EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 19
51%

CAPÍTULO 19

La luz del atardecer se filtra de forma oblicua por las aspilleras de la sala de curación y dibuja franjas de un polvo dorado sobre la mesa de madera.

El olor a hierro y a tierra húmeda se desprende de mi ropa, mezclándose con el aroma acre de las hierbas que Mairi ha dejado preparadas.

Me despojo del jubón con movimientos lentos; el cuero cruje bajo la presión de mis hombros.

La herida del costado, un corte limpio recibido al evitar que uno de mis hombres fuera alcanzado por un hierro suelto, late con un ritmo sordo.

Miro hacia la puerta. Bryndal está allí. No la he oído llegar, aunque su presencia altera el aire de la estancia. Se queda en el umbral, con las manos entrelazadas y la mirada fija en mi hombro desnudo. No dice nada. Se limita a observar.

—Mairi ha tenido que bajar a las cocinas —murmura, dando un paso hacia el interior—. Me ha pedido que os limpie el corte antes de que se enfríe.

Me tenso. El aire se vuelve pesado. Intento alcanzar el paño de lino que descansa sobre el banco, aunque el movimiento me arranca un gruñido.

—Puedo hacerlo solo —replico, manteniendo la vista en la pared—. No es más que un rasguño.

—Un rasguño que no alcanzáis a limpiar sin abrirlo más —insiste ella, acortando la distancia.

Sus pasos son ligeros, apenas un roce contra el suelo. Se detiene a mi lado. Noto el calor que desprende su cuerpo. Bryndal coge el cuenco de agua tibia y una esponja. Sus movimientos son precisos.

Me obligo a quedarme quieto, aunque mis hombros se elevan de forma defensiva. Ella levanta la mano. Sigo el recorrido de sus dedos. Cuando la esponja húmeda toca la piel de mi costado, doy un respingo que hace chirriar el banco contra las losas.

—Tranquilo —susurra, sin apartar la mano.

—No estoy intranquilo —suelto, y mi respiración se vuelve superficial—. Solo terminad con esto.

Ella continúa con su tarea. El contacto es metódico. Limpia la sangre seca con una delicadeza que me resulta extraña. Mi cuerpo está adiestrado para reaccionar ante el impacto, aunque no sabe qué hacer con la suavidad. Mis dedos se clavan en el borde de la mesa, perforando la madera.

De pronto, Bryndal se detiene. Deja la esponja en el cuenco y se queda mirando mi espalda.

Sé lo que está viendo. La luz de la tarde resalta cada relieve.

Las cicatrices de los latigazos cruzan mi piel en ángulos imposibles; recordatorios blancos de las noches en el sótano.

Siento el frío del aire contra mi piel desnuda y deseo cubrirme.

—Aldric —dice, y su voz es un hilo fino.

—He dicho que terminéis —insisto, apretando los dientes hasta que la mandíbula me duele.

Ella no responde. En lugar de coger el ungüento, extiende la mano. Sus dedos se mueven hacia las marcas de mi hombro. Mi mente ordena que me aparte, aunque mi cuerpo no obedece. Estoy anclado al banco.

Cuando sus yemas rozan finalmente la piel de mi espalda, el impacto es total.

Siento una sacudida que me recorre la columna.

Mis pulmones se bloquean. Bryndal desliza los dedos por una de las cicatrices más profundas, siguiendo el rastro del dolor antiguo.

Es un contacto lento. Ella no pregunta por qué están ahí. Solo toca.

—Eso no os hace peligroso —murmura.

—Sí lo hace —respondo, y mi voz suena como el crujido de una rama seca.

Giro la cabeza lo justo para ver su perfil. Bryndal no tiene miedo. Sus ojos recorren las marcas con una aceptación que me destruye. Sus dedos siguen moviéndose, trazando el mapa de mi cautiverio.

—Las marcas de la carne no dictan lo que hacen las manos —dice, bajando la mano hacia mi brazo.

