EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

El frío en las Highlands no entra por las puertas; nace de las mismas entrañas de la piedra.

Estoy en el salón de armas, un espacio que huele a aceite rancio, metal y al humo de las antorchas que luchan contra la penumbra.

Frente a mí, sobre la mesa de roble macizo que ha visto pasar a tres generaciones de Blackthorns, descansan los seis escudos que el herrero acaba de traer.

Son piezas toscas. El roble es joven y las bandas de hierro han sido clavadas con una prisa que me irrita. Sin embargo, no es la madera lo que me hace apretar la mandíbula mientras paso los dedos por el borde. Es el agarre.

—Este cuero no aguantará un invierno de patrullas, Fergus —digo sin levantar la vista. Mi voz suena como el choque de dos piedras.

El herrero se aclara la garganta. El sonido delata su nerviosismo, aunque también esa terquedad que detesto.

—Es piel de cabra, mi señor. Es lo que había. Los caminos del sur están bloqueados por los Gordon, y el curtidor no ha podido traer los cueros de buey.

—Pedí escudos para hombres que se juegan la vida en los riscos, no juguetes para niños.

—Y yo he hecho lo que he podido con lo que el clan tiene —responde Fergus, y hay un rastro de condescendencia en su tono, ese que usan los viejos con los que creen que solo entienden de sangre y no de suministros.

Siento su presencia antes de oírla. El aire en el salón se desplaza.

Bryndal entra por el arco lateral. No lleva su capa, solo el vestido de lana gruesa que marca su figura.

Camina con una seguridad que ignora las reglas no escritas de mi hogar.

Se acerca a la mesa. Fergus la mira de reojo, frunciendo el ceño.

Yo permanezco inmóvil. Ella se ha convertido en una constante, una sombra que se ha filtrado por las grietas de mi castillo hasta que ya no sé cómo moverme sin tenerla en cuenta.

—Si el cuero es el problema, hay pieles de ciervo curtidas en el almacén de las cocinas —dice ella. Su voz es clara.

Fergus suelta una risa corta.

—Con todo el respeto, mi señora, las pieles de ciervo son para que vos os hagáis guantes o adornéis vuestras estancias. No sirven para sujetar el brazo de un guerrero contra un golpe de hacha.

El herrero no termina la frase. Me muevo antes de que mi mente procese la orden. Doy un paso al frente e invado el espacio de Fergus hasta que mi pecho casi toca el suyo. Mi sombra lo engulle.

—Si ella dice que hay pieles, es que las hay —digo, hablando bajo, con esa calma que precede a las tormentas.

—Señor, yo solo intentaba explicar...

—Y si ella dice que servirán —continúo, ignorando su interrupción—, vos haréis que sirvan.

Fergus parpadea y retrocede hasta chocar con el borde de otra mesa.

El silencio en el salón es absoluto. Los dos guardias se han quedado rígidos.

Nadie en este castillo ha visto jamás que yo respalde la palabra de una mujer sobre la de un artesano probado.

Es una ruptura total, un gesto que coloca a Bryndal por encima de la tradición.

—No he pedido vuestra opinión sobre los conocimientos de mi esposa —sentencio, y la palabra esposa resuena con un peso nuevo—. He pedido escudos que protejan a mi gente. Id a buscar esas pieles. Ella os mostrará dónde están.

El herrero asiente frenéticamente y sale del salón casi a la carrera. Los guardias lo siguen, dejándonos solos.

Me quedo mirando la puerta por la que han salido, con los puños apretados. Mi respiración es pesada. Siento el calor de Bryndal a mi espalda; una presencia que me quema más que el fuego.

—No necesitaba que me defendierais, Aldric —dice ella. Me giro lentamente. Ella está allí, observándome con esa curiosidad que me desarmó desde el primer día.

—No os he defendido. He dado una orden.

—Le habéis dicho que mi voz es la vuestra. Delante de vuestros hombres.

—Si ellos no os respetan a vos, no me respetan a mí. Es una cuestión de mando.

—No es solo eso. Es otra cosa.

Doy un paso hacia ella y acorto la distancia hasta que solo un suspiro nos separa. El gesto no ha sido un accidente; ha sido una elección. He decidido que ella es el centro de mi mundo, la única persona cuya palabra pesa más que mi propia lógica.

—El invierno será duro, Bryndal —digo, y mi mano sube hacia su rostro. Me detengo a medio camino, con los dedos tensos.

Ella no retrocede. Al contrario, inclina la cabeza hasta que su mejilla descansa en mi palma. El contacto recorre mis cicatrices y despierta sensaciones que creía muertas.

—Lo será —susurra ella—. Pero ya no estamos solos.

Mi pulgar acaricia el borde de su mandíbula. Es un gesto de una fijeza que me asusta. He puesto mi autoridad a sus pies y he levantado un muro a su alrededor que nadie se atreverá a cruzar.

—Nadie volverá a faltaros al respeto —le aseguro, y mi voz es una promesa—. Ni el herrero, ni los Gordon, ni el mismo rey.

Ella sonríe levemente. Sin decir nada, toma mi mano, la que aún sostiene su rostro, y la besa en la palma, justo sobre las marcas de las cadenas. El gesto me deja sin aliento.

—Id a por esas pieles —digo, recuperando mi voz de mando, aunque el tono es suave.

—Iré. Pero no tardéis en subir. Mairi ha preparado el caldo y el fuego ya está encendido.

La veo marchar. Me quedo solo en el salón de armas con el peso de la responsabilidad sobre mis hombros, aunque por primera vez en veintidós años el castillo Blackthorn no se siente como una prisión.

Se siente como un hogar. Y mientras la primera mota de nieve golpea el cristal de la aspillera, sé que he tomado la decisión más peligrosa de mi vida: he decidido que ella es lo único que vale la pena proteger.