre había intentado destruir la empresa de Kenneth. Y cuando no lo consiguió, intentó comprarla hasta el día de su muerte. Los dos hombres eran enemigos declarados.
También era la primera vez que oía a alguien llamar decente a mi padre. Era muchas cosas, pero buena persona no era una de ellas. Quizás Kenneth Burgess lo decía en otro sentido, uno en el que demonios como él y mi padre admiraban mutuamente sus aspectos más diabólicos.
—No tiene que aceptarlo, por supuesto. Pero eso significa que no obtendrá el negocio.
—¿No puede venderme la empresa sin más, sin esa costumbre anticuada?
Soltó un bufido.
—¿Se cree demasiado bueno para ella?
En cierto modo, sí. Todo lo que había oído de ella me disgustaba.
Era el tipo de persona que alguien como yo evitaba.
Pero todo trato tiene sus concesiones, diría mi padre.
Y si iba a comprar toda la empresa de Kenneth Burgess a precio de ganga, al menos debería conocer a su nieta. Me recliné en la silla.
—¿Dónde está?
Kenneth se levantó y se tambaleó hasta la chimenea, donde tiró de una cuerda que colgaba a un lado. Volvió arrastrando los pies hasta su silla, y un par de minutos después, las puertas de la habitación se abrieron. Entró una mujer. Se acercó a nosotros y se situó entre Kenneth y yo.
Aelin Burgess. El corazón se me paró. Se me cortó la respiración.
La conocía únicamente por su reputación.
Solo la había visto en fotos y vídeos, y no le hacían justicia.
Pensé que era guapa, pero no. Era preciosa.
No era de extrañar que el viejo se mostrara tan obstinado.
Su nieta era deslumbrante. Su melena rubia, espesa y ondulada, se mecía al caminar.
Su vestido de tenis blanco exhibía unas piernas torneadas que, de no ser por su estatura, habrían adornado muchas vallas publicitarias.
Mi mirada se detuvo en su generoso escote antes de subir hasta su rostro ovalado y quedar atrapada en aquellos grandes ojos azules.
Kenneth carraspeó, obligándome a apartar la mirada de Aelin. Una sonrisa traviesa le bailaba en los labios. Tenía tan mala cara de póker como yo. Era consciente del efecto que la belleza de su nieta causaba en los hombres. Haciéndose el desentendido, nos presentó, y ella se acomodó junto a él.
—Quiere saber si participas en esto por voluntad propia.
Me miró y asintió. Había algo en ella que me ponía en alerta. Quizás era lo extraño de la situación, o la vulnerabilidad en sus ojos, lo que despertó en mí una intensa necesidad de protegerla. Fuera lo que fuese, no podía ignorarlo.
—¿Puedo hablar con ella a solas?
Kenneth enarcó las cejas; le susurró algo a Aelin antes de ponerse de pie con dificultad.
—Estaré en el estudio si me necesita.
Esperé a que Kenneth saliera del todo para hablarle.
—¿De verdad está de acuerdo con esto?
Aelin alzó la barbilla.
—Siempre que usted también lo esté.
El sonido de su voz me estremeció. Era sensual, y evocaba imágenes lascivas en mi mente que me dificultaban la concentración.
—No es que me entusiasme la idea. Pero necesito el negocio de su familia, y estoy dispuesto a hacer lo que sea para conseguirlo.
—¿Incluso casarse con una mujer de reputación tan terrible como la mía?
Una leve sonrisa me asomó a los labios. Curioso que no tuviera el aspecto que me había imaginado. En ese momento, parecía más una bibliotecaria que una chica fiestera. Aunque se esforzaba por parecer indiferente, notaba que todo era una actuación.
—Una mujer que sabe lo que es. Resulta refrescante.
—La mayoría de la gente se esconde detrás de falsedades. Prefiero ser directa desde el principio.
Era tan mercenaria como su abuelo. Eso era algo bueno, ¿no?
Mejor una mercenaria que alguien que se engañara a sí misma creyendo que el amor podría surgir del matrimonio.
Pero algo no cuadraba. No lograba entender el qué, y debería haber salido corriendo de aquella casa decrépita en cuanto Kenneth mencionó su propuesta, pero algo más, una fuerza mucho mayor, me mantenía clavado en el sitio.
—¿Qué ganas tú con esto? —pregunté.
—Dinero. Así de simple.
—Ah. Tu abuelo dijo que te dará acceso a tu fondo fiduciario si te casas con alguien de su agrado, ¿o algo así?
Se encogió ligeramente de hombros.
—Algo así.
—¿Y estás dispuesta a casarte conmigo, un viejo, para conseguirlo?
Soltó una risita.
—Acabas de cumplir cuarenta. Eso no es ser viejo. Creo que con mis veintiséis años puedo sobrevivir.
—¿Me investigaste?
—Nunca entro en un negocio a ciegas, Nolan Hawthorne.
Aelin estaba sentada muy erguida, con la espalda pegada al sofá rococó.
Tenía las manos, de manicura impecable, entrelazadas sobre el regazo.
La sofisticación que irradiaba me hizo preguntarme si las historias que había oído sobre ella eran ciertas.
Porque en ese momento parecía la esposa perfecta para cualquier hombre, especialmente uno de la alta sociedad.
Había algo familiar en ella. Me recordaba a mi madre, y no precisamente para bien.
Pero ¿acaso no eran de la misma calaña? Mujeres de clase alta a las que les encanta salir de fiesta y les da igual quién pague.
Huir de mujeres que se parecían a mi madre solo para acabar casándome con una. La ironía no se me escapaba.
—Bien —dije—. Hablaré con mis abogados para que redacten un acuerdo prenupcial y se pondrán en contacto contigo pronto.
No tenía que casarme con ella para siempre. En dos años habría alcanzado mis objetivos y sería un hombre felizmente divorciado, dueño de un imperio que superaría incluso los sueños más descabellados de mi padre.