CAPÍTULO 32
El filo del cuchillo se desliza con un siseo metálico sobre la piedra de afilar.
El ritmo es constante; una música monótona que llena el rincón de la armería mientras la luz grisácea se filtra por las aspilleras.
No estoy solo. Bryndal está sentada a apenas dos pasos de mí, sobre un taburete bajo, ocupada en limpiar el cuero de una de mis monturas con una mezcla de aceite y cera.
El olor a metal, aceite y cuero viejo se mezcla con el aroma de ella. Ya no invade mis sentidos como un ataque; se ha convertido en parte del aire que respiro en este castillo.
—Este cuero está más seco de lo que recordaba —dice ella sin levantar la vista de su tarea. Sus manos se mueven con una eficiencia tranquila.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que esa montura vio el exterior —respondo. El sonido de mi propia voz no me sorprende; la conversación entre nosotros ha dejado de ser una serie de disparos para convertirse en un flujo bajo.
—Deberíais usarla más a menudo. El animal se volverá perezoso en las cuadras.
—Tengo otros caballos que requieren más ejercicio. Ese es para viajes largos.
—¿Y no pensáis viajar? —ella levanta la vista un segundo y sus ojos encuentran los míos a través de la penumbra.
—Mi lugar está aquí.
Sigo afilando la daga personal, esa que nunca dejo lejos de mi alcance.
El metal brilla y refleja el destello de las antorchas que Mairi ha empezado a encender en el pasillo.
Bryndal se inclina hacia delante para alcanzar un bote de cera que está en el suelo, cerca de mi bota.
Su hombro roza ligeramente mi rodilla al hacerlo.
No me tenso. El instinto de apartarme, ese resorte que durante años me hizo saltar ante cualquier contacto, permanece silencioso. Mi cuerpo parece haber naturalizado su proximidad. Ella recupera la posición y sus dedos rozan mi pantorrilla antes de volver al cuero.
—Mairi dice que el invierno se adelantará este año —comenta ella, retomando el ritmo del paño.
—Mairi siempre dice lo mismo. Le gusta ver cómo nos preparamos para lo peor.
—Quizás porque sabe que lo peor siempre llega si no se vigila. —Ella deja el paño y me mira directamente—. Habéis terminado con ese filo. Ya brilla lo suficiente para cortar el aire.
Dejo de mover la piedra. Miro la hoja. El acero está impecable.
—A veces el brillo es lo único que mantiene a la gente a distancia —digo, pasando el pulgar con cuidado extremo por el plano de la hoja, no por el filo.
—A mí no me mantiene a distancia. —Ella se levanta del taburete y se acerca a la mesa donde trabajo.
Se planta justo a mi lado. Su presencia es un calor sólido, una gravedad que me atrae. Bryndal extiende una mano hacia la daga. No la toma; solo señala una pequeña marca en la empuñadura, cerca de la guarda.
—Esa marca… no es del herrero —dice ella en voz baja.
—Es de un laird que creyó que podía desarmarme —respondo. Mi mano todavía sostiene el arma, aunque sus dedos están a milímetros de los míos.
—¿Lo logró?
—Como podéis ver, la daga sigue conmigo.
Ella asiente lentamente. El silencio que cae sobre la armería ya no es el de un campo de batalla, sino algo más denso e íntimo.
Estamos demasiado cerca. Puedo ver el pulso en la base de su cuello.
Ella no se aparta y yo no encuentro la voluntad para poner distancia entre nosotros.
Es un equilibrio precario. Nuestras respiraciones se acompasan.
—¿Me la dejaríais ver? —pregunta ella de repente.
Mi mano se cierra con más fuerza sobre la empuñadura por un segundo. Esta daga es mi último escudo, lo único que nadie más ha sostenido.
—Nadie más la toca, Bryndal —mi voz suena más baja; una advertencia que ya no sé si va dirigida a ella o a mí mismo.
—Yo no soy nadie más. —Ella da un paso más y elimina cualquier rastro de aire entre nosotros. Su cuerpo presiona levemente contra mi brazo.
El contacto es constante. Siento la firmeza de su hombro contra el mío. Es una invasión silenciosa que he permitido centímetro a centímetro. No hay lucha en mi interior, solo una aceptación que me deja sin defensas.
—¿Tenéis miedo de que la use contra vos? —pregunta ella con un rastro de desafío.
—Tengo miedo de que os cortéis. Está demasiado afilada.
—Sé cuidar de mis manos, Aldric.
Lentamente, giro la mano y le ofrezco la daga por la empuñadura.
El gesto es lento, casi ceremonial. Cuando ella la toma, sus dedos envuelven los míos durante un tiempo que se alarga.
El contacto de su piel cálida contra la mía genera una fricción que me recorre la espina dorsal.
Ella sostiene el peso del arma y la observa con curiosidad.
—Es pesada. Y está equilibrada para matar, no para cazar —dice ella, devolviéndome la mirada.
—Fue hecha para eso.
—Sin embargo, ahora está en vuestra mano, y no está matando a nadie.
Ella me devuelve la daga. Al hacerlo, desliza sus dedos por la palma de mi mano en un gesto que parece deliberado antes de soltarla. Reacciono tarde, cerrando la mano sobre el vacío que deja su contacto.
—Deberíamos ir al salón. Mairi habrá servido la sopa —dice ella, recogiendo el paño con una naturalidad que me descoloca.
—Id vos. Yo terminaré de recoger esto.
—No tardéis. —Ella camina hacia la puerta, aunque se detiene antes de salir y se gira desde el umbral—. Esa daga os queda mejor en la mano cuando no la apretáis tanto.
Se marcha y me deja solo con el olor a aceite y el rastro de su calor en mi piel.
Guardo la daga en su funda con un movimiento automático.
El silencio vuelve a ser absoluto, aunque ya no se siente igual.
La cercanía ya no es una excepción; se ha convertido en la norma.
Algo ha cambiado de forma irreversible y ya no necesito que ella esté tocándome para sentir su presencia en cada rincón de este castillo.