CAPÍTULO 38
El amanecer se filtra por las rendijas de la contraventana con una luz pálida y fría que recorta las siluetas del mobiliario. No estoy en el suelo de piedra de la sala oscura. Estoy en mi cama, y el peso que siento sobre el pecho no es el de la armadura ni el de las cadenas. Es Bryndal.
Sus dedos están entrelazados con los míos sobre la manta. Su respiración es un ritmo pausado que marca un tiempo nuevo en este castillo. No me he movido en horas; he permanecido inmóvil, consciente de cada milímetro de piel que nos une.
Ella se remueve. No se aparta, sino que se presiona más contra mi costado, buscando el calor que mi cuerpo ya no le niega. Abre los ojos lentamente. No hay rastro de la fiebre ni del miedo.
—Seguís despierto —dice ella. Su voz conserva el rastro del sueño.
—El silencio es distinto hoy —respondo. Mi voz suena asentada.
—¿Distinto cómo?
—No hay nada que vigilar. —Me giro levemente hacia ella. La proximidad ya no es una amenaza que obliga a tensar los músculos. Es una elección.
—Mairi diría que es porque ya no hay nada que esconder. —Ella sonríe y sus dedos aprietan los míos.
Me incorporo sobre un codo y la observo. Extiendo la mano para apartarle un mechón de la frente. Mis dedos no tiemblan. Es un contacto firme.
—¿En qué pensáis, Aldric? —pregunta ella, sosteniéndome la mirada.
—En que los Gordon no vendrán. Y en que, si lo hacen, este castillo es el lugar más seguro de Escocia.
—Habláis como un laird que protege su feudo.
—Hablo como un hombre que ha decidido dónde termina su frontera.
Me incorporo del todo y me siento en el borde del lecho, dándole la espalda. Siento su mano subiendo por mi columna y recorriendo las cicatrices. Antes, ese contacto me habría hecho saltar de la cama. Ahora, simplemente cierro los ojos y dejo que su rastro me ancle al presente.
—Me quedo con vos —digo. Las palabras caen con el peso de la piedra sobre la tierra. No necesito adornarlas. Mi espada está a su servicio y mi cama ya no volverá a estar vacía.
—Lo sé —responde ella detrás de mí. Siento su calor contra mi espalda—. Lo supe cuando entrasteis en la sala oscura y no me echasteis.
—No podría haberos echado, aunque hubiera querido.
Me giro hacia ella de nuevo. Bryndal se ha sentado también, envuelta en el lino. La luz del sol es ahora más fuerte y baña la estancia de un tono dorado. No hay prisa en mis movimientos cuando la tomo por la nuca. Mis dedos se enredan en su pelo y tiro suavemente para que levante el rostro.
—No sé ser el hombre que otros esperan —le advierto, con la frente apoyada en la suya.
—No os he pedido que lo seáis.
—No habrá promesas de las que se escriben en los libros. Solo habrá esto. El castillo, mi mano y mi presencia.
—Es todo lo que quería, Aldric.
La beso. No es el beso desesperado de la tormenta ni el contenido de la fiebre. Es un beso lento, que sabe a decisión. La atraigo hacia mí y esta vez mis manos se mueven con seguridad. La tumbo de nuevo sobre el colchón y cubro su cuerpo con el mío.
Ya no hay miedo a herirla. He aprendido que el tacto puede ser un refugio. La toco con una lentitud deliberada, reconociendo cada curva de su piel. Sus manos se aferran a mis hombros, exigiéndome que deje de ser un observador.
La escena se desarrolla con la parsimonia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. No hay sombras del pasado que oscurezcan el acto. El contacto es profundo; una rendición mutua que no necesita confesiones porque cada gemido ya lo dice todo.
—Bryndal —susurro contra su cuello, sintiendo su pulso bajo mis labios.
Ella no responde con palabras. Me rodea con las piernas, pegándome a ella hasta que no queda espacio. Es la intimidad más absoluta que he conocido, una unión que no se rompe con acero.
Mucho después, cuando el sol ha subido lo suficiente como para calentar las losas, nos quedamos abrazados. La tensión ha desaparecido. Me levanto y me acerco a la ventana. Mairi cruza el recinto con un cesto de ropa; al levantar la vista, se detiene un segundo y sonríe antes de seguir su camino.
Bryndal se acerca por detrás y me rodea la cintura, apoyando la mejilla en mi espalda.
—¿Vais a bajar hoy? —pregunta ella.
—En un momento. Primero quiero asegurarme de que el fuego del salón está encendido.
—Mairi ya se habrá encargado de eso.
—No importa. Quiero hacerlo yo.
La tomo de la mano y la guío hacia la puerta.
Ya no hay vuelta atrás. No hay huidas a la sala oscura ni muros de silencio.
El laird Blackthorn ha dejado de ser una bestia herida para ser el hombre que guarda su hogar.
Mientras bajamos las escaleras juntos, el roce de sus dedos contra los míos es la única certeza necesaria. El arco está completo. Ya no huyo.