EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

La luz de la chimenea proyecta sombras deformes contra las paredes de piedra de mis aposentos.

Me quito el jubón de cuero con movimientos mecánicos, aunque mis dedos fallan al deshacer los cordones.

El frío del exterior no ha servido de nada.

La nieve que cae fuera de estos muros no apaga lo que llevo debajo de la piel.

Oigo la puerta. No hay aviso, solo el clic del pestillo y el roce de la madera. El aire de la habitación cambia, se vuelve eléctrico, cargado de ese aroma que me persigue desde las cuadras.

—No os he dado permiso para entrar —digo, sin volver la cabeza.

—No lo necesito, Aldric —responde Bryndal. Sus pasos son firmes sobre las tablas—. Soy vuestra esposa.

—Eso es una palabra en un contrato.

—Es un hecho. Y no podéis seguir durmiendo en el suelo del pasillo como un perro guardián.

Me giro entonces. Ella está de pie junto a la mesa, bajo la luz mortecina de las velas. Lleva el camisón de lino fino y una capa de lana sobre los hombros. Sus ojos no se apartan de los míos. Hay una fijeza en su rostro que parece leer cada una de las grietas que intento ocultar.

—Puedo dormir donde me plazca —suelto, dejando el jubón sobre el banco.

—Podéis, aunque no debéis. Estáis tiritando de frío.

—No es frío, Bryndal.

—¿Entonces qué es?

Doy un paso hacia ella e invado el círculo de luz. La distancia se acorta hasta que solo queda un suspiro. Siento el calor que emana de su cuerpo; una invitación que mis músculos reclaman.

—Es peligroso que estéis aquí —mi voz es un susurro áspero.

—¿Peligroso para quién? ¿Para vos o para mí?

—Para ambos.

—No tengo miedo —dice ella, inclinando la barbilla—. Lo sabéis desde el primer día.

—Deberíais tenerlo. No sabéis lo que ocurre cuando el control se rompe.

—Entonces mostradmelo.

Esa frase es el final de mi resistencia. No hay análisis ni decisión meditada. Mi cuerpo actúa antes que la razón. Alargo el brazo y mi mano se cierra sobre su nuca, mis dedos se enredan en su cabello con una firmeza que bordea la posesividad. Es la acción de un hombre que se ahoga.

La atraigo con un movimiento seco. No la beso, todavía no. Me limito a hundir mis dedos en su piel y siento el pulso acelerado de su cuello contra mi palma. Ella no retrocede. Sus manos suben por mi pecho y se anclan a la tela de mi túnica mientras mi respiración se vuelve pesada.

—Os advertí que no os acercarais —digo contra su frente.

—Y yo no me he movido.

Mi otra mano baja por su espalda y presiona la lana de su capa contra su cuerpo, obligándola a pegarse a mí hasta que no queda espacio.

Noto la suavidad de sus formas contra la dureza de mi armadura invisible.

Es una colisión física que hace que mis rodillas tiemblen.

El deseo es este dolor en el pecho, esta necesidad de fundirme con ella.

—Aldric —murmura, y su aliento me quema la garganta.

—Callad.

Bajo la cabeza y capturo sus labios. Este beso es profundo, hambriento, cargado de una urgencia que no admite dilaciones.

Mis dientes rozan su labio inferior y ella suelta un gemido que me recorre la columna.

Me muevo y la empujo hacia la pared de piedra.

El contacto con el frío del muro la hace estremecerse, pero mis manos están ahí para sostenerla.

Mis dedos se deslizan hacia su mandíbula y sujetan su rostro con una intensidad que delata mi pérdida de control.

Soy solo un hombre que busca aire en medio de un incendio.

—No os detengáis —dice entre besos.

—No puedo... —mi propia voz me resulta ajena.

Mis manos bajan por sus costados y mis palmas queman la tela de su camisón.

Siento la curva de su cintura y la firmeza de su cadera.

La cercanía es total; mi cuerpo responde con una violencia que me asusta.

El deseo ya no es una brasa, es un incendio que lo consume todo: mis juramentos, mis miedos, mis cicatrices.

Estoy a punto de levantarla, de llevarla hacia la cama y terminar con esta agonía. Mis dedos se cierran sobre la tela del camisón, listos para desgarrar la última barrera.

Y entonces, ocurre.

Algo en mi interior se bloquea. Es una rigidez repentina que congela mis músculos.

Siento un frío súbito en la boca del estómago, una sensación de vacío que me obliga a detenerme.

Me aparto de sus labios con una brusquedad que la deja desorientada.

Mis manos caen a mis costados como si pesaran toneladas.

—¿Aldric? —pregunta ella, con los ojos nublados.

No respondo. Siento una presión en el pecho que me impide hablar. Me doy la vuelta y camino hacia la ventana para apoyar las manos en el antepecho. El frío del granito me devuelve la consciencia.

—Idos —digo al fin. Mi voz es un hilo seco.

—¿Qué ha pasado? Estábamos...

—He dicho que os vayáis, Bryndal. Por favor.

El silencio es denso. Oigo el roce de su ropa cuando se ajusta la capa. Siento su mirada clavada en mi espalda, sin embargo, no me giro. Si lo hago, volveré a perder la cabeza o veré en sus ojos la decepción que yo mismo siento.

—No podéis hacer esto —dice ella, y su voz es firme—. No podéis cruzar la línea y luego pretender que la frontera sigue ahí.

—Idos —repito, apretando los puños contra la piedra.

Ella tarda en moverse. El sonido de sus pasos alejándose es lento. Cuando el pestillo vuelve a sonar, el silencio se vuelve absoluto, roto solo por el crepitar de los leños que mueren.

Me quedo allí, mirando la nieve que cae en el patio. Mi respiración se normaliza, aunque el peso en mi pecho no desaparece. He dejado que ella vea la grieta. Y aunque me he detenido, ambos sabemos que no hay forma de ignorar lo ocurrido.

El control ya no existe. Solo queda esta espera hasta que el muro se caiga del todo o me entierre bajo sus escombros. Me toco los labios, donde todavía percibo el calor de los suyos. El frío de la noche ya no es suficiente. Nada volverá a ser suficiente.