EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El estruendo de la pesada mesa de madera, arrastrada por los siervos contra las losas del salón, retumba en mis sienes y agrava la tensión que me atenaza el cuello desde el alba.

No hay calma en Blackthorn este día. El movimiento es constante; una coreografía de hombres cargando sacos y mujeres organizando el lino.

Me detengo frente al gran hogar y aprieto el pomo de mi daga con una fuerza que hace que el cuero de mi guante cruja.

—Las cuentas del grano no cuadran, Aldric —la voz de Bryndal me alcanza por la espalda y me obliga a cerrar los ojos un momento antes de enfrentarla.

Me giro con lentitud. Ella está allí, de pie junto a la mesa, con rollos de pergamino desplegados y una pluma en la mano. No hay rastro de la flaqueza de ayer. Viste una túnica de lana azul oscuro, cerrada hasta la garganta, que la integra en las sombras del salón.

—Geordie se encarga de los graneros —respondo, y mi voz suena más bronca de lo habitual; una advertencia que ella decide ignorar.

—Geordie sabe contar hombres y espadas, aunque no fanegas de trigo —replica, señalando el papel con un gesto seco—. Faltan suministros en la lista del ala norte. Si no lo corregimos ahora, pasaremos hambre antes de que el invierno termine.

Me acerco. No es una decisión meditada, sino la necesidad de imponer mi autoridad sobre esos papeles. Me detengo al otro lado de la mesa, aunque Bryndal no se queda allí. Rodea el mueble y se sitúa a mi lado, obligándome a inclinarme sobre el pergamino.

Su hombro queda a escasos centímetros del mío. El calor que desprende me golpea de nuevo y atraviesa mis ropajes. Noto el vello de mis brazos erizarse bajo el jubón.

—Aquí —dice ella, señalando una cifra—. El margen es demasiado estrecho.

—El margen es el que hay —suelto, y me obligo a no mirar sus dedos, que están demasiado cerca de mi mano enguantada—. Blackthorn siempre ha sobrevivido con lo justo. No necesito que una Fyrdan gestione mis reservas.

—No os digo cómo gestionarlas —responde, girándose hacia mí. La proximidad es ahora peligrosa—. Os digo que los números no mienten. A diferencia de los hombres.

La miro directamente. Bryndal no baja la vista. Sus pupilas reflejan el brillo del fuego que arde a nuestras espaldas. La tensión en el aire es casi sólida. Mi cuerpo se niega a retroceder. Debería apartarme, dar un portazo e irme a las cuadras, sin embargo, mis botas parecen clavadas al suelo.

—¿Es eso lo que creéis? —murmuro, y el sentido de mis palabras pesa más que cualquier cifra—. ¿Que los hombres mienten por costumbre?

—Creo que algunos hombres mienten con el silencio —dice, y su voz baja un tono—. Se esconden tras muros y guantes, esperando que nadie note que el frío que tanto pregonan no es tal.

Me tenso. Mis músculos se vuelven rígidos.

Su mano se mueve sobre la mesa buscando un nuevo pergamino y sus dedos rozan el borde de mi manga.

Es un contacto de apenas un segundo, una chispa que me recorre el brazo y se instala en la nuca.

No aparto el brazo de inmediato. Tardo un latido de más; un tiempo que delata mi falta de control.

—No busquéis lo que no hay, Bryndal —le advierto, y mi respiración se vuelve pesada—. Ya habéis visto suficiente.

—He visto lo que habéis permitido —responde ella, dando un paso más. Ahora no hay espacio—. Y lo que permitisteis anoche no fue silencio.

—Anoche fue la fiebre —suelto con brusquedad, logrando finalmente dar un paso atrás, aunque la sensación de vacío que deja su cercanía me golpea—. Nada más.

—La fiebre os mantuvo en el lecho, Aldric. Aunque no fue la fiebre la que os impidió iros cuando despertasteis —dice ella, manteniendo su posición.

La puerta del salón se abre de golpe y deja entrar una ráfaga de aire helado. Mairi entra cargando una bandeja con jarras de cerveza. Su mirada recorre la distancia mínima que nos separa y luego se fija en mi rostro.

—El herrero pregunta por vos, mi señor —dice Mairi—. Dice que el hierro para las nuevas saeteras está listo.

—Iré ahora mismo —respondo, agradeciendo la interrupción.

Intento pasar junto a Bryndal para salir, sin embargo, el salón es estrecho en ese punto.

Ella no se mueve. Me obligo a pasar rozándola y siento la fricción de su hombro contra mi pecho; una caricia involuntaria que me hace apretar los puños hasta que los nudillos me duelen.

Ella se queda allí, inmóvil, observándome partir.

Salgo al patio con el corazón tronando. El frío de la lluvia debería haberme calmado, aunque solo sirve para recordarme que el calor de Bryndal sigue impregnado en mi piel. Camino hacia la forja con pasos erráticos.

«No podéis volver atrás».

Me detengo frente al yunque y observo el metal incandescente que Geordie golpea con fuerza.

Las chispas saltan. Me quedo allí, de pie, sintiendo la frustración quemándome.

No es el hierro lo que me preocupa, ni el grano.

Es la conciencia de que ya no hay muros lo suficientemente altos para protegerme de ella.

Regreso al salón horas después y ella sigue allí.

Ha encendido más velas. No está trabajando; está sentada frente al fuego, con la mirada perdida en las llamas.

Me detengo en la sombra del arco. La tensión se ha transformado en una necesidad sorda que me empuja a acercarme a pesar de mis advertencias.

Mis botas crujen. Ella no se gira, aunque su espalda se endereza un milímetro.

—El herrero ha terminado —digo, y mi voz suena extraña en el salón vacío.

—Me alegra saberlo —responde ella sin mirarme—. Blackthorn estará bien defendido.

—Siempre lo está.

Camino hacia ella impulsado por una voluntad que ya no reconozco.

Me detengo justo detrás de su silla. Podría alargar la mano y tocar su cabello.

Mi mano se eleva y los dedos enguantados se abren un centímetro buscando el contacto.

Bryndal se inclina hacia delante para atizar el fuego y el movimiento rompe la trayectoria de mi mano.

Me quedo con el brazo suspendido hasta que ella se vuelve.

—¿Queríais algo, Aldric? —pregunta, mirándome desde abajo.

Su rostro está a la altura de mi cintura. La luz del fuego acentúa la curva de sus labios. La frustración me golpea. Estoy tan cerca que puedo ver el pulso en su garganta.

—Nada —suelto, y la palabra suena como una mentira flagrante—. No quiero nada.

Giro sobre mis talones y salgo del salón con una brusquedad que hace que la antorcha vacile. Subo directamente a las almenas, bajo la lluvia que ahora cae con fuerza. Me quedo apoyado en la piedra mojada. Mis manos tiemblan bajo el cuero. El control se está desmoronando, piedra a piedra.

La tensión no se ha resuelto. Se ha quedado allí, junto al fuego, esperando a que la noche vuelva a encontrarnos. Y sé que la próxima vez que estemos tan cerca, no habrá pergaminos que me salven de lo que mis manos gritan por hacer.

Permanezco en la lluvia mientras el agua me cala, aceptando que el puente hacia mi soledad se ha roto definitivamente. El impacto de mi mano contra la piedra es seco y no alivia el fuego que Bryndal ha encendido bajo mi piel.