EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El viento del norte golpea los muros de Blackthorn con una saña renovada, silbando a través de las aspilleras y arrastrando el frío hacia el interior de los corredores de piedra.

Me detengo en el rellano de la escalera principal y ajusto los guantes de cuero negro sobre mis muñecas; siento la rigidez habitual en mis hombros mientras el castillo despierta bajo una luz grisácea.

Nada en la rutina parece diferente, aunque el aire se siente cargado, como si la piedra misma estuviera reteniendo el aliento.

Bajo los escalones con la mirada fija en el suelo y evito los saludos de los criados.

Al llegar al gran salón, el fuego apenas empieza a cobrar fuerza bajo la vigilancia de Mairi.

Bryndal está allí, sentada en uno de los bancos laterales.

Ella no levanta la vista cuando entro. Sus dedos rodean una taza de metal con una fijeza que me obliga a detener mi avance.

No se mueve con la agilidad de los días anteriores; hay una lentitud en la caída de sus hombros y una palidez que no encaja con la mañana.

Se lleva la taza a los labios, aunque no bebe.

Se queda mirando el vapor con los ojos entornados y la respiración agitada.

Me quedo inmóvil a tres pasos de la mesa. El espacio entre nosotros es una frontera que ella ha cruzado demasiadas veces, sin embargo, hoy parece haber levantado un muro invisible de cansancio. Mis manos se cierran en puños bajo el cuero.

Mairi deja el atizador y se acerca a ella. La anciana no me mira; sus ojos están clavados en el perfil de Bryndal.

—Tenéis frío, mi señora —dice Mairi. Su voz no es una pregunta, sino una constatación seca.

Bryndal parece reaccionar con retraso. Gira la cabeza y esboza una sonrisa que no llega a iluminar sus ojos.

—No es nada, Mairi —responde, y su voz suena un poco más ronca—. El castillo es grande y la humedad de ayer todavía persiste en las losas.

—Sí lo es —replica Mairi, alargando una mano para rozar el dorso de la suya—. Vuestras manos están como el hielo. Y vuestras mejillas tienen un brillo que no es por el fuego.

—Solo necesito caminar un poco por el patio —insiste Bryndal, haciendo el amago de levantarse. Vacila un segundo y apoya la mano libre en la madera para recuperar el equilibrio—. El aire fresco me despejará.

—No vais a ir a ninguna parte, señora —dice Mairi, interponiéndose con esa autoridad que solo ella se atreve a ejercer—. Lo que necesitáis es volver al lecho y que os prepare una infusión de corteza de sauce.

—He dicho que estoy bien —murmura Bryndal, aunque esta vez hay una nota de debilidad que hace que mis propios músculos se contraigan.

Doy un paso al frente, saliendo de las sombras del arco.

Mairi se aparta lo justo para que mi mirada caiga directamente sobre Bryndal.

No busco explicaciones. Me limito a observarla con la fijeza de un centinela evaluando una brecha en la muralla.

Noto el temblor en sus dedos y la forma en que evita sostenerme la mirada.

Ella se obliga a mirarme. Sus ojos, antes desafiantes, ahora parecen desenfocados, velados por una bruma que intenta disimular.

—Aldric —murmura, y mi nombre suena como un suspiro—. No hagáis caso a Mairi. Ya sabéis que le gusta ver peligros donde solo hay una mala noche.

Me mantengo rígido, con los pies plantados en la piedra. El silencio se prolonga. Mi respiración es lenta, rítmica, contrastando con la suya, que es corta. Siento la urgencia de salir al patio, aunque mis pies se niegan a moverse hacia la salida.

—Estoy bien —repite, aunque su voz flaquea.

—No lo estáis —respondo. Mi voz sale seca; una orden disfrazada de observación.

Bryndal intenta sostener mi mirada un segundo más, sin embargo, termina bajándola hacia su taza vacía. El fuego resalta la palidez de sus sienes y el sudor fino que empieza a perlarlas.

—Solo es un poco de frío —insiste, tratando de levantarse de nuevo. Sus movimientos son torpes.

—He dicho que no lo estáis —repito, y esta vez doy otro paso e invado su espacio.

Me detengo justo frente a ella. Noto el calor que emana de su piel, una temperatura que desafía la frialdad de la piedra.

Mairi nos observa desde un lado en silencio.

Mi mano se eleva un milímetro antes de que la obligue a regresar a mi costado.

No puedo tocarla, no allí, aunque la necesidad de evitar que se desplome se vuelve una presión física en mis pulmones.

—Quedaos dentro —ordeno, y mi tono no admite réplica. No hay preocupación, solo la autoridad de quien dicta una sentencia necesaria.

—No hace falta, tengo cosas que hacer en las cocinas y... —empieza, aunque su voz se apaga cuando el mareo la obliga a sentarse de nuevo con un golpe seco.

—He dicho dentro —insisto. La miro directamente a los ojos y la obligo a ver que mi paciencia no tiene nada que ver con la cortesía.

Bryndal aprieta los labios, una chispa de su antiguo orgullo asomando entre la neblina de la fiebre, aunque la flaqueza es más fuerte que su voluntad. Asiente despacio; una rendición necesaria.

—Mairi —digo sin apartar la vista de ella—, aseguraos de que el fuego de su alcoba no se apague. Y que no salga de allí hasta que yo lo diga.

—Así se hará, mi señor —responde Mairi, ayudando a Bryndal a ponerse en pie.

Me quedo de pie en mitad del salón mientras Mairi guía a Bryndal hacia la escalera.

Observo cómo suben peldaño a peldaño y veo cómo Bryndal se apoya en el hombro de la anciana.

Mis manos siguen cerradas en puños, mis hombros bloqueados.

La rigidez en mi pecho no disminuye incluso cuando desaparecen tras el recodo del corredor.

No me muevo hacia el patio. No voy a buscar a mis hombres.

Me quedo allí, frente a la mesa vacía, escuchando el crepitar de los troncos y el viento que azota los muros.

El castillo se siente ahora más grande, sin embargo, la presencia de ella se queda impregnada en el aire frío, una marca que no puedo ignorar.

Giro la cabeza hacia la escalera vacía. Algo ha cambiado en la disposición de las piedras de Blackthorn esa mañana.

No doy una orden de guerra ni defiendo una frontera, aunque la decisión de quedarme y vigilar desde las sombras lo que ocurre en esa alcoba se siente como la batalla más peligrosa que he librado en veintidós años.

Mairi regresa al cabo de unos minutos. Baja las escaleras con lentitud y se detiene al pie, observándome con esa fijeza que siempre parece exigir una respuesta que no estoy dispuesto a dar.

—Ya está instalada —dice Mairi—. La fiebre está subiendo, aunque la infusión ayudará.

—Aseguraos de que no le falte nada —respondo. Mi voz suena profunda.

—No le faltará —replica Mairi—. Aunque recordad que el calor de una hoguera no siempre es suficiente cuando el frío viene de dentro.

La veo alejarse y me quedo solo frente al fuego. La sensación de que ya no puedo ser solo el laird que vigila los muros se asienta en mi estómago como un peso. Ella está vulnerable, y yo, por primera vez, no tengo una armadura que me proteja de la necesidad de ser su escudo.