CAPÍTULO 26
El hacha desciende con un impacto sordo que retumba hasta en mis muelas.
La madera de fresno se parte en dos mitades perfectas y salta sobre el barro helado del patio.
No me detengo. Cojo otro tronco, lo coloco sobre el tocón y vuelvo a descargar el brazo.
Mis músculos arden y el sudor me baja por la nuca a pesar del aire gélido, aunque necesito que el cansancio sea lo único que ocupe mi cuerpo.
—Lleváis ahí desde antes del alba, muchacho —la voz de Mairi llega desde las cocinas—. Vais a dejar el castillo sin leña si seguís a ese ritmo.
No respondo. Cada vez que cierro los ojos, el sabor de Bryndal vuelve a mi boca como una marca de hierro. El hacha vuelve a caer.
—Aldric.
—Tengo trabajo, Mairi —digo sin mirarla.
—Tenéis la cara de un hombre que ha visto al diablo. Entrad a desayunar. Ella ya ha bajado.
El agarre en el mango se vuelve tan fuerte que la madera cruje.
«Ella ya ha bajado». La frase se instala en mi pecho como una piedra.
Clavo el hacha en el tocón con un movimiento seco y me limpio el sudor con el antebrazo.
No quiero entrar. Aunque el hambre y el deber son las únicas correas que mantienen a la bestia en su sitio, y no puedo permitirme romper ninguna más.
Cruzo el patio con zancadas largas y entro en el gran salón.
Ella está allí. Bryndal está sentada a la mesa, de espaldas a la entrada.
No está encorvada ni parece afectada por la fiebre de ayer.
Tiene la espalda recta. Me detengo a tres pasos.
Me siento frente a ella; el ruido de la silla contra la piedra suena como un trueno.
—Buenos días —dice ella. Su voz es tranquila. Demasiado.
—Lo son —respondo. Mi voz es un muro de piedra.
Cojo un trozo de pan y lo parto con las manos. No la miro, aunque la percibo. Percibo el movimiento de su mano, el roce de su ropa y la cadencia de su respiración. Todo en ella es un ruido que no puedo apagar.
—Mairi dice que habéis trabajado duro esta mañana —comenta, dejando la taza con un clic metálico.
—Había leña que cortar.
—Siempre hay leña, Aldric. Aunque no siempre se corta con esa saña.
Levanto la vista. Sus ojos están clavados en los míos, firmes. Ella no huye ni se esconde tras una máscara. Está ahí, sosteniendo lo que ocurrió ayer como si fuera un escudo.
—Es el modo en que hago las cosas —corto.
—Ya veo.
El silencio se estira. Cojo el cuchillo, aunque mis dedos están rígidos. Ella se inclina un poco hacia adelante, invadiendo el espacio de la mesa.
—¿Vais a pasar todo el día evitando mirarme? —pregunta.
—No os estoy evitando.
—Mentís. Casi no habéis probado bocado y vuestra mirada está fija en ese pan como si fuera un enemigo.
Dejo el cuchillo. El metal golpea la madera con un sonido seco. Me obligo a sostenerle la mirada, aunque cada fibra de mi ser me pide que salga corriendo hacia el bosque.
—Lo que ocurrió ayer... —empiezo, sin embargo, las palabras se me atascan.
—Ocurrió —me interrumpe—. No es necesario que busquéis una explicación que no tenéis.
—Fue un error. El cansancio, la fiebre...
—Yo no tenía fiebre cuando os devolví el beso, Aldric. Y vos no parecíais cansado.
Me tenso tanto que el banco cruje. Su franqueza es un ataque directo. Ella saca las cosas a la luz con una impunidad que me aterra.
—No debió ocurrir —sentencio.
—No. Seguramente no.
—No volverá a ocurrir. Lo dije anoche y lo mantengo.
Bryndal se levanta con una parsimonia que me obliga a seguir sus movimientos. Rodea la mesa y se detiene a mi lado. Siento su calor y ese aroma que es puramente ella. Su mano se apoya en el respaldo de mi silla. No me toca, aunque la cercanía es una agresión.
—¿Y qué vais a hacer ahora? —susurra—. ¿Dormir en el suelo de otra habitación? ¿Vigilar mi puerta desde el pasillo?
—Haré lo que sea necesario para mantener el orden.
—Esto no es orden, Aldric. Esto es miedo.
Me levanto de golpe y la silla retrocede con violencia. Me giro hacia ella, quedando tan cerca que veo el desafío en sus pupilas. Mi mano se mueve para apartarla, sin embargo, se detiene en el aire, a escasos centímetros de su brazo. Mis dedos tiemblan. La quiero lejos. La quiero cerca.
—No me habléis de miedo —digo, con la voz rota—. No sabéis nada de lo que hay aquí dentro.
—Sé que me habéis besado como si os fuera la vida en ello. Y sé que ahora me miráis como si fuera a destruiros.
—Podríais —admito.
Bryndal no retrocede. Al contrario, da un paso más y acorta la mínima distancia que quedaba.
Su pecho roza el mío. Es un contacto leve, aunque para mí es una descarga.
No me aparto. Mi cuerpo se niega a obedecer.
Durante un segundo, me quedo atrapado en su gravedad, sintiendo cómo el control se me escurre.
—Entonces dejad que ocurra —dice ella.
—No.
La palabra sale de mi boca con una dureza que no siento. Me obligo a dar un paso atrás y romper el contacto.
—Tengo que ir a las cuadras —digo, recuperando la máscara de piedra—. El semental necesita atención.
—Id, pues. Siempre habrá un caballo que os sirva de excusa.
Salgo del gran salón sin mirar atrás. El beso, lejos de ser un fuego extinguido, es ahora una brasa que lo consume todo.
Ahora sé cómo encaja su boca con la mía.
Llego a las cuadras y el olor a paja me recibe.
Empiezo a cepillar al animal con movimientos mecánicos.
El caballo bufa, inquieto por mi tensión.
—Tranquilo —le digo, aunque es a mí mismo a quien hablo.
Me paso las horas allí. Intento no pensar, aunque mi mente es un campo de batalla. «Esto es miedo». Tiene razón. Es pánico puro. Pánico a que la próxima vez no pueda detenerme.
Regreso al castillo cuando el sol se oculta tras las montañas. Evito el gran salón y subo directamente a mi despacho. Me siento frente a la mesa de roble y abro el libro de cuentas, sin embargo, las letras bailan. Oigo sus pasos en el piso de arriba. Sé exactamente dónde está.
Llaman a la puerta.
—Adelante —digo, recuperando la voz de mando.
Es Mairi. Trae una bandeja con una jarra de cerveza. Me mira con esos ojos que parecen saberlo todo.
—Ella ha cenado en su cuarto —dice Mairi.
—Está bien.
—No lo está, Aldric. No podéis seguir así.
—No sé de qué habláis.
—Sabéis perfectamente de qué hablo. Sois un Blackthorn, aunque os empeñéis en parecer de piedra.
—Salid, Mairi.
La mujer suspira y sale. Me quedo solo con la cerveza y el silencio. El beso no ha sido una liberación, sino la apertura de una herida que creía cerrada. Ahora sé lo que estoy pidiendo. Ahora sé lo que nunca podré tener de forma limpia.
Me levanto y salgo al pasillo. Mis pies me llevan hacia su habitación. Me detengo frente a la madera oscura. No hay ruido. Acerco la mano al picaporte, pero me detengo. El control es una membrana delgada que se tensa hasta doler. Si entro, no habrá marcha atrás.
Retiro la mano como si la madera quemara. Me doy la vuelta y camino hacia las escaleras que bajan al patio. Esta noche volveré a dormir fuera. Volveré al frío, a cualquier lugar donde el aroma de Bryndal no pueda alcanzarme.
Mientras cruzo el patio, sé que esto no puede ignorarse. El beso no ha sido el final de nada, sino el principio de una guerra interna. Porque ella tiene razón. Esto es miedo. Y el miedo no deja de arder hasta que solo quedan cenizas.
Me siento en el banco de piedra del patio, con la espalda apoyada contra el muro frío. La noche es larga. El frío de fuera no es nada comparado con el que siento aquí dentro, en el lugar donde solía estar mi voluntad.