CAPÍTULO 30
El aire en esta habitación siempre ha sido pesado, pero ahora tiene el grosor del plomo.
No es la falta de ventanas; es el hecho de que ella sigue ahí, sentada a mi lado en el suelo de piedra, como si no le importara que el mundo exterior esté sumido en la luz del mediodía mientras nosotros nos hundimos en esta penumbra.
Mis manos todavía tiemblan. Las escondo entre mis rodillas y aprieto los dedos contra la tela hasta que los nudillos protestan. Le he hablado. Le he soltado pedazos de la carne viva que guardo bajo las cicatrices, y ella no se ha movido. No ha suspirado ni llorado.
—Gracias —ha dicho ella.
Esa palabra es un golpe de hacha en mitad del pecho.
—No me deis las gracias, Bryndal —mi voz suena como el roce de la grava.
—¿Por qué no? —Su silueta se desplaza. No se aleja; se acerca.
—Porque no sabéis lo que estáis haciendo. Nadie da las gracias por entrar en una fosa. —Levanto la vista. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad y veo el brillo de los suyos. No hay miedo.
—No es una fosa, Aldric. Es vuestro refugio. Y ahora es el mío también.
—No puede serlo —sentencio. Intento ponerme en pie, pero mi cuerpo se siente pesado, anclado a la piedra por la memoria del beso de hace días.
—¿Por qué intentáis construir muros donde ya no queda piedra, mi señor?
Ella estira la mano. Es una trayectoria directa hacia mi rostro. Me tenso; el instinto de apartarme lucha contra una necesidad antigua de quedarme quieto. Sus dedos rozan mi mandíbula. Están calientes. Mucho más que el aire de esta sala.
—No —susurro, aunque no me muevo.
—Sí —responde ella con firmeza—. No me voy a marchar. Podéis encerraros aquí cada mañana y me encontraréis en el mismo sitio.
Su palma se apoya por completo en mi mejilla. El contacto es una quemadura lenta. Siento el latido de mi propio pulso contra su piel. La bestia que vive bajo mis costillas se revuelve. No hay dolor; solo hay una presión constante que exige una respuesta.
—Cuando pierdo el control, alguien sangra —repito la advertencia; la única verdad que me ha mantenido a salvo de mí mismo durante dos décadas.
—Yo no estoy sangrando —su voz es un susurro contra mi cara.
Bryndal acorta el espacio. Su cuerpo presiona contra mi brazo. Mis manos actúan por su cuenta. Se sueltan de mis rodillas y una de ellas sube para rodear su nuca. Mis dedos se enredan en su cabello y tiran un poco más de lo necesario, incapaces de ser delicados.
—No puedo ser lo que esperáis —le digo con los dientes apretados.
—No espero nada que no estéis dando ya.
Ella se inclina más. Siento su respiración en mis labios.
Me inclino hacia ella y el hambre supera al juicio.
Cuando mis labios encuentran los suyos, no es como la primera vez.
No hay fiebre ni la bruma del sueño. Estamos despiertos, en la oscuridad de mi peor lugar, y la estoy besando con una desesperación que me asusta.
La atraigo hasta que su pecho choca contra el mío.
Mis dedos se hunden en su espalda. Ella responde con la misma intensidad; sus manos suben por mi cuello y me sujetan como si temiera que yo me desvaneciera.
El beso se vuelve áspero. El aire se acaba, aunque no importa.
Solo la presión de su cuerpo y la forma en que su aroma borra el olor a encierro y metal viejo.
Bajo la mano hacia su cintura y aprieto con fuerza. Ella suelta un pequeño gemido que se pierde en mi boca. No es un grito, pero en mi cabeza suena como una alarma. El sonido de alguien que sufre bajo mi mano.
Me aparto bruscamente. El aire frío me golpea el rostro. Mis pulmones arden. Ella se queda ahí, con los labios entreabiertos y el cabello revuelto, mirándome desde el suelo.
—Aldric...
—Basta —corto, levantándome de un salto. Mis piernas obedecen. Camino hacia la puerta y busco la distancia.
—No tenéis que huir cada vez que sentís algo —dice ella desde la penumbra. Su voz no tiembla.
—No estoy huyendo. Estoy terminando esto.
Me detengo con la mano en el pesado picaporte de hierro. No me vuelvo para mirarla. Si lo hago, volveré a ese suelo. Si lo hago, me olvidaré de las marcas en mis muñecas.
—Esto no puede continuar, Bryndal —digo, sin girar la cabeza.
—No —responde ella. Oigo el roce de su ropa; se está levantando—. No puede continuar así.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No lo estamos. Vos creéis que esto es el final. Yo sé que es el momento en que habéis dejado de poder mentiros.
Abro la puerta. La luz del pasillo entra como una cuchillada. Salgo sin esperar a que ella lo haga, sin una palabra más. Cruzo el corredor hacia las escaleras y mis botas golpean la madera con violencia. No miro atrás, sin embargo, sé que ella sigue ahí, en el umbral de la sala oscura.
Ya no hay vuelta atrás. El contacto ha dejado de ser un accidente para convertirse en una elección. Mientras bajo los peldaños, el peso en mi pecho me dice que no hemos resuelto nada. Solo hemos hecho que el muro sea más alto.
Llego al patio y el viento me golpea la cara. Mairi está cerca de las cocinas. No dice nada, aunque su mirada se clava en mí. Me dirijo hacia las cuadras. Necesito un caballo y fatiga; cualquier cosa que no sea el recuerdo de sus labios dándome las gracias por mi propia miseria.
El castillo Blackthorn sigue siendo una fortaleza de piedra, aunque hoy siento que las puertas de hierro no bastan para dejar fuera lo que ya ha entrado en mis venas. Y ella lo sabe.