CAPÍTULO 35
La nieve ha empezado a cuajar en las aspilleras del salón principal y tiñe la luz de un blanco grisáceo que hace que las sombras de Blackthorn parezcan más densas.
No estoy solo frente al fuego. Bryndal está a mi lado moviendo las brasas con el atizador de hierro; el sonido del metal contra la piedra es el único ritmo que gobierna la estancia.
Ella ha tomado las pinzas como si llevara una vida conociendo la disposición de mi hogar.
—El viento está girando hacia el este —dice ella, sin apartar la vista del resplandor—. Si sigue así, la puerta sur quedará bloqueada antes del amanecer.
—He enviado a tres hombres para reforzar los puntales —respondo. Me inclino sobre la mesa y examino un mapa de cuero desgastado bajo la luz de las antorchas.
—Deberíais haber enviado a cuatro. El peso de la nieve en ese recodo es traicionero.
Me detengo. Antes, cualquier sugerencia sobre mi guardia habría sido recibida con silencio gélido. Ahora, simplemente asiento y busco el carboncillo para marcar la posición.
—Mairi tiene razón. Os habéis vuelto previsible en vuestras precauciones, mi señor.
La voz de Mairi llega desde el umbral. La anciana entra con una bandeja, portando dos copas y una jarra de caldo humeante. Se detiene y nos observa: a mí, con los hombros relajados por primera vez en años, y a Bryndal, que se ha levantado para ayudarla.
—Las precauciones mantienen este techo sobre vuestras cabezas, Mairi —digo, aunque no levanto la vista del mapa.
—Las precauciones mantienen el techo, sí. Sin embargo, es otra cosa lo que mantiene el calor en esta sala. —La anciana deja la bandeja cerca de mi mano—. Nunca había visto a dos personas moverse con tanto cuidado para no chocar y terminar siempre en el mismo palmo de terreno.
El silencio que sigue es denso como el plomo. Bryndal toma una de las copas; noto la pausa en su respiración. Ninguno de los dos responde ni mira a Mairi.
—El caldo se enfriará si seguís midiendo el mundo con pedazos de carbón —añade Mairi antes de dar media vuelta. Sus pasos se alejan, pero la estela de su comentario permanece en el aire.
Bryndal se acerca a la mesa y me ofrece la copa. Sus dedos rozan los míos cuando la tomo; esta vez no hay un retroceso instintivo. La cercanía es natural, una extensión de la convivencia instalada entre nosotros como el musgo en la piedra.
—Bebeos esto —dice ella en voz baja—. El frío se os ha metido en los huesos.
—Estoy bien —respondo, aunque tomo la copa. El calor del metal me escuece en las palmas.
—No lo estáis. Tenéis la mandíbula apretada como si esperarais un ataque.
—El ataque siempre viene, Bryndal. Solo es cuestión de tiempo.
—No de mi parte.
Ella da un paso más y elimina el espacio que Mairi ha señalado. Se coloca frente a mí, obligándome a soltar el mapa. Extiende la mano y ajusta el cuello de mi túnica de lana. Sus dedos rozan la base de mi garganta. Siento el latido de mi propio pulso contra su piel.
—Deberíais apartaros —digo, aunque mis pies no se mueven ni un milímetro.
—No lo hago —responde ella, sosteniéndome la mirada. No hay miedo en sus ojos, solo una fijeza que me obliga a reconocer lo evidente.
—Sabéis lo que dicen en el patio. Sabéis lo que Mairi piensa.
—Sé lo que veo. Y veo a un hombre que ya no sabe cómo estar en una habitación si yo no estoy en ella.
Dejo la copa con un golpe seco. El caldo salpica el mapa y emborrona las marcas del desfiladero. La tomo por las muñecas, no con violencia, pero sí con la fuerza de quien necesita anclarse. Mis pulgares presionan su piel, justo donde las marcas de su linaje se encuentran con las mías.
—Esto no es un juego, Bryndal. No podéis entrar aquí y esperar que nada cambie.
—Ya ha cambiado. Todo ha cambiado desde el momento en que dejasteis de usar la llave. —Ella no intenta soltarse. Al contrario, se inclina hacia mí hasta que huelo la lavanda de su cabello mezclada con el humo.
—No puedo ser el hombre que necesitáis. Hay demasiada sombra en este castillo.
—No busco un hombre sin sombras. Busco al hombre que me dio su daga porque sabía que podía confiarme su vida.
La suelto bruscamente y me giro hacia el fuego. El calor de las llamas me quema el rostro. Siento que pierdo el control, pero no es la rabia lo que temo esta vez; es la rendición absoluta.
—Idos a descansar —digo, con la espalda hacia ella. Mi voz es un rugido contenido.
—¿Vais a seguir fingiendo que el mapa es lo más importante en esta sala? —pregunta ella. Oigo el roce de sus faldas mientras camina hacia la salida.
—Es lo que mantiene el clan a salvo.
—El clan está a salvo porque vos estáis aquí. Pero vos no estaréis a salvo hasta que dejéis de luchar contra lo que ya ha ocurrido.
Se detiene en el arco de piedra. Se queda allí, una silueta oscura esperando una respuesta que no soy capaz de dar.
—Mañana revisaremos los muros —digo finalmente, sin moverme.
—Mañana —repite ella, y hay una nota de cansancio en su voz que me escuece.
Se marcha y el silencio que deja me obliga a apoyarme en la mesa. Miro el mapa emborronado por el caldo. Ya no puedo fingir que la vigilancia es mi única prioridad. Mairi lo ha visto. El herrero lo ha visto. Todo el castillo sabe que el laird Blackthorn ha dejado de ser una bestia solitaria.
Me quedo solo con el fuego que se consume. El invierno ya está aquí, y con él, la certeza de que ya no hay lugar donde esconderse de lo que Bryndal ha despertado. Ya no podemos fingir, y esa es la batalla más peligrosa que he librado jamás.