CAPÍTULO 27
El cuero de la cincha está rígido por la escarcha.
Tiro con fuerza y siento cómo la correa se resiste; mis dedos no responden con la precisión habitual.
El semental de Bryndal bufa e inquieto golpea el suelo de las caballerizas.
Le doy una palmada seca en el cuello para que se esté quieto, aunque soy yo el que no consigue calmarse.
—Esa cincha va a acabar rajada si seguís tirando así —la voz de Bryndal llega desde la entrada, acompañada por el golpe rítmico de sus botas.
No me giro. Me concentro en el hebijón, aunque mis manos parecen pertenecer a otro hombre.
—El animal necesita que la montura esté firme —respondo. Mi voz sale ronca.
—Está firme, Aldric. Lo que estáis es tratando de estrangular al caballo.
Ella se detiene justo a mi lado. No mantiene la distancia. Se sitúa en mi espacio, tan cerca que su brazo roza ligeramente mi manga. Siento el impacto de ese roce mínimo. No me aparto. Mis pies parecen haber echado raíces en el suelo de paja.
—Dejadme a mí —dice ella, alargando la mano.
—Puedo hacerlo solo.
—No, no podéis. Tenéis los dedos blancos.
Me quita las manos de la cincha con un movimiento decidido. Sus dedos rozan los míos un segundo más de lo necesario. Hoy me quedo ahí, observando cómo sus manos ajustan el cuero con una destreza que me obliga a fijar la vista en sus movimientos.
—¿Vais a salir a patrullar? —pregunta, sin levantar la vista.
—El perímetro oeste necesita una revisión. Hay rastros de lobos cerca del redil.
—Entonces vendré con vos.
—No.
—No os he preguntado, Aldric. He dicho que vendré. El aire me hará bien.
Me giro para protestar, pero ella ya se ha erguido. Estamos demasiado cerca. Puedo ver el ritmo de su respiración y la mancha de barro en su pómulo.
—Es peligroso —digo, aunque la palabra suena hueca.
—Peligrosos son los lobos, y para eso lleváis esa espada. A menos que hayáis olvidado cómo usarla.
—Sabéis que no es eso.
—Entonces no hay problema. Sostened esto.
Me tiende las riendas. Al cogerlas, nuestras manos vuelven a encontrarse.
Esta vez no es un roce accidental. Sus dedos se cierran sobre los míos para asegurarse de que sujeto el cuero y yo no retiro la mano.
Mi pulgar queda apoyado sobre el dorso de su mano y siento la calidez de su piel filtrándose a través del frío.
Es una rendición silenciosa. Dejo que el calor se asiente durante tres, cuatro latidos.
—Aldric —murmura ella. No es un reproche; es una constatación.
Suelto las riendas de golpe, sin embargo, no me alejo.
—Subid al caballo —le ordeno, con un tono que intenta ser seco.
La ayudo a montar. Mis manos rodean su cintura para impulsarla y el contacto de la tela bajo mis palmas me quema. Tardo un segundo de más en soltarla. Mis dedos se demoran en sus costados; una fracción de tiempo que delata que mi cuerpo ya no obedece a la voluntad. Ella me mira desde arriba.
Salimos al patio. El aire es cortante. Monto en mi caballo y me sitúo a su lado. No delante ni detrás; justo a su lado.
Cabalgamos en silencio hacia el bosque. El sonido de los cascos sobre la tierra helada llena el espacio.
Cada vez que el sendero se estrecha, nuestras rodillas chocan.
Es un contacto rítmico. No intento corregir la trayectoria para evitarlo.
Acepto cada golpe de su pierna contra la mía como una parte del camino.
—¿Por qué no habéis dormido en el pasillo anoche? —pregunta de repente.
—Había humedad. Los huesos me dolían.
—Mentís. Mairi os vio bajar a las cuadras.
—Entonces para qué preguntáis si ya tenéis la respuesta de una criada.
—Porque quiero la vuestra.
Tiro de las riendas para esquivar una rama, sin embargo, no respondo. El bosque se cierra sobre nosotros. Las sombras de los pinos son largas.
—No quería estar cerca de esa habitación —digo al fin.
—¿De la habitación o de lo que pasó en ella?
—Es lo mismo.
—No, no lo es. Las paredes no hicieron nada, Aldric. Fuisteis vos.
Me detengo en seco. Mi caballo relincha, molesto. Ella se detiene más adelante y hace girar a su montura. El sol ilumina su rostro con ráfagas de luz fría.
—No deberíais pinchar tanto —le advierto—. Incluso la piedra se acaba quebrando.
—Tal vez eso es lo que hace falta. Que algo se quiebre de una vez.
—No sabéis lo que saldría de ahí si eso ocurriera.
—He visto vuestros ojos cuando me besasteis. No había un monstruo en ellos. Solo un hombre que tiene hambre de algo que no sea silencio.
