CAPÍTULO 31
La piedra del hogar necesita ser rascada para eliminar el hollín, aunque mis manos no están en la chimenea.
Están apretadas sobre el pomo de la espada mientras observo, desde el umbral, cómo Bryndal desplaza un pesado cesto de mimbre hacia la mesa larga.
No me he marchado a las cuadras. Debería estar allí, revisando los herrajes, sin embargo, mis pies han decidido que el aire aquí dentro, saturado de polvo y olor a pan, es el único que quiero respirar.
—Ese cesto pesa demasiado para una sola persona —mi voz sale seca, cortando el silencio.
Bryndal no se sobresalta. Se limita a apoyar la cadera contra el borde de la mesa y me mira. Sus mejillas están encendidas por el esfuerzo.
—He movido cosas más pesadas en el castillo de mi padre, mi señor —responde, sin soltar las asas.
—Aquí no estáis en el castillo de vuestro padre.
Doy tres pasos largos e invado ese espacio que durante semanas juré respetar. Mis dedos se cierran sobre el mimbre, justo al lado de los suyos. Podría simplemente tomar el cesto, pero no lo hago. Me quedo ahí, sintiendo el calor que desprende su cuerpo.
—Dejadlo —le ordeno, aunque mi tono ha perdido la agresividad inicial.
—Puedo terminar yo —insiste, aunque sus dedos se aflojan.
—He dicho que lo dejéis.
Levanto el cesto con un solo brazo y lo coloco en la mesa con un golpe seco.
Bryndal no se aparta. Se queda tan cerca que huelo la lavanda de su ropa.
Mis ojos bajan hacia sus manos, marcadas por el roce de las asas.
Antes habría salido de la estancia en cuanto el trabajo estuviera hecho.
Ahora, mis botas parecen clavadas a las losas.
—¿Vais a salir hoy a la frontera? —pregunta, alisándose la falda.
—Mañana. Hoy hay asuntos que requieren mi presencia aquí.
—Mairi dice que la despensa necesita que alguien revise las vigas. Se están combando por la humedad.
—Mairi habla demasiado.
—Mairi se preocupa por vuestro castillo tanto como vos.
Me giro hacia ella. El movimiento me sitúa aún más cerca. Si extendiera la mano, tocaría la curva de su hombro. Mis dedos pican por hacerlo, un impulso físico que ignoro apretando el puño contra el muslo.
—¿Y vos? —mi pregunta cae entre nosotros.
—¿Si me preocupo? —ladea la cabeza y sostiene la mirada—. Me preocupo por lo que hay dentro de los muros, Aldric.
El uso de mi nombre sin el título me golpea. Es la primera vez que lo dice así. No la corrijo. No me alejo.
—Las vigas pueden esperar —digo, fijando mi atención en el fuego que empieza a morir—. La cena no.
—Aún falta mucho para la cena.
—Entonces quedaos.
Ella parpadea, sorprendida. Yo mismo lo estoy. Un hombre como yo no invita; un hombre como yo tolera o rechaza. Pero el silencio de este salón se me hace insoportable si ella no está en él.
—Me quedaré si me ayudáis con las manzanas —dice, señalando un segundo cesto—. Hay que pelarlas para el guiso.
—No soy un pinche de cocina, Bryndal.
—Sois el señor de este castillo. Si el señor pela manzanas, nadie se atreverá a decir que es un trabajo menor.
Saca un cuchillo pequeño de su cinturón y me lo ofrece por el mango. Me quedo mirando el metal. Tomo el cuchillo. Mis dedos rozan los suyos durante un segundo más de lo necesario. No retiro la mano con brusquedad. Permito que el contacto exista; una corriente eléctrica que sube por mi brazo.
Nos sentamos en el banco de madera, uno al lado del otro. Estamos lo suficientemente cerca como para que nuestras rodillas se toquen. Cada vez que ocurre me tenso, aunque no corrijo mi posición.
—Vuestro padre envió un mensajero esta mañana —digo, mientras la piel de una manzana cae en una espiral roja—. Pregunta por vuestro bienestar.
—¿Y qué le habéis respondido? —Ella no deja de trabajar.
—Que el castillo Blackthorn es seguro.
—Eso es una respuesta política, no personal.
—Soy un Blackthorn. No entiendo la diferencia.
—La entendéis —deja el cuchillo y se gira hacia mí—. La entendisteis anoche en la sala oscura. Y la entendéis ahora, aunque os empeñéis en mirar esa manzana como si fuera un enemigo.
Dejo el fruto sobre la madera. La tensión en el aire se vuelve física.
—Lo que ocurrió anoche...
—Ocurrió —me interrumpe—. No busquéis palabras para disfrazarlo.
—No busquéis palabras. Busco el modo de que entendáis que mi naturaleza no cambia por un beso.
—Vuestra naturaleza no es el problema, Aldric. Es vuestro miedo a ella.
Me levanto del banco con una brusquedad que hace que el cuchillo ruede. Camino hacia el centro del salón, necesitando poner metros de por medio, pero me detengo antes de llegar a la puerta. Me quedo de espaldas a ella, apretando los puños.
—¿Por qué no os habéis ido todavía? —mi voz es un gruñido ronco.
—Porque no me habéis echado.
—Os he dado mil motivos para hacerlo.
—Y yo os he dado una sola razón para quedarme.
Me vuelvo lentamente. Ella se ha puesto en pie también. Está junto a mi gran silla de roble, esa que representa mi autoridad. Bryndal apoya una mano en el respaldo tallado.
—Esa silla es para el señor del castillo —digo, dando un paso hacia ella.
—Entonces, sentaos —responde, sin apartar la mano—. O dejad que yo lo haga.
Camino hacia ella. No la aparto. Me detengo cuando solo nos separa el brazo de la silla.
La miro a los ojos buscando el rastro de la duda, aunque solo encuentro esa calma que me desarma.
Extiendo la mano. Mis dedos rozan el dorso de su mano, la que descansa sobre mi silla. Es un contacto leve, pero me quedo ahí.
—Bryndal.
Pronuncio su nombre en voz baja. Sin títulos. Sin escudos. Ella deja de respirar durante un segundo y sus ojos se abren. Siento su pulso bajo mis dedos, acelerado.
—Habéis dicho mi nombre —susurra.
—Es vuestro nombre —respondo, aunque mi mente me indica que me estoy hundiendo—. No significa nada.
—Significa que ya no soy solo una esposa impuesta.
Retiro la mano, aunque no me alejo. Me quedo frente a ella, bajo la luz mortecina de la tarde. Ella se sienta en mi silla. No es un acto de desafío, sino de pertenencia. Me mira desde abajo.
—¿Vais a echarme ahora? —pregunta ella.
Miro su figura ocupando el espacio que yo construí para mi soledad. El salón ya no parece tan frío.
—No —digo, y mi voz suena firme—. Quedaos ahí.
Me doy la vuelta y me dirijo a la chimenea para avivar el fuego.
No me voy a las cuadras. Me quedo en el salón compartiendo el silencio con la mujer que ha decidido que mis muros no son lo suficientemente altos.
Algo ha cambiado. Y mientras golpeo los troncos con el hierro, sé que ya no hay vuelta atrás.