EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La penumbra de la alcoba se espesa con el avance de la noche, apenas interrumpida por el resplandor agónico de los troncos que se consumen en el hogar.

El viento golpea contra los muros de piedra de Blackthorn con una saña que parece querer arrancar los cimientos, aunque aquí dentro el aire es denso, cargado con el olor acre de la infusión de corteza de sauce.

Me mantengo de pie junto a la ventana, con los hombros bloqueados y las manos hundidas en el cinto, observando cómo la silueta de Bryndal se agita bajo las mantas de piel.

Mairi ajusta el embozo de la cama con una parsimonia que me obliga a apretar los dientes. Finalmente, la anciana se endereza.

—La fiebre no ha bajado, mi señor —murmura, recogiendo el cuenco vacío—. Avisad si empeora.

—No empeorará —respondo. Mi voz suena como el roce de metal frío contra la piedra.

Mairi asiente despacio y desliza sus pasos hacia la puerta.

Escucho el clic suave del pestillo al cerrarse.

El silencio que queda es una presión física que se instala en mis pulmones.

Debería irme. Mi cámara está a unos metros, separada por un corredor.

Sin embargo, mis botas parecen haberse fundido con las losas del suelo.

Bryndal suelta un quejido pequeño y se encoge bajo las pieles.

Un temblor recorre su cuerpo, visible incluso bajo el grosor de las mantas.

Me acerco a la cama con pasos mecánicos.

Me detengo en el borde del jergón y observo la palidez de su rostro y el brillo del sudor en sus sienes.

Alargo la mano enguantada y tiro de la manta de lana para cubrirle el hombro.

El cuero negro roza brevemente la piel de su cuello; un contacto que me hace tensar la mandíbula hasta el punto del dolor.

Ella no abre los ojos, aunque el contacto parece atraerla hacia la superficie de su consciencia.

—¿Aldric? —su voz es un hilo de aire.

—Descansad —replico, manteniendo la vista fija en la pared.

—Hace frío —murmura. Sus dedos emergen de debajo de la colcha y buscan algo a ciegas hasta que encuentran el borde de mi túnica. Se aferran a la tela con una fuerza mínima, aunque suficiente para anclarme al sitio—. No os vayáis.

Me quedo rígido, con los pulmones bloqueados.

Podría haberme soltado con un movimiento suave, podría haber dado media vuelta y dejado que el fuego hiciera su trabajo.

No obstante, el temblor que recorre su mano se transmite a través de la túnica hasta mi propia piel.

Es una vibración que mi cuerpo reconoce con urgencia.

No me suelto. Me siento en el borde del lecho y el peso de mi cuerpo se hunde en el colchón.

Ella exhala un suspiro largo y se arrastra hacia el calor que desprendo hasta que su frente roza mi muslo.

Pasa el tiempo, marcado solo por el crepitar de las brasas.

La rigidez de mi espalda empieza a convertirse en un dolor sordo, aunque no me muevo.

Observo sus dedos enganchados en mi ropa.

Finalmente, con una lentitud que me tortura, levanto las piernas y me tumbo sobre las pieles, por encima de las mantas.

No me quito las botas. No me quito los guantes.

Me mantengo de espaldas a ella, con el cuerpo tenso, ocupando el mínimo espacio posible.

Bryndal no espera. En su delirio busca la fuente de calor con una persistencia animal.

Se gira hacia mí y apoya la espalda contra mi costado, hundiéndose en el espacio que mis costillas dejan libre.

Puedo sentir el fuego de su fiebre a través de las capas de mi túnica.

Mi respiración se detiene. Mis manos se cierran en puños bajo el cuero; siento el latido acelerado de mi propio pulso en las muñecas, justo donde las marcas de las cadenas parecen quemar. Estoy fuera de mi control habitual.

—Aldric —susurra de nuevo, con la mejilla apoyada contra mi hombro.

—Callad —respondo, y mi voz suena extraña, más profunda.

Ella no obedece, aunque se queda quieta, finalmente relajada por la presencia física.

El calor compartido empieza a filtrarse entre nosotros; una necesidad física que anula cualquier advertencia de mi memoria.

No es el contacto que precede al dolor. Es otra cosa.

Me quedo mirando la oscuridad del techo con el cuerpo tan rígido que cada articulación me pasa factura.

Estamos acostados, unidos por una línea de calor en mitad de un castillo de piedra helada.

El silencio es absoluto, salvo por el viento y nuestras respiraciones que, poco a poco, buscan un ritmo común.

Ella se acomoda más, buscando el centro de mi pecho con su mano fría, y yo no la aparto.

Mi brazo derecho se queda suspendido, tentado a rodearla, aunque lo mantengo pegado al colchón.

El pulso me golpea en las sienes con violencia.

La luz de las brasas se extingue y deja la habitación sumida en una negrura que solo Bryndal habita con naturalidad.

Yo sigo despierto, con los ojos abiertos, sintiendo cómo cada centímetro de mi piel responde a la proximidad de la suya.

No hay palabras ni promesas. Solo existe ese espacio robado a la noche y al miedo, donde la bestia no destruye porque el calor de Bryndal ha encontrado una grieta en su acero.

Me quedo allí protegiendo su sueño con mi propia vigilia, sabiendo que mañana volveré a levantar los muros, aunque esta noche, las cadenas no son de hierro, sino de carne y fiebre.