EL ENEMIGO INTERIOR (LOS HEREDEROS DEL CLAN BLACKTHORN nº 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La lluvia golpea el patio del castillo Blackthorn con una insistencia sorda y transforma la tierra en un barrizal oscuro que se pega a mis botas.

Camino hacia las cuadras, manteniendo los hombros bloqueados y la mandíbula apretada.

Mis manos, siempre enfundadas en el cuero negro, se cierran rítmicamente al costado de mis muslos.

Un mozo de cuadra se aparta a mi paso, bajando la cabeza con una rapidez que delata su inquietud. No lo miro. Me concentro en el olor a paja húmeda y estiércol que emana del establo. Sin embargo, antes de alcanzar la puerta de madera, una figura se interpone en mi trayectoria.

Bryndal sostiene una cesta de mimbre contra su cadera. No lleva la capucha puesta y el agua le empapa el cabello, haciendo que las hebras oscuras se peguen a sus mejillas. Se queda quieta, obligándome a frenar en seco.

—Mairi dice que el camino hacia el molino está impracticable por el barro —murmura, alzando la voz por encima del repiqueteo de la lluvia—. Pero los tejedores han llegado hoy y necesitan que alguien supervise el reparto de la lana nueva.

—Tengo una patrulla que organizar —respondo, y mi voz suena como el roce de dos piedras—. Que vaya Geordie. Él sabe qué familias necesitan más abrigo.

—Geordie está ayudando con una viga maestra que ha cedido en el granero norte —replica, dando un paso hacia delante.

Retrocedo. El movimiento es instintivo. Mis botas chapotean en el charco y la espalda me choca con el poste de madera que sostiene el cobertizo.

—Acompañadme, Aldric —insiste—. Los hombres pueden esperar media hora. El pueblo necesita ver que su laird no solo se preocupa por los muros, sino por lo que hay dentro de ellos.

—He dicho que no —suelto, y mis dedos buscan la rigidez del cuero de mis guantes—. No soy un hombre de paseos bajo la lluvia, Bryndal. Lo sabéis.

Ella no se amilana. Al contrario, deja la cesta en el suelo y camina hacia mí con una parsimonia que me obliga a tensar cada músculo. El espacio entre nosotros se reduce drásticamente. Puedo notar el vapor de su respiración mezclándose con el aire gélido.

—¿De qué tenéis miedo hoy? —pregunta, ladeando la cabeza—. El cielo está gris, aunque no hay relámpagos. Es solo agua.

—No tengo miedo —miento, y mi respiración se vuelve superficial—. Tengo trabajo.

—Vuestro trabajo es cuidar de este clan —replica, alzando una mano pálida—. Y yo soy parte de este clan ahora.

Sigo el movimiento de sus dedos. Se acercan a mi antebrazo, allí donde el jubón de cuero se ajusta a la muñeca.

Me quedo paralizado. El poste a mi espalda me impide seguir retrocediendo.

Cuando sus dedos finalmente rozan la tela de mi manga, cierro los ojos.

El contacto es mínimo, aunque mi mente proyecta de inmediato el peso de las cadenas y el frío de la piedra.

Mis hombros se encogen y un espasmo recorre mi brazo; me aparto de ella con brusquedad.

—¡No me toquéis! —el grito sale de mi garganta cargado de una urgencia que no puedo ocultar.

Bryndal recupera la postura. No se asusta ni parpadea. Se limita a mirarme con esa paciencia que me resulta insoportable. Sus manos caen a los costados, aunque no retrocede. Sostiene la mirada mientras la lluvia nos cala.

—¿Por qué? —murmura—. Solo era un roce sobre la ropa, Aldric.

—Porque para mí nunca es solo un roce —respondo, y mi voz tiembla—. Os lo advertí el día que llegasteis. No me toquéis. Jamás.

—Lo dijisteis como una amenaza —insiste, acortando de nuevo la distancia—. Sin embargo, yo veo a un hombre que se muere de frío mientras todos los demás se calientan en su hogar.

