CAPÍTULO 28
El metal de la espada canta contra la piedra de afilar en un ritmo monótono; un chirrido que hoy solo me taladra los nervios.
Estoy sentado en el banco de la armería, rodeado del olor a aceite, hierro y cuero viejo.
El calor de la forja se cuela por las rendijas y hace que la túnica se me pegue a la espalda.
—Ese filo ya está lo bastante afilado como para cortar un cabello al vuelo, Aldric —la voz de Bryndal me llega desde la entrada, aunque no dejo de mover el brazo—. Vais a acabar desgastando el acero.
—Una espada roma es un peso muerto —respondo sin levantar la vista.
Escucho sus pasos. Entra en el habitáculo, ocupando el escaso aire que queda. Se sitúa detrás de mí y, aunque no me toca, siento la presión de su presencia como un fuego. Dejo la piedra sobre la mesa y paso el pulgar por el filo. Una gota de sangre brota al instante.
—Os habéis cortado —dice ella, dando un paso más.
—No es nada.
Me giro para buscar un trapo, pero Bryndal ya está ahí. Se interpone entre la mesa y yo, obligándome a quedar frente a ella, con sus rodillas casi rozando las mías. Ella alarga la mano y me sujeta la muñeca con una firmeza que me deja clavado.
—Dejadme ver —ordena.
—He dicho que no es nada, Bryndal. He tenido heridas peores que un rasguño de mantenimiento.
—Y yo he visto cómo esas heridas se infectan por vuestra cabezonería. Quietos.
Me quedo inmóvil. Sus dedos rodean mi muñeca; una banda de calor que hace que mi pulso se dispare contra su piel.
Ella levanta mi mano para examinar el corte.
Está tan cerca que su aliento me roza la mejilla.
Noto cómo mi cuerpo se tensa. No retiro la mano.
Al contrario, mis dedos se cierran ligeramente.
—Necesita un vendaje limpio —dice ella sin soltarme—. Iré a buscarlo.
—Hay lino en el estante de arriba —señalo con la cabeza hacia la estantería detrás de ella.
Bryndal se gira, aunque no se aleja. Se estira para alcanzar el estante y su cuerpo se prensa contra mis rodillas.
La tela de su vestido se tensa sobre sus caderas y me veo obligado a echar el torso hacia atrás para no quedar hundido en ella.
Mis manos se apoyan en el borde del banco y aprietan la madera.
—No llego —murmura ella con los brazos en alto.
—Apartaos.
—Si me aparto, no lo alcanzaré. Ayudadme.
Me pongo en pie con una brusquedad que hace que el banco cruja. Quedo justo detrás de ella, encerrándola contra la estantería. Mi pecho roza sus hombros. Es una cercanía peligrosa. Alargo el brazo por encima de su cabeza para alcanzar el rollo de lino y mi antebrazo presiona contra su costado.
Me detengo. No cojo el lino de inmediato. Me quedo así, sintiendo el calor que emana de ella y el ritmo acelerado de su respiración. Bryndal no se mueve. Se queda quieta, con la nuca casi rozando mi barbilla.
—¿Aldric? —su voz es un susurro.
—Lo tengo —respondo, aunque mi voz suena áspera.
Cojo el lino y bajo el brazo, sin embargo, no me retiro.
Mis dedos rozan su hombro al bajar; un contacto deliberado que hace que ella suelte un suspiro.
Me quedo ahí, con el rollo de lino en la mano, dejando que el silencio se llene con el sonido de nuestros pulmones.
El deseo ya no es una sombra; es este peso en el vientre que me impide dar el paso atrás necesario para salvarme.
—Dádmelo —pide ella, girándose sobre sus talones.
Ahora estamos frente a frente. Sus ojos están fijos en los míos. Mi mano queda atrapada entre nuestros cuerpos. Noto el roce de su pecho contra mis nudillos. Es un contacto breve, aunque tan intenso que la habitación parece dar vueltas.
—Aquí tenéis —digo, dándole el lino.
Ella lo coge, pero sus dedos se enredan con los míos sobre la tela.
Ninguno de los dos suelta. Nos quedamos así, unidos por un pedazo de lino, en una inmovilidad que duele.
Siento la tensión en mis piernas y la necesidad bruta de acortar ese último centímetro.
Pero esta vez no es un estallido de rabia; es algo que me reclama.
—Deberíais iros —digo, aunque no me muevo.
—¿Por qué? —Ella da un paso más y me obliga a retroceder hasta chocar con la mesa.
—Porque el aire aquí es escaso. Y porque no respondo de lo que mis manos deciden cuando estáis tan cerca.
—Vuestras manos no deciden nada que vos no queráis, Aldric Blackthorn.
—Os equivocáis. Mis manos tienen memoria propia. Y recuerdan cosas que no deberían.
Ella alarga la mano y me toca sin excusas. Sus dedos rozan la cicatriz de mi mandíbula; una caricia que me produce un escalofrío violento. Cierro los ojos un segundo, luchando contra el impulso de agarrarla.
—No hagáis eso —le advierto, aunque mi voz no tiene fuerza.
—¿El qué? ¿Tocar a mi marido?
—No soy vuestro marido en el modo en que lo imagináis. Soy el hombre que vigila vuestra puerta porque teme lo que hay dentro de sí mismo.
—Lo que hay dentro es esto —dice ella, apoyando la palma sobre mi corazón.
Mi pulso golpea contra su mano con una violencia que me avergüenza. No puedo más. Alargo la mano y le sujeto la cintura, atrayéndola con un movimiento seco. No la beso. Me limito a hundir el rostro en el hueco de su cuello, respirando su olor y sintiendo la suavidad de su piel contra mi barba.
Me quedo así, aferrado a ella, con los dedos hundidos en la tela de su vestido. Siento su respuesta, cómo se inclina hacia mí y cómo sus manos se enredan en mi pelo. No hay palabras. Solo existe esta tensión física que amenaza con devorarnos si no nos apartamos.
—Aldric —susurra ella, y siento sus labios rozar mi oreja.
Es el límite. Mis dedos se aprietan en su cintura y el equilibrio se rompe. Estoy a punto de levantarla, de llevarla contra la mesa, de olvidar quién soy. Entonces, el sonido de unas voces en el patio rompe el hechizo. El golpe de una puerta, el grito de un mozo.
Me aparto de ella como si me hubieran dado un latigazo. El vacío que deja su cuerpo es un frío repentino. Bryndal se queda donde está, con la respiración entrecortada, observándome mientras trato de recomponer mi máscara.
—Tengo que... los hombres esperan —digo, buscando mi espada con manos que aún tiemblan.
—Id —dice ella—. Pero esto no se va a quedar aquí, Aldric. Podéis esconderos tras mil espadas, pero vuestro cuerpo no sabe mentir.
No respondo. No puedo permitirme hablar.
Cojo la espada, me ajusto el cinturón y salgo de la armería sin mirar atrás.
Cruzo el patio sintiendo la mirada de Bryndal quemándome la nuca.
El deseo es ahora una presencia constante.
Miro mis manos mientras subo al caballo; las mismas que se negaban a soltar su cintura.
Esto ya es peligroso. El peligro no está fuera de los muros; está en este deseo que ya no se puede ocultar, en esta piel que busca su piel.
Espoleo al caballo, necesitando que el viento de las Highlands limpie el rastro de su olor.
Pero mientras me alejo, sé que es inútil.
El rastro está dentro. Y ya no hay ningún lugar donde pueda esconderme de lo que ella ha despertado.