EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La luz del amanecer se filtra por la aspillera con una palidez que tiñe de un gris ceniciento las piedras de la alcoba.

El frío regresa con fuerza y reclama el espacio que el fuego, ahora reducido a brasas mortecinas, abandonó durante la noche.

Me encuentro inmóvil, con los ojos abiertos, observando las motas de polvo.

El peso del cuerpo de Bryndal contra mi costado es una presencia grabada en mi piel a través de las capas de lana y cuero; una marca de calor que persiste a pesar de la escarcha.

Ella sigue dormida, o quizás finge estarlo.

Su respiración es ahora más lenta, más profunda, despojada de la urgencia de la fiebre que nos encadenó en la oscuridad.

Siento la presión de su hombro contra mi brazo y el roce de su cabello en mi cuello.

Cada punto de contacto es una alerta que suena con un eco sordo en el vacío de mi pecho.

Empiezo a moverme. Es un proceso milimétrico, una retirada calculada para no romper el silencio.

Deslizo mi brazo hacia fuera y siento cómo el frío reclama el espacio que ocupaba su calor.

Me incorporo con una lentitud que hace que mis articulaciones crujan.

No la miro. Mantengo la vista fija en la puerta de madera, en el hierro del pestillo, en cualquier lugar que no sea el rostro de la mujer que pasó la noche refugiada en mí.

Me pongo en pie y la cama cede. Bryndal se mueve. Escucho el roce de las pieles y el suspiro que exhala al notar la ausencia de calor. Me quedo de espaldas a ella, con las manos cayendo a los costados, sintiendo el peso de los guantes de cuero que no me he quitado en toda la noche.

—La fiebre ha remitido —murmuro. Mi voz sale áspera y golpea las paredes desnudas con una sequedad que me resulta extraña tras el susurro de la madrugada.

—Sí —responde ella. Su voz es apenas un hilo, aunque tiene una claridad que confirma que ya no está perdida en el delirio—. El frío se ha ido.

Me giro lo justo para verla por el rabillo del ojo. Ella se ha incorporado, apoyándose en los codos. No hay reproche en su mirada, ni esa chispa de triunfo que me obligaría a levantar los muros con violencia. Solo hay una observación silenciosa.

—Debéis descansar —suelto, y camino hacia la mesa de noche para recoger el cinturón con la daga—. Mairi vendrá en breve con comida caliente.

—Lo haré —dice ella, sin moverse del lecho—. ¿Vais a la frontera?

—Hay patrullas que revisar —respondo, ajustando la hebilla con dedos que se niegan a temblar—. Los hombres esperan órdenes. No puedo quedarme aquí más tiempo del necesario.

—Lo entiendo —replica.

La brevedad de su respuesta genera un vacío.

Me quedo quieto en mitad de la estancia con el peso de la daga golpeando contra mi muslo.

Sé que debería salir. Cada segundo que permanezco en este espacio compartido es una concesión que no puedo permitirme.

Sin embargo, mis botas se sienten pesadas, ancladas a las losas por un hilo invisible que se tensa con cada una de sus respiraciones.

Camino hacia la puerta, aunque al llegar al umbral me detengo.

No es un pensamiento lo que me frena; es una reacción física, un nudo en la boca del estómago que me impide cruzar el marco de madera.

Me vuelvo medio segundo. Ella sigue allí, pequeña entre las pieles, observándome con una quietud perturbadora.

—Aldric —pronuncia mi nombre, y el sonido parece vibrar en las cicatrices de mis muñecas.

No respondo. Me limito a apretar la mandíbula hasta que el dolor me distrae de la urgencia de decir algo. Salgo de la habitación y cierro la puerta con una firmeza excesiva. El pestillo encaja con un golpe final que suena a sentencia.

El corredor está sumido en una penumbra gélida.

Camino hacia el gran salón escuchando el eco de mis botas contra la piedra.

El castillo despierta con los ruidos habituales: el crepitar de los fuegos, el metal golpeando en el patio, las voces bajas de los sirvientes. Aunque para mí todo suena amortiguado.

Al llegar al patio, el aire del norte me golpea la cara. Inspiro profundamente para que el frío limpie el rastro del olor a lavanda que todavía se aferra a mi ropa. Me acerco a las cuadras buscando la soledad.

Mairi está allí, supervisando el forraje. Se detiene cuando me ve pasar y se apoya en su bastón.