—Elegí este frío hace mucho tiempo —replico—. Id al molino si tanto os urge. Aunque no esperéis que os siga.

Me doy la vuelta, decidido a entrar en la penumbra de las cuadras, aunque su voz me detiene.

—Mairi tiene razón —suelta, y hay una nota de amargura en su voz—. Solo os importa cuando creéis que nadie os mira. Pero cuando alguien intenta veros de verdad, levantáis muros de hierro.

—Esos muros mantienen este castillo en pie —respondo, señalando las almenas—. Si yo caigo, todo lo demás cae conmigo.

—¿Y quién va a recogeros cuando caigáis, si no dejáis que nadie se acerque lo suficiente? —replica.

No respondo. Me interno en el establo, buscando la compañía de los animales. Escucho el sonido de sus pasos alejándose por el patio. Me quedo junto al pesebre de mi semental negro. El animal bufa. Le acaricio el cuello con el guante.

«No puede entrar. No puede saberlo».

Paso el resto de la mañana revisando los herrajes, alargando tareas innecesarias.

Sin embargo, el hambre y el frío terminan por obligarme a buscar refugio.

Entro en el castillo por la puerta lateral.

Al pasar por el corredor que lleva a las cocinas, me cruzo con Mairi. La anciana me observa con reproche.

—La señora ha vuelto del molino hace una hora —dice Mairi—. Tenía los pies morados por el frío y no ha querido que nadie le ayudara a secarse el cabello.

—Es su responsabilidad —respondo—. Yo no le pedí que saliera bajo la lluvia.

—No, mi señor. Ella salió porque vos no lo hicisteis —replica la anciana—. Se ha sentado en el rincón de la chimenea, aunque no se calienta. Dice que el fuego del salón hoy no quema.

—Mairi, no empecéis con vuestras adivinanzas —suelto, sintiendo una punzada de rigidez en mi pecho.

—Solo digo lo que veo. Y lo que veo es a una mujer que camina hacia el fuego mientras el dueño de la casa prefiere quedarse bajo la lluvia.

Me alejo sin responder, subiendo las escaleras.

Al llegar al descansillo, me detengo frente a la puerta de Bryndal.

Está cerrada. Entro en mi habitación y me quito el jubón empapado.

La camisa de lino se me pega a la espalda, revelando la silueta de las marcas antiguas.

Me miro las manos. Los guantes de cuero están oscuros por el agua.

Me siento en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. El silencio del castillo se me antoja asfixiante.

«Cuando pierdo el control, alguien sangra».

Un golpe suave en la puerta me hace saltar. Es un roce ligero, casi imperceptible.

—Aldric —la voz de Bryndal llega desde el otro lado de la madera—. He traído un ungüento para vuestras manos. Mairi dice que os duelen cuando hay humedad.

—No me duelen —respondo—. Idos a dormir, Bryndal. Es tarde.

—No me voy a ir —replica, y escucho cómo se apoya contra la puerta—. Me quedaré aquí hasta que abráis.

Aprieto los puños. Siento la tensión subiendo por mis antebrazos. Giro la llave con una violencia que hace crujir el metal y abro la puerta de par en par.

Bryndal está allí, de pie. No lleva la cesta. Viste una túnica sencilla de lana blanca y sostiene un pequeño tarro de cerámica. Sus ojos están enrojecidos, aunque su mirada sigue siendo la misma: limpia.

—Dádmelo —suelto, extendiendo la mano enguantada.

—No —responde ella, apartando el objeto—. Tenéis que quitaros los guantes, Aldric. De nada sirve el ungüento sobre el cuero.

—Eso no va a pasar —replico, y trato de cerrar la puerta, aunque ella interpone su pie.

—¿Por qué? —insiste—. He visto vuestro castillo, he visto vuestras cicatrices en el patio. ¿Qué creéis que voy a ver en vuestras manos que no haya visto ya?

