EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

El estruendo del trueno sacude los cimientos del castillo con la fuerza de un asedio.

El viento aúlla por las aspilleras y la lluvia restalla contra la piedra.

No estoy en mi habitación ni en las almenas.

Mis pies me han arrastrado a la sala sin ventanas, el único lugar donde la oscuridad es absoluta y el mundo exterior parece quedar fuera.

Aunque hoy la puerta no está cerrada.

—Salid de aquí, Bryndal —mi voz suena como el crujido de madera vieja bajo el peso de la nieve.

Ella no se mueve. La veo como una sombra recortada contra la luz de las antorchas del pasillo, antes de que dé un paso hacia dentro y la penumbra la engulla. El olor a tierra mojada y a lavanda rompe el aire estancado que yo necesitaba respirar.

—No —responde ella.

—He dicho que os marchéis. Ahora.

—¿Para qué? ¿Para que podáis destrozaros las manos contra los muros? ¿Para que podáis seguir fingiendo que no existo hasta que la tormenta pase?

Doy un paso hacia ella y mis botas golpean el suelo con una violencia que el trueno apenas oculta. El aire se ha vuelto demasiado estrecho. Mi pulso golpea en las sienes.

—No sabéis de lo que habláis. Salid antes de que...

—¿Antes de qué, Aldric? ¿Antes de que sangren vuestras manos? ¿O antes de que sangren las mías?

Ella acorta la distancia. Se planta frente a mí y desafía la oscuridad. Su presencia es una provocación. El control, ese hilo fino que he tejido durante veintidós años para no ser el arma que mi padre forjó, se está deshilachando.

—No me toquéis —le advierto, retrocediendo hasta que mi espalda choca con la pared fría.

—Ya estáis tocándome. Con cada silencio. Con cada mirada que apartáis.

—¡Basta! —mi rugido silencia el viento un segundo. La tomo por los hombros y mis dedos se hunden en la lana gruesa de su vestido. La empujo levemente, sin embargo, ella no cede. Se mantiene firme, obligándome a sostener su peso.

—Hacedlo, Aldric. Perded el control de una vez —su voz es un susurro cargado de una intensidad que me quema—. Dejad de luchar contra lo que ya sois para mí.

—No soy nada para vos. Soy una bestia encadenada que teme su propia sombra.

—Las cadenas se las pusisteis vos mismo. Yo no las veo. Solo veo al hombre que protege a su pueblo y que muere de miedo al mirar a su esposa.

La sacudo levemente, aunque el gesto se convierte en un agarre desesperado. Mis manos tiemblan. La tensión acumulada durante semanas, el beso en la habitación de la fiebre, el roce de sus manos en mis cicatrices... todo estalla en este rincón oscuro.

—No podéis pedirme esto —digo, con los dientes apretados—. No podéis entrar aquí y esperar que sea un hombre normal.

—No os pido que seáis normal. Solo que estéis aquí. Conmigo.

—¡Estoy aquí! —grito, y mi frente choca con la suya.

El contacto es brusco, una colisión de dos voluntades que ya no saben cómo ignorarse.

—Entonces quedaos. No huyáis a esta cueva cada vez que el cielo se rompe.

—¡Es el único sitio donde no hago daño!

—A mí no me hacéis daño. Me lo hacéis cuando os encerráis. —Ella sube las manos y rodea mis muñecas, allí donde las marcas antiguas son un recordatorio constante. Sus dedos están calientes.

—Soltadme.

—No.

—Bryndal, por el amor de Dios...

—He dicho que no.

Forcejeamos un momento en mitad de la penumbra. Ella no se aparta y yo no puedo soltarla sin herirla; ese pensamiento es el que finalmente rompe mi resistencia. La suelto bruscamente y mis manos caen a los costados como si pesaran toneladas. Me aparto hacia el rincón más alejado, jadeando.

El silencio es más ensordecedor que el trueno. La veo borrosa, una mancha en la oscuridad. Ella no me sigue. Se queda en el centro de la sala y su respiración agitada compite con la mía.

—Esto no puede arreglarse con palabras, Bryndal —digo finalmente, sin mirarla—. No hay vuelta atrás después de esta noche.

—Lo sé —responde ella, y hay una nota de amargura que me corta más que el acero—. Pero al menos ahora los dos sabemos lo que estamos rompiendo.

Ella se da la vuelta y sale de la sala sin mirar atrás. Oigo sus pasos alejarse por el pasillo de piedra, rápidos, decididos, dejándome solo con el olor de su presencia y el rugido de una tormenta que acaba de empezar dentro de estas murallas.

Me dejo caer contra la pared. El blindaje se ha agrietado de tal forma que ya no sirve para protegerme. No hay alivio. Solo queda la certeza de que el hombre que entró en esta sala hoy no es el mismo que saldrá de ella cuando el sol asome por el valle. Y eso es lo que más me aterra.