CAPÍTULO 20
El olor a metal y a tierra mojada se desprende de mi túnica con cada movimiento e impregna el aire viciado de la sala de curación.
Me despojo de la prenda con una lentitud que me arranca un gruñido sordo; el lino se ha pegado a la piel por la sangre que empieza a secarse.
No es una herida profunda, apenas un corte largo en el costado izquierdo, aunque el frío de la tarde hace que el músculo se contraiga.
Me siento en el banco de madera y apoyo los antebrazos sobre las rodillas. Mis manos, todavía enfundadas en el cuero negro de los guantes, cuelgan pesadas. No me los quito. Nunca lo hago en presencia de otros.
Escucho el roce de una saya contra el suelo de piedra. Mairi ha dejado el cuenco con agua tibia y los paños sobre la mesa. Se retira a las sombras del fondo y observa en silencio.
Bryndal se acerca. Sus pasos son decididos. Se detiene a un palmo de mí. Noto el calor que emana de su cuerpo, una temperatura que choca contra mi piel desnuda y me obliga a elevar los hombros de forma defensiva.
—Mairi —murmura sin apartar los ojos de mi costado—, el ungüento de caléndula y la raíz de consuelda.
—Aquí están, señora —responde la anciana, dejando los tarros antes de dar un paso atrás.
Bryndal no me pide permiso ni me lanza una mirada de reproche.
Coge el paño húmedo y se arrodilla a mi lado.
Puedo oler la lavanda que usa y la frescura del aire que todavía se aferra a su cabello.
Levanta la mano. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Mis pulmones se bloquean y los músculos de mi espalda se vuelven rígidos como el granito.
Mis dedos se clavan en la madera del banco. Espero la presión y el dolor.
Aunque Bryndal solo roza el borde de la herida con el lino húmedo.
El contacto es tan ligero que casi parece una alucinación. Me obligo a no apartarme. Me quedo inmóvil, con la mirada fija en la pared de piedra, contando los segundos para mantener el ritmo de mi respiración.
—Está sucio —dice en voz baja. Es una constatación física—. Si no limpio el metal de la piel, se cerrará en falso.
—Haced lo que tengáis que hacer —respondo, y mi voz suena como el roce de dos espadas oxidadas—. Aunque hacedlo con presteza.
Ella no responde. Humedece de nuevo el paño y presiona con firmeza sobre el corte. El escozor me arranca una respiración entrecortada, aunque no me muevo. Noto sus dedos sosteniendo el lino con una seguridad que me descoloca. Me toca como si fuera piel. Solo piel.
El silencio se vuelve denso, cargado por el sonido de mi respiración y el chapoteo suave del agua. Mairi se mantiene como una sombra en el fondo. Bryndal deja el paño y toma el tarro del ungüento. Sus movimientos son lentos. Antes de aplicar la medicina, su mirada se desvía.
Veo en sus pupilas lo que mira. Mi espalda está expuesta a la luz que entra por las aspilleras.
Las marcas de los latigazos cruzan mi piel en ángulos imposibles; relieves blancos que el tiempo no ha podido alisar.
Espero la pregunta con la tensión acumulada en la nuca, listo para soltar una respuesta cortante. Aunque Bryndal no pregunta nada.
Extiende la mano y, antes de tocar la herida, desliza sus dedos por una de las cicatrices antiguas que me cruza el hombro.
Me quedo quieto. El aire se detiene en mi garganta. Siento el calor de su yema recorriendo el tejido cicatrizado. No me aparto. Mi cuerpo se queda anclado al banco.
—Eso no os hace peligroso —murmura.
—Sí lo hace —respondo, y mi propia voz me resulta ajena—. Estas marcas son lo que quedó después de que aprendiera a destruir.
—Estas marcas son lo que sobrevivió —replica sin retirar la mano.
Su dedo sigue ahí, en mi hombro. Ella no analiza mi tormento; solo está presente. Finalmente, retira la mano y vuelve al costado herido. Aplica el ungüento con una presión constante, ignorando cómo mis músculos se contraen bajo su tacto.
—Mairi, traed el vendaje —pide. Su voz recupera la naturalidad de una tarea cotidiana.
La anciana le entrega la venda. Bryndal empieza a envolver mi torso.
Para hacerlo, tiene que rodearme con los brazos e invadir mi espacio.
Su rostro queda a escasos centímetros del mío.
Siento su aliento cálido rozando mi piel cada vez que pasa la venda por detrás de mi espalda.
No me aparto. Acepto la cercanía como se acepta el peso de una armadura necesaria.
Cuando termina de asegurar el nudo, Bryndal apoya las manos sobre mis costillas un segundo más de lo necesario. Es una pausa corta, apenas un latido.
—Ya está —dice, poniéndose en pie—. No hagáis esfuerzos bruscos mañana.
Se limpia en un paño, sin rastro de la tensión que a mí me hace temblar. Me mira una última vez antes de girarse hacia Mairi.
—Aseguraos de que coma algo caliente antes de dormir —le ordena.
—Así se hará, mi señora —responde Mairi.
Me quedo sentado en el banco con el torso vendado y la piel encendida por el recuerdo de sus dedos. Mis manos enguantadas ya no aprietan la madera con la misma fuerza.
—Ella no ha huido —murmura Mairi desde las sombras—. ¿Lo habéis notado, mi señor?
—He notado que ha terminado su trabajo —respondo, levantándome con cuidado—. Nada más.
—Solo cuando le importa —suelta la anciana.
No respondo. Me pongo la túnica limpia y siento el lino fresco sobre el vendaje. Camino por el pasillo hacia mis aposentos. Al pasar frente a la ventana que da al patio, me detengo. La luna ilumina las piedras de Blackthorn.
Mis manos siguen metidas en el cuero negro, aunque el lugar de mi hombro donde ella me tocó todavía conserva una calidez que el frío no puede borrar. Me quedo allí, en la penumbra, consciente de que hoy el contacto no trajo sangre.