EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

El silencio que ha dejado la tormenta es más pesado que el estruendo que sacudió los muros hace apenas una hora.

Estoy sentado en el suelo de piedra de la sala sin ventanas, con la espalda apoyada en el muro frío, escuchando el goteo constante de la filtración que golpea el cuenco de metal.

Mis manos descansan sobre mis rodillas, inertes.

No hay luz, salvo la que se filtra por la rendija de la puerta que ella no cerró; una línea de oro pálido que corta la oscuridad.

No sé cuánto tiempo ha pasado. El frío se ha instalado en mis huesos, aunque no me importa. Lo prefiero a la fiebre que me recorre la sangre cada vez que ella está cerca.

La puerta cede con un siseo suave. El aroma a lavanda y lluvia llena el espacio antes de que sus pasos se detengan frente a mí.

—Todavía estáis aquí —dice ella en voz baja.

—No tengo otro sitio donde ir —mi voz es un rastro de ceniza.

Bryndal se arrodilla a mi lado. Se sienta en el suelo y apoya su espalda contra la piedra, igual que yo.

—Mairi ha apagado las luces del salón —comenta, mirando al vacío de la sala.

—Deberíais estar durmiendo.

—¿Y dejaros aquí solo? —ladea la cabeza hacia mí. Siento su mirada, aunque sigo con los ojos fijos en la nada.

—He estado solo veintidós años, Bryndal. Sé cómo se hace.

—Eso no significa que tengáis que seguir haciéndolo.

Ella estira la mano. Sus dedos buscan los míos. Me tenso por instinto y el músculo protesta ante la invasión, sin embargo, esta vez no aparto la mano. No huyo. Permito que sus dedos rodeen mi muñeca, justo por encima de las marcas blancas de las cadenas.

—Estáis helado, Aldric.

—No lo siento.

—Yo sí. —Apoya su otra mano sobre mi hombro y se inclina hasta que su frente roza mi sien.

Es el momento en que mi control debería dictar la distancia. Pero el hilo se ha roto. Me quedo inmóvil y permito que su calor se filtre a través del cuero de mi jubón. Mi respiración empieza a acompasarse con la suya.

—No os alejéis —susurra ella contra mi piel.

—No puedo... —me detengo. No sé qué es lo que no puedo.

—No podéis seguir luchando contra esto. Ya no. —Desliza su mano desde mi muñeca hasta mi palma y entrelaza sus dedos con los míos.

No cierro el puño. Dejo mi mano abierta, entregada a la suya. Es un gesto que nunca he permitido a nadie. Mi mano es una herramienta de muerte, aunque bajo la suya se siente pesada y extrañamente inútil.

—Cuando era niño... —las palabras salen de mi garganta sin permiso, fragmentadas—. Había un olor. A humedad y a metal viejo. Como aquí. Pero allí no había puertas que se pudieran abrir.

—Esta puerta está abierta, Aldric. Nadie os va a cerrar aquí dentro otra vez.

—A veces siento que las cadenas no se quedaron allí. Siento que las llevo puestas cada vez que intento tocar algo que no sea acero.

Bryndal se limita a apretar mi mano con más fuerza. Se desliza hasta que su cabeza descansa en mi hombro. Su peso es real; una presencia que me ancla y me aleja de las sombras que habitan en este rincón.

—El laird que me tuvo... —me detengo de nuevo, sintiendo un nudo en la garganta.

—No tenéis que contarlo todo ahora —dice ella suavemente.

—Sabía quién era mi padre. Pronunció el nombre Blackthorn como si fuera algo que ya conociera. Antes de que me rescataran.

Siento que ella se tensa ligeramente, aunque no se aparta. El silencio vuelve a reinar, sin embargo, ya no es el silencio de la soledad. Es un espacio compartido.

—Gracias —digo. Es una palabra extraña en mi boca, pero es la única que tiene sentido.

—¿Por qué?

—Por no iros cuando empezó la tormenta.

Ella levanta el rostro y me mira. Ya no hay máscaras ni el laird autoritario que protege la frontera. Solo queda el hombre que ella ha decidido remendar.

—No me voy a ir nunca, Aldric.

Me inclino hacia ella y apoyo mi frente en su hombro. Es una rendición. Mis defensas han caído ante la persistencia de su presencia. Me quedo así, escuchando su respiración mientras el castillo duerme.

—Me quedo con vos —susurro.

En mí, esas palabras son el juramento más alto. El frío de la piedra ya no llega a mi piel, tapado por el calor de su cuerpo. La guardia ha caído y, por primera vez, no tengo prisa por volver a levantarla.