EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

El viento del norte golpea las almenas con la fuerza de un mazo, aunque el frío ya no parece ser el dueño absoluto de este castillo.

Estoy en el patio de armas revisando los suministros que han llegado de la aldea, y Bryndal está a mi lado sosteniendo la tabla de madera donde Mairi anota los sacos de grano.

No le he pedido que baje ni que se quede.

Simplemente ha aparecido y yo he hecho espacio para ella; mi cuerpo actúa como escudo contra las ráfagas que bajan de la montaña.

—Faltan dos fardos de forraje —dice ella, señalando el carromato con la punta de una pluma—. El granjero dice que los traerá mañana con la leña.

—No habrá mañana para esos fardos si empieza a nevar esta noche —respondo. Me acerco al carro y ella me sigue. El roce de su capa contra mi brazo es una constante que ya no me hace saltar.

—Mairi cree que tenemos suficiente para tres semanas. Si el invierno se cierra, podemos aguantar.

—Mairi es optimista. Yo prefiero ver el grano con mis propios ojos.

Extiendo la mano para sujetar uno de los sacos que amenaza con deslizarse.

Al hacerlo, mi antebrazo queda a escasos centímetros de su rostro.

Bryndal no retrocede. Se inclina hacia delante y apoya una mano en mi hombro para mantener el equilibrio mientras inspecciona el sello.

Es un gesto automático. Mi piel reconoce su presión.

No hay tensión en mis hombros, solo una aceptación sólida.

—El sello es del clan Gordon —observa ella, retirando la mano de mi hombro de forma pausada—. ¿Seguís confiando en ellos después de lo que pasó en la frontera?

—Confío en su hambre. Si no nos venden el grano a nosotros, no tienen a quién más dárselo antes de que los caminos se bloqueen.

—Es una forma amarga de negociar.

—Es la única que garantiza que este castillo no muera de hambre.

Bajamos del carromato al mismo tiempo, coordinando nuestros pasos.

Nos dirigimos hacia la puerta de las cocinas.

El suelo está embarrado y, en un punto donde el hielo ha formado una placa traicionera, su pie resbala.

Mi mano se dispara. La sujeto por la cintura, afirmando mis pies en el suelo.

Ella se apoya en mi pecho un segundo más de lo necesario para recuperar el equilibrio.

—Gracias —murmura, ajustándose la capa.

No respondo. No suelto su cintura de inmediato; mis dedos se hunden ligeramente en la tela gruesa antes de apartarlos con lentitud.

Entramos en la penumbra de la cocina. El calor del hogar es un golpe directo. Mairi está removiendo un caldero y levanta la vista. Nos observa llegar juntos, ve cómo ella deja la tabla en la mesa de roble y cómo yo me quito los guantes y los dejo junto a sus papeles.

—El grano ya está en camino al almacén —le digo a la anciana, aunque mis ojos se desvían hacia Bryndal, que ha empezado a desatarse los cordones de su capa con dedos torpes.

—Mejor así, mi señor. El cielo tiene ese color que no augura nada bueno —responde Mairi, volviendo a su guiso con una sonrisa que oculta tras el vapor.

Me acerco a Bryndal. Sin pedir permiso, mis manos se sitúan sobre las suyas.

Sus dedos están helados. Aparto sus manos suavemente y me encargo de desanudar los cordones.

Es un trabajo menudo, aunque lo hago con concentración absoluta.

Ella me observa desde abajo, con la barbilla levantada, permitiéndome invadir su espacio.

—Estáis helada —digo, mientras la capa cae sobre mis brazos.

—El viento corta más de lo que parece.

—Deberíais haberos quedado dentro.

—¿Y dejar que contéis los sacos vos solo? Ya sabéis que no sé quedarme sentada mientras hay trabajo por hacer.

Cuelgo su capa junto a la mía. Ver las dos prendas juntas, rozándose en la pared de piedra, es una imagen que se instala en mi mente con naturalidad. Nos sentamos en el banco frente al fuego. No hay nadie más en este rincón. El silencio se extiende, aunque ya no es gélido; es algo denso.

—¿En qué pensáis? —pregunta ella.

—En que el invierno será largo.

—Siempre lo es en las Highlands.

—Este se siente distinto.

Ella estira la mano sobre la mesa y roza brevemente mis nudillos con la punta de sus dedos. Es un contacto fugaz, sin embargo, mis ojos se clavan en los suyos. Sostenemos la mirada. No hay advertencias de peligro ni menciones a las cicatrices. Solo existe este momento y el calor compartido.

—No tiene por qué ser peor solo porque sea distinto —dice ella en voz baja.

—A veces lo distinto es lo que más temo.

—Lo sé.

Ella no retira la mano. Yo tampoco muevo la mía.

Nos quedamos así, con la luz de las brasas bailando en sus ojos y el peso de lo no dicho colgando entre nosotros.

Mairi cruza el fondo de la estancia tarareando una melodía antigua, y nosotros simplemente seguimos ahí, ocupando el mismo espacio, como si siempre hubiera sido así.

Me levanto finalmente, pero no para alejarme. Me quedo de pie a su lado, esperando a que ella también lo haga.

—Vamos —digo—. Hay que revisar las defensas de la puerta sur antes de que oscurezca del todo.

—Iré con vos.

No la detengo. Simplemente caminamos juntos hacia la salida, nuestros hombros rozándose de vez en cuando, dos figuras que ya no saben cómo moverse la una sin la otra.