—Vais a ver lo que las cadenas hicieron —respondo, y mi respiración se vuelve un silbido—. Vais a ver por qué no puedo tocar nada sin recordar cómo se siente la carne desgarrándose.

—Entonces dejadme verlo —dice, dando un paso hacia el interior de mi habitación.

Retrocedo. Ella avanza. Entra en mi alcoba y deja el tarro sobre la mesa de noche. Se gira hacia mí, manteniendo una distancia prudencial.

—Quitáoslos —murmura.

—No.

—Aldric —dice mi nombre, y el sonido me recorre la columna—. No podéis pasar el resto de vuestra vida escondido tras un trozo de piel muerta.

Me quedo inmóvil. El fuego de mi chimenea es apenas un rescoldo.

Siento el pulso golpeando en mis muñecas.

Con un movimiento lento, llevo la mano derecha hacia el guante de la izquierda.

Tiro del cuero. El sonido del material deslizándose sobre mi piel me resulta ensordecedor.

El guante cae al suelo. Hago lo mismo con el otro.

Extiendo las manos frente a mí, con las palmas hacia arriba. A la luz mortecina, las cicatrices de mis muñecas parecen surcos profundos; marcas de hierro que el tiempo volvió blancas. Mis dedos tiemblan.

Bryndal se acerca. No dice nada ni aparta la mirada.

Observa mis manos con atención. Se detiene a un palmo de mí y abre el tarro de ungüento.

El olor a romero llena el aire. Ella toma un poco de la pasta con la yema de sus dedos y, antes de que pueda reaccionar, me toma la mano izquierda por la muñeca.

Me tenso tanto que mis articulaciones crujen. Mi brazo se vuelve una barra de acero y mi respiración se corta. Siento el impulso visceral de retirar la mano, aunque Bryndal no me suelta. Sujeta mi muñeca con firmeza, aunque sin apretar, permitiendo que mi piel sienta el calor de la suya.

—Está frío —murmura, refiriéndose al ungüento, mientras empieza a extender la pasta sobre la cicatriz.

Sus dedos se mueven en círculos lentos. No hay prisa en su gesto. Siento el contraste entre su piel y la rugosidad de mi carne marcada. El temblor de mis dedos se intensifica y clavo la mirada en el suelo.

—¿Os duele? —pregunta en voz baja.

—No —respondo, y mi voz suena rota—. No siento nada.

—Mentís —dice—. Vuestra piel está gritando, Aldric. Pero no es de dolor.

Ella sigue con su tarea, pasando ahora a la mano derecha.

Sus dedos recorren cada marca, cada surco.

La tensión en mi cuerpo empieza a transformarse en algo pesado que me obliga a bajar los hombros.

Cuando termina, no retira las manos de inmediato.

Sigue sujetando mis muñecas, con los pulgares acariciando la base de mis palmas.

Levanto la vista y me encuentro con sus ojos.

No hay triunfo en ellos, ni superioridad. Solo una aceptación que me asusta.

—Ya está —susurra, soltándome finalmente.

Me quedo de pie, con las manos desnudas y brillantes por el ungüento, sintiendo el aire frío contra mi piel. Ella recoge el tarro y se encamina hacia la puerta sin decir nada más.

—¿Por qué? —suelto, deteniéndola cuando ya tiene la mano en el pomo.

Bryndal se gira. Su figura blanca se recorta contra la oscuridad del pasillo.

—Porque alguien tiene que empezar a tocaros sin que nadie sangre —responde.

Cierra la puerta tras de sí, dejándome a solas con el olor a romero.

Me miro las manos y por primera vez no veo solo las marcas del cautiverio.

Veo la huella de sus dedos. Me siento en el suelo, apoyando la espalda contra la piedra fría.

Mis manos están expuestas, vulnerables, aunque el temblor cesa.

Me quedo aquí, vigilando el rescoldo, consciente de que esta noche ella acaba de empezar a derribar el muro con un poco de grasa y paciencia.