Espoleo mi caballo para pasar a su lado e ignoro sus palabras. No quiero hablar de hambre. Pero al pasar junto a ella, su mano vuela y sujeta mi antebrazo y me obliga a frenar.
—Soltadme —digo, sin mirarla.
—No. Miradme, Aldric.
Me giro. Sus dedos están apretados sobre el cuero de mi brazal, aunque siento la presión de su fuerza. Su mirada es una exigencia. No hay miedo en ella.
—¿Qué queréis de mí, Bryndal? —le pregunto, y mi voz es un susurro quebrado—. Os he dado un nombre. Os he dado un hogar. Os protejo con mi vida. ¿Qué más queréis?
—Que dejéis de huir de vos mismo cada vez que vuestra piel toca la mía.
—No huyo.
—Sí lo hacéis. Lo estáis haciendo ahora mismo. Tenéis el cuerpo listo para saltar y correr.
—Es mi naturaleza.
—Es vuestra cárcel.
Ella suelta mi brazo, aunque no se aleja.
Se inclina hacia adelante y reduce la distancia hasta que nuestras rodillas vuelven a estar pegadas.
Alarga la mano y ajusta el cuello de mi capa.
Sus dedos rozan mi garganta; un contacto ligero que hace que mis pulmones se bloqueen.
No me aparto. Permito que la proximidad me asfixie.
Ella tarda en retirar la mano. Se queda con los dedos apoyados en el borde de mi capa.
—Habéis terminado de ajustar la capa —digo, con la garganta seca.
—Sí. He terminado.
Sin embargo, ninguno de los dos se mueve. Nos quedamos así, rodeados por el vaho de la respiración de los caballos. El control se siente ahora como un edificio con los cimientos podridos. Sé que debería dar la vuelta. Pero no lo hago.
—Sigamos —murmuro, aunque mis pies no espolean al animal.
—¿Hacia dónde?
—Hacia el oeste. Hay rastros que seguir.
Ella asiente. Durante el resto de la tarde, la distancia se mantiene mínima. En los tramos difíciles la ayudo a guiar a su caballo. Mis manos tocan las suyas repetidamente para corregir las riendas; ya no hay esa retirada inmediata. El contacto se ha vuelto una constante.
Cuando llegamos al riachuelo el sol ya está bajando. Me bajo del caballo para examinar la orilla.
—Aquí —digo, señalando el barro endurecido.
Bryndal desmonta también. Se arrodilla a mi lado. Estamos hombro con hombro, agachados sobre el suelo frío.
—Son grandes —comenta ella—. Más grandes de lo habitual.
—Es un macho alfa. Se están acercando demasiado a las ovejas.
—Tendréis que salir de caza.
—Lo haré mañana.
Me levanto y le tiendo la mano. Ella la acepta.
Al tirar de ella hacia arriba, la fuerza es excesiva y acaba chocando con mi pecho.
Mis brazos se cierran alrededor de sus hombros para estabilizarla.
No es un abrazo, es una sujeción. Aunque el tiempo se detiene.
Siento su corazón contra mi pecho y el calor de su cuerpo filtrándose.
Mi barbilla queda justo encima de su cabeza. Huelo el frío en su cabello.
Tardo demasiado en soltarla. Mis manos bajan lentamente por sus brazos antes de apartarse. Ella levanta la vista. Ya no puedo fingir que no ocurre nada.
—Aldric —dice ella con un temblor en la voz.
—Se hace tarde —la corto, dando media vuelta—. La nieve empezará a caer antes de que lleguemos al castillo.
Subo a mi montura con movimientos bruscos. El corazón me retumba. He dejado que la distancia se acortara hasta desaparecer. Cabalgamos de vuelta a toda prisa bajo los primeros copos de nieve. Al llegar al patio, me bajo del caballo y, sin ayudarla, entrego las riendas al mozo.
—Llevadlos dentro. Que les den avena —ordeno.
Empiezo a caminar hacia la torre sin mirar si ella me sigue. Necesito paredes entre nosotros.
—¡Aldric! —grita desde el patio.
No me detengo. No puedo. Si me giro ahora y veo su rostro bajo la nieve, volveré a cruzar el patio. Subo las escaleras de dos en dos. Entro en mi despacho y cierro la puerta con un golpe seco. Mis manos tiemblan. Me las miro en la penumbra y recuerdo la calidez de su piel entre mis dedos.
Ya no puedo fingir. El muro se ha caído.
Me quedo allí, en la oscuridad, escuchando sus pasos. Se detienen frente a mi puerta por un segundo. Contengo el aliento. Luego, los pasos siguen hacia sus aposentos.
Suelto el aire en un suspiro que es mitad alivio y mitad agonía.
Me separo de la puerta y camino hacia la ventana.
La nieve empieza a borrar las huellas de los caballos.
Pero sé que nada borrará lo que ha pasado en el bosque.
La distancia ha muerto. Y yo soy el que se ha quedado solo, rodeado por los restos de mi propia defensa.