—Os equivocáis —replico, y mis manos tiemblan bajo el cuero negro—. Estas marcas me enseñaron que el contacto solo precede a la destrucción. Si me tocáis, terminaréis viendo lo que estas manos hacen cuando pierden el norte.

—Llevo semanas viéndoos —insiste ella, dando un paso más e invadiendo mi espacio—. Os he visto con el pueblo. Os he visto con el niño que se cayó ayer. No vi destrucción entonces.

—Porque me controlo —suelto, y mi respiración choca contra su frente—. Porque cada segundo fuera de mi cámara es una batalla contra lo que llevo dentro. No me pongáis a prueba, Bryndal.

Ella no retrocede. Al contrario, envuelve mi muñeca enguantada con sus dedos. El contraste entre el cuero frío y su piel es una tortura. Intento retirar el brazo, aunque ella mantiene la presión y me obliga a sentir su pulso.

—Entonces dejad de luchar contra mí —dice, alzando la vista—. No soy vuestro enemigo.

«Eso es lo que os hace peligrosa».

Me levanto del banco con una brusquedad que hace que el cuenco se tambalee. Ella suelta mi muñeca, aunque no se aleja. Quedamos frente a frente. El silencio es denso. Noto el latido de mi corazón golpeando contra las costillas.

—Idos —le ordeno, tratando de que mi voz recupere la frialdad de los muros.

—Todavía no he puesto el ungüento —responde, cogiendo el tarro con una calma que me exaspera.

—He dicho que os vayáis —repito, dando un paso hacia la puerta.

—¿Vais a huir de vuestra propia sala de curación, Aldric? —pregunta, y hay una nota de desafío en su tono.

Me giro de nuevo. Ella me tiende el tarro. No lo hace con sumisión, sino como quien ofrece una tregua. Me quedo mirando el objeto.

—Si me quedo, no volveréis a tocarme —sentencio. Es una promesa que me hago a mí mismo.

—Como deseéis —responde, aunque sus ojos dicen algo distinto.

Se acerca de nuevo, manteniendo una distancia de un palmo.

Extiende la pasta olorosa sobre el corte de mi costado.

Sus dedos rozan el borde de la herida, aunque esta vez me obligo a no apartarme.

Me quedo rígido como una estatua, con la mirada fija en el polvo que baila bajo la luz.

Siento cada roce de sus dedos. Ella termina su tarea y se limpia en un trapo.

—Mairi os traerá una túnica limpia más tarde —dice, recogiendo sus cosas.

Camina hacia la puerta, aunque antes de salir, se detiene y me mira una última vez. No hay rastro de victoria en ella. Solo está esa paciencia infinita.

—Mañana saldré al mercado de la lana. Supongo que querréis revisar los caballos antes de que parta.

—Revisaré todo el perímetro —respondo, recuperando mi jubón de cuero con prisa.

Bryndal asiente y sale de la estancia. Escucho sus pasos alejándose por el corredor.

Me quedo solo con el costado ardiendo bajo el ungüento.

Me miro las manos enguantadas. Las marcas bajo el cuero parecen quemarme.

Camino hacia la mesa y apoyo las manos sobre la madera. La sala se siente ahora más pequeña.

«Eso no os hace peligroso».

Sus palabras resuenan contra los muros. Me pongo el jubón con dedos torpes y cierro cada hebilla con fuerza excesiva.

Necesito sentir el blindaje rodeándome de nuevo.

Salgo al patio justo cuando la noche empieza a devorar la luz.

El aire frío me golpea la cara, aunque no enfría la quemazón de mi espalda.

Cruzo hacia las cuadras buscando la soledad.

Me acerco a mi semental negro. El animal bufa, reconociendo la tensión.

—Mañana —murmuro para mí mismo, apretando la mandíbula—. Mañana todo volverá a ser como antes.

Aunque mientras observo la luna sobre las almenas, sé que me miento. La grieta ya no es una simple fisura; es una herida abierta, y Bryndal acaba de descubrir que mi piel todavía recuerda lo que significa sentir.