—Habéis madrugado, mi señor —dice la anciana—. ¿La señora está bien?

—La fiebre ha bajado —respondo, sin detener o aminorar el paso—. Aseguraos de que no se levante antes de tiempo.

—Ella no es mujer de quedarse quieta cuando el sol ya está alto —replica Mairi, siguiendo mis pasos—. Aunque supongo que hoy tendrá motivos para guardar reposo.

No respondo a la provocación. Entro en el establo y empiezo a ensillar a mi semental con movimientos bruscos; tenso las cinchas con una fuerza que hace que el animal bufe inquieto. Mis manos, dentro de los guantes, se mueven con precisión mecánica.

«Esto no puede deshacerse».

La frase se repite en mi mente. Haber pasado la noche en esa cama, haber permitido que su calor se mezclara con el mío, ha alterado la disposición de las piedras de Blackthorn.

Ya no soy el laird que observa desde la distancia; soy el hombre que ha cedido el terreno más sagrado que posee: su propia soledad.

Salgo al patio montado y siento la mirada de mis hombres sobre mí. Geordie se acerca.

—La patrulla del este ha informado de movimientos en el bosque, Aldric —dice, observando mi rostro—. ¿Vais con nosotros?

—Vais a ir vosotros —ordeno, y mi voz suena como un trueno—. Yo revisaré las defensas del muro norte. Solo.

Geordie asiente, confundido por el cambio de planes, aunque no se atreve a preguntar.

Me alejo hacia la muralla buscando la elevación que me permita ver el horizonte sin cruzarme con nadie.

Me quedo quieto, con las manos apoyadas en las almenas frías.

La piedra está húmeda y el frío se filtra a través del cuero de mis guantes.

Necesito ese dolor sordo para recordarme quién soy.

Puedo ver la ventana de la alcoba de Bryndal desde allí.

No hay movimiento tras los cristales, sin embargo, sé que ella está allí, habitando el espacio que yo acabo de abandonar.

La distancia entre nosotros es de apenas cincuenta varas, aunque se siente como un abismo infranqueable que ella ha empezado a llenar.

Aprieto la mandíbula hasta sentir un sabor metálico. No puedo borrar el recuerdo de su mano buscando la mía en la oscuridad, ni la forma en que mi cuerpo se relajó ante su proximidad. He permitido una grieta en mi blindaje y ahora el mundo exterior entra con una voracidad que no sé cómo detener.

Un sirviente pasa cargando leña. Me observa un segundo antes de bajar la cabeza. Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo allí parado, como una estatua que ha olvidado su propósito. Me obligo a moverme, a caminar por el adarve y revisar cada saetera con minuciosidad.

Vuelvo al interior del castillo cuando el sol ya está en su cenit, aunque evito el gran salón. Me encierro en mi estudio, rodeado de mapas que no logro leer. El silencio de la habitación es diferente ahora; ya no es un refugio, sino una celda que me recuerda lo que he perdido.

Escucho pasos en el corredor. Sé que es ella antes de que se detengan frente a mi puerta.

No llama. No intenta entrar. Se queda allí un momento; una presencia silenciosa que pesa más que todos los muros de Blackthorn.

Siento la tensión en mi cuello y mi respiración se corta mientras espero un sonido que no llega.

Finalmente, los pasos se alejan.

Me quedo mirando la puerta cerrada con las manos sobre la madera.

Mis nudillos están blancos por el esfuerzo de no moverme, de no abrir esa puerta.

Sin embargo, no lo hago. Mantengo la distancia como si fuera mi única defensa, sabiendo que es una defensa rota, un escudo astillado que ya no puede protegerme de la verdad.

Esto no es un avance. Es la constatación de que las sombras que me habitan ya no están solas, y que la mujer que duerme en la habitación contigua ha descubierto que, bajo el hierro y el cuero, todavía queda algo que puede ser herido.

La noche vuelve a caer y el frío regresa, aunque esta vez no hay fiebre que justifique la proximidad.

Me quedo en la penumbra de mi estudio observando cómo la luz se retira de los mapas, aceptando que la distancia que nos separa ahora es mucho más peligrosa que el contacto que compartimos.

Porque ahora, cada centímetro de espacio vacío es un recordatorio de lo que no puede volver a ser: un hombre que no necesita a nadie.