CAPÍTULO 25
El roce de la manta contra mi piel me escuece; una caricia áspera que me recuerda que la fiebre ha bajado, aunque el frío del castillo sigue ahí, agazapado en las esquinas.
Aldric no se mueve. Está sentado en el borde del colchón, de espaldas a mí, y su columna es una línea de piedra que divide la habitación.
El calor que emana de él llega a ráfagas.
—No deberíais estar incorporada —dice sin volverse. Su voz es un gruñido bajo.
—Me cansa estar tumbada —respondo. Mi voz suena firme, despojada de la debilidad de los últimos días.
—El cansancio es el aliado de la enfermedad.
—Y el silencio es el vuestro, Aldric.
Él tensa los hombros y la tela de su túnica se estira sobre los músculos. No hay respuesta. Me deslizo por el colchón hasta que la punta de mis dedos roza su costado. Él se estremece, pero no se aparta. Es una victoria silenciosa.
—Tenéis la piel fría —murmuro, dejando que mi mano repose sobre su túnica.
—Es el aire de la noche —responde, aunque su respiración se ha vuelto pesada.
—Acercaos. El sanador dijo...
—Sé lo que dijo el sanador, Bryndal. No necesito que me recordéis mi deber.
—¿Es solo deber? —le pregunto, acercándome más, hasta que mi hombro toca su brazo.
Él deja de respirar. Durante un segundo, el único sonido es el crepitar de la leña muriendo en el hogar. Aldric es un bloque de granito, una defensa que se niega a ceder.
—Si fuera otra cosa, no estaría aquí sentado esperando a que cerréis los ojos —dice al fin, girando levemente la cabeza, aunque sigue sin mirarme directamente.
—Podríais haberme dejado con Mairi. Ella sabe cuidar enfermos mejor que vos.
—Mairi tiene otras tareas.
—Mairi quería que os quedarais. Y vos también.
Aldric suelta una carcajada seca, un sonido sin rastro de humor. Se gira por completo y sus ojos encuentran los míos. Hay una oscuridad en ellos que no pertenece a la habitación; una tormenta interna devastadora.
—No sabéis lo que decís —susurra. Su rostro está a escasos centímetros y veo la cicatriz que le cruza el pómulo.
—Lo sé.
—No. Creéis que este castillo es un refugio, pero para mí es una jaula. Y vos... vos estáis caminando demasiado cerca de los barrotes.
—Entonces abrid la puerta —le reto, sosteniéndole la mirada.
Aldric aprieta la mandíbula. Sus manos, apoyadas en el colchón, se cierran en puños. La distancia ha desaparecido; siento el calor de su aliento y el ritmo errático de su pecho. No hay suavidad; solo una tensión que vibra como una cuerda de arco tensada hasta el límite.
—Os advertí que no me tocarais —dice, y su voz baja una octava, volviéndose peligrosa.
—Y yo os dije que no os tenía miedo.
—Deberíais. Deberíais salir de esta cama y no volver hasta que yo no esté en ella.
—No me voy a mover, Aldric.
Él lanza un gruñido y el control se hace añicos. Su mano se dispara hacia delante, sus dedos se enredan en mi pelo con una firmeza que me obliga a echar la cabeza hacia atrás, y sus labios chocan con los míos con una fuerza que me deja sin aire.
El beso no es una caricia; es una colisión.
Es brusco, desesperado, cargado de una necesidad que Aldric no sabe cómo nombrar.
Sus labios son ásperos, calientes, y me presionan con una urgencia que me hace gemir.
No hay romance; solo la pérdida absoluta del control de un hombre que se prohíbe desear.
Es breve. Intenso. Una ruptura que deja el aire cargado.
Aldric se aparta con la misma violencia con la que me ha buscado. Su mano desaparece de mi cabello y se levanta de la cama con un movimiento tan rápido que parece que el contacto físico le produce dolor. Se queda de pie, de espaldas, con los hombros subiendo y bajando en una respiración agitada.
Nadie dice nada. El silencio es ahora una barrera física.
—Idos —dice al fin. Su voz es un susurro con el peso del hierro.
—Aldric...
—He dicho que os vayáis, Bryndal. O me iré yo.
Me quedo inmóvil observando su espalda. Sus puños siguen apretados y puedo ver cómo tiembla. No es frío. Es el pavor de un hombre que descubre que su mayor enemigo está dentro de su propia piel.
—No volverá a ocurrir —sentencia sin volverse. Sus palabras son hachazos.
—No —respondo, simplemente.
No es una aceptación. Es el eco de su propia mentira. Ambos sabemos que el equilibrio se ha quebrado. Aldric camina hacia la puerta con pasos pesados.
—Mañana enviaré a Mairi para que os ayude con vuestras cosas —dice desde el umbral—. No os quiero en esta habitación por la noche.
—Entendido.
La puerta se cierra con un chasquido seco que resuena como un disparo. Me quedo sola, con el sabor de su desesperación en mis labios y el calor de su cuerpo desvaneciéndose en las sábanas. Me toco la nuca, allí donde sus dedos me sujetaron, y cierro los ojos.
Aldric Blackthorn ha huido, pero el rastro de su pérdida de control se ha quedado aquí. Esto ya no tiene vuelta atrás. La bestia ha roto su cadena, y aunque intente volver a ponérsela mañana, ya sabe que el hierro es más débil de lo